A veces, una palabra o pensamiento serio me induce a decir tonterías o fruslerías para descargar la tensión. Por asociación de ideas el apellido de Aurelio Ras me ha llevado a recordar un anuncio publicitario de las cuchillas de afeitar Palmera (fabricadas en España por la empresa Juan Vollmer en Irún) que utilizaba la onomatopeya "ras, ras" para imitar el sonido suave y al ras del afeitado. Sus campañas en radio, prensa y televisión destacaban por eslóganes ingeniosos y forman parte del recuerdo sonoro de la memoria colectiva.
Las campañas publicitarias comenzaron a partir de los años 50 hasta los 70 a través de la radio (con patrocinios en espacios como radionovelas en la Cadena SER y voces como la de Celia Gámez) y posteriormente en la televisión. Su repercusión creció de forma masiva a partir de 1955, cuando los vehículos publicitarios de la marca empezaron a participar en la Vuelta Ciclista a España, regalando cuchillas directamente a los espectadores
El anuncio más conocido de las cuchillas Palmera es el famoso "jingle" radiofónico del Sultán, compuesto e interpretado por un conocido grupo musical de la época Los Xey a mediados de los años 50. Su pegadiza melodía de estilo oriental y su onomatopeya final pasaron a formar parte de la cultura popular española. No he encontrado ningún registro de audio para incluirlo aquí, en su lugar he colocado el anuncio para el cine de Estudios Moro Ras ras (El fantasma barbudo) con la voz del grupo, realizado en el año 1955.
La letra contaba la historia graciosa de un sultán que no se llevaba bien con su pueblo porque iba barbudo. Sus vasallos le exigían que se afeitara comprando las cuchillas Palmera. Los Xey esquivaron la estricta censura franquista mediante la fantasía y el absurdo, una sátira musical sobre el cuidado de la barba no levantaba sospechas.Los censores vigilaban de cerca el tono lúgubre, la protesta social o la sensualidad pecaminosa, pero en la canción no encontraron ningún paralelismo con la dictadura de Franco ni con el erotismo que mostraba. La lectura actual sustituiría la palabra edén por harén y vasallos por mujeres. El jingle de las cuchillas Hoja Palmera utilizaba una melodía alegre que transmitía optimismo, algo que encajaba perfectamente con la estética blanca y familiar que el régimen aprobaba para la radio.
Un sultán vivía en un suntuoso edén mas con sus vasallos no se llevaba bien porque le decían: ¡Aféitese bien!, compre hoja Palmera ¡que requetebién!
Hoja Palmera el sultán veloz compró ¡ras, ras y ya está! Y desde entonces el sultán feliz vivió ¡ras, ras y ya está!
Un sultán vivía en un suntuoso edén mas con sus vasallos no se llevaba bien porque le decían: ¡Aféitese bien!, compre hoja Palmera ¡que requetebién¡
Décadas más tarde, el grupo vocal El Consorcio rescató esta nostálgica pieza y la incluyó en su disco recopilatorio de canciones de radio antiguas. Actualmente, Señora Audacia, un grupo creado por IA, que
hace versiones de anuncios radiofónicos de los años 40 y 50 con una estética nostálgica de la radio de otra época, la ha recuperado.
La melodía sería estupenda para una coreografía de las fiestas de moros y cristianos de Villena, que en estos momentos se está celebrando en todo su esplendor. El espiritu "festero" del pueblo vence por unos días al disgusto del robo del tesoro.
"Cuando era un chiquillo me llamaba mucho la atención ver a mi padre afeitándose. El ruido “cris”, “cris”, al pasar la cuchilla por la piel. Las caras raras y graciosas que ponía, un señor tan serio y respetable, cuando tenía que rasurarse por encima del labio o al apurarse las patillas. Ritual, que seguía con los golpes con la maquinilla en el lavabo para quitar los pelos y yo jugando con las cuchillas mientras mi padre me decía, “deja eso que te vas a cortar”. A veces quitaba la cuchilla de la maquinilla, me ponía jabón en la cara con la brocha y me afeitaba de mentirijillas. ¡Qué grande y magnífico me parecía entonces mi padre!, y, ¡qué magnífico y enorme me parece ahora desde la insalvable distancia que interpone el tiempo entre nosotros y nuestros recuerdos!".
Mis recuerdos son similares a los de Juan Carlos Barajas, yo era una chiquilla sentada en la taza del váter mirando embobada a mi padre que hacía un extraño ritual mientras se miraba al espejo y cantaba. En pijama no era el mismo señor serio que salía de casa luciendo un uniforme de color caquí. Al terminar, con la brocha me ponía el jabón sobrante en la nariz y en las mejillas. Yo sabía que no tenía que imitarle porque era una mujer y como mucho me saldrían pelos, sobre todo en las piernas, que tendría que depilarme con crema mejor que con cuchilla para evitar accidentes como hacía mi hermana cinco años mayor. Y esa escena maravillosa no la he podido repetir con los hombres que he amado porque llevaban barba como mandaban los tiempos de rebeldía. Supongo que al final de los 70 la venta de las cuchillas Palmera decaería por ese y otros muchos motivos.
Esta es una historia de amor que nació en una nochevieja de hace ya seis años, creció hiperconectada en tiempos de pandemia y murió después de una corta convivencia. La pareja pasó del todo va a ir bien a todo va regulinchi (regular tirando a mal) para terminar de forma fulminante en un verano devastador. Como la pareja de la serie de televisión Los años nuevosde Rodrigo Sorogoyen, desprendían química pura, se les notaba en la mirada y en la expresión corporal, daba gusto verlos al natural y en las fotos, él tan alto y cariñoso, ella expresiva y divertida parecía una muñequita a su lado. La viva estampa de la felicidad. Todos apostábamos por su relación cuando se fueron a vivir juntos, pero surgieron desencuentros que desconocemos, pequeñas brechas sin necesidad de peleas o celos. Vivir junto a otra persona es tremendamente difícil. El trabajo esclavo al que están sometidos los jóvenes no les ayudó. Élestaba casi todo el día encerrado en casa con un trabajo telemático y ella se pasaba el día fuera, con un horario que a veces duraba desde las 8 de la mañana a las ocho de la noche, sin contar con el tiempo invertido en el transporte de cercanías. El cansancio, la rutina, las tareas domésticas, fueron poco a poco mermando la armonía, su alegría y las ganas de estar juntos. Aun así decidieron adoptar un perro. Gastaron su energía en salvas, el perro les salió canalla, con su locura se comió los muebles y lo que quedaba de su relación. Inopinadamente, ella abandonó el hogar que habían creado con tanta ilusión. Seguían queriéndose, pero ya no podían continuar juntos. No querían conformarse con una vida regulinchi. Solo les queda el recuerdo reparador de haber vivido la plenitud del esplendor en la hierba*.
Una historia de desamor como tantas otras que deja el corazón herido. Hay amores que cuando terminan producen tanto dolor como una amputación.
*Fragmento de la “Oda a la inmortalidad” del poeta romántico inglés William Wordsworth, conocido por ser recitado y dar título al drama romántico rodado por Elia Kazan en 1961: «Aunque ya nada pueda devolvernos la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no debemos afligirnos, porque la belleza subsiste en el recuerdo«.
Regulinchi, palabra de moda desde la pandemia
La RAE ha documentado el término regulinchi, una manera de decir regular en textos coloquiales y familiares. Se utiliza para responder a la pregunta ¿Cómo estás?Está creado sobre la forma el adjetivo regular añadiendo -inchi, que no es un sufijo tradicional del español. Seguramente está inspirado en la voz chanchi (excelente, estupendo).
La conquense Mara Moreno popularizó la palabra cuando modificó el mensaje Todo va salir bien que colgaba de nuestras ventanas al comienzo de la pandemia por Todo va a salir regulinchi acompañado de un arcoíris. Daniel Fez en Instagram, con el monólogo que ha llevado a los escenarios La vida regulinchi ha popularizado la frase.
¿Quë tienen que ver las cordales* con las patas de un sillón? Mucho y nada. Coinciden en el número y, a veces, las muelas inferiores se tuercen como las patas posteriores de algunos asientos. Se diferencian en que las muelas son móviles y hay que quitarlas si descolocan a sus vecinas y, en cambio, las patas no se juntan entre sí, son firmes. A estas conclusiones absurdas llegué después de varias horas sentada en la salita de espera de un cirujano maxilofacial al que acudí urgentemente, sin cita, este mes de julio. Para no salir huyendo y distraer mi mente, me fijé en el mobiliario de tipo inglés en el que destacaban cuatro sillones, uno tenía las patas traseras torcidas, el que estaba enfrente tenía una recta y otra no y el de la derecha las tenía al contrario. Moviéndome, descubrí que este extraño trampantojo dependía del punto de vista. Algún ingenioso carpintero había diseñado unas patas en forma de sable para crear ese paralelismo: mis muelas del maxilar inferior estaban tan torcidas como esas patas traseras. En mi mente la pata que simulaba una espada curva era la metáfora perfecta del instrumental médico que me iban a clavar en la encía. En vez de patas, veía elevadores de raíces, fórceps y alicates.
Una recta, otra no
Vayamos al principio. Como mi mandíbula es muy pequeña, siempre pensé que las muelas del juicio no me habían salido porque no tenían sitio. Pero después de sufrir problemas en el oído, latigazos eléctricos de un nervio afluente del trigémino e inflamaciones de los ganglios, me las descubrieron a esta edad en que la cordura ya empieza a desaparecer. No quedaba más remedio que extraerlas. Cuando estaba preparada para ello, sentada en la unidad dental*, después de una radiografía y un TAC, mi dentista dijo que no se atrevía, que estaban en un lugar peligroso y lo mejor era ir a un hospital para que las extrajese un cirujano maxilofacial porque podrían generarse problemas serios. No se atrevió a meter los pulgares entre las cordales. Así que después de llevar más de veinte años con esa aseguradora dental cuyo nombre empieza por A, me quedé compuesta y sin cirujano.
Vayamos al final. Tuve suerte porque, después de muchos intentos, di con un joven cirujano muy competente que me informó correctamente de los riesgos. Quince días después me puse en sus manos y abandoné en su consulta mis cordales del lado derecho. La extracción fue perfecta, lo más doloroso fue el postoperatorio porque una muela estaba cariada.
*Nombre que se le da ahora al sofisticado sillón de dentista y que yo llamo potro de tortura. Ver: Maltratada por el dentista.
** Algunas muelas tienen nombre propio, como las "Muelas del Juicio" o cordales, que deriva de cordatus (cuerdo) porque aparecen a una edad en la que supuestamente la persona ya es madura, es decir, tiene cordura mental. De hecho, también en El Quijote, Sancho Panza menciona el refrán “entre dos muelas cordales nunca metas tus pulgares”, una metáfora que aconseja no entrar en conflictos familiares porque, al igual que estas últimas piezas dentales, tienen mucha fuerza y trituran lo que se ponga entre ellas. Los molinos y las muelas del Quijote
La barra de un bar puede convertirse en un sitio peligroso, todo el mundo lo sabe. La
alegría etílica lleva a la torpeza y se producen contratiempos, que me has
pisado, que me miras mal… que conducen a escenas desagradables. Aunque este no es el
caso. Fue un accidente provocado por la mente perversa de un diseñador .
Estábamos esperando turno en una barra angosta de un restaurante donde continuamente, sorteando una peligrosa escalera,pasaban las camareras equilibristas llevando los platos de
exquisito olor al comedor. A mi lado
había dos jóvenes fornidos, sentados en sendos taburetes de estilo industrial, que iban antes
que nosotros. Finalmente, los llamaron y fue tal la alegría del que estaba
sentado a mi espalda que salió en estampida, de modo que el taburete, desequilibrado porque tenía el respaldo ribeteado por una barra de hierro, se venció hacia atrás. No cayó al suelo, porque yo,
que estaba de espaldas ajena al movimiento, loparé con mis
tobillos. En ese momento, pensé que algún loco me había golpeado con un objeto contundente o que había ocurrido un terremoto y que la tierra me iba a tragar. Solo pude articular una frase peliculera mientras las lágrimas descendían por mis mejillas: "no siento las piernas". El bruto se acercó a mí diciendo que no había sido a propósito. Me levanté los pantalones y aparecieron unas heridas ensangrentadas. Afortunadamente no me caí como me suele pasar, pero el tremendo dolor y el calor pegajoso me amargaron ese día y los siguientes. A la semana, mis tobillos estaban tan negros como los de un sin techo que lleva meses sin ver el agua. Un mes después, los huesos y los músculos se resisten a curarse, el dolor implacable persiste cuando camino. El médico ha diagnosticado una tendinitis de Aquiles en los dos tobillos. Otro ejemplo de la mala pata y la mala racha. Deberían meter en la cárcel al que diseñó el artilugio asesino junto al joven imprudente.
P.D.: La foto que acompaña estas líneas no es la del taburete que causó el daño, es el más parecido que he encontrado en internet.
Juro por dios que es la última vez que sigo un tutorial de youtube que me obliga a mirar otros sobre el mismo tema. Los youtubers te engañan tanto como los de Bricomanía. Se me rompió en la terraza un plato, no especialmente bonito pero con firma, que mi madre había comprado en Granada. El cordón de yute que lo sujetaba a la alcayata se pasó y el plato voló hasta que cayó roto en múltiples pedazos. Como estaba sensibilizada en el arte de pegar y no tirar (ver entrada anterior El kintsugi, el valor de lo imperfecto, mira que bonito queda), decidí ponerlo en práctica. Los obsesivos somos así, no perdemos nunca la esperanza. Aunque yo sabía de antemano que me iba a salir más caro el collar que el perro, expresión que sintetiza perfectamente lo que el sentido común nos dice: el esfuerzo y los costos asociados a restaurar un objeto superan ampliamente el precio del mismo, sobre todo si eres una manazas como yo.
2. La realidad: el pegamento no funciona
Llevo una semana dedicada a ello. Primero los utensilios no los tienes en casa, en internet un kit completo cuesta aproximadamente 30 euros, si los compras por separado en tiendas especializadas salen todavía más caros. Voy a restaurarlo con los medios que tengo a mi alcance, me dije. El pegamento que guardaba cuidadosamente en la nevera está casi seco, pero yo termino con los dedos pegados. Parece que con la ayuda de cinta de carrocero y unas pinzas de la ropa se van amalgamando las piezas. Craso error, se desprenden por el peso, utilizo un cuchillo para quitar el pegamento de los bordes, me corto y todo se llena de sangre. Miro otro tutorial que me dice que la silicona líquida unida a la arcilla blanca sirve para unir y rellenar los huecos. Descubro que tal afirmación es verdad en algunos fragmentos, pero no en todos. Vuelta a empezar, me tiene que salir por narices. Compro un pegamento nuevo pero ya no encajan bien las piezas. Finalmente, después de varios intentos, se pegó precariamente y pinté las cicatrices con un espantoso esmalte dorado de uñas. Terminó malamente restaurado. No ha merecido la pena esta reconstrucción low cost del plato que cada vez más se parece a una paella. Menos mal que no era de una vajilla y no hay que comer en él.
Un ejemplo más de que la vida es un esfuerzo inútil, hay cosas que no tienen arreglo y por tanto hay que desecharlas. Las heridas dejan secuelas y si no se restauran bien y se embellecen, permanecen abiertas en nuestra memoria. La próxima vez leeré un libro y me dejaré de zarandajas. Aprendiz de todo, maestro de nada que diría mi abuela Ángeles.
3. Resultado final, tal vez embellecido por el filtro del móvil
En una entrada anterior resaltaba la frase de Muñoz Molina
sobre el olor a podrido de la política actual: "Las redes sociales han
universalizado la antigua grosería de la barra del bar y el muro del
retrete". Casi al mismo tiempo me crucé con la palabra "latrinalia"* que hace referencia al grafiti privado que se hace en las paredes, puertas y espejos de los baños públicos. El neologismo fue creado por Alan Dundes, folclorista y profesor de la Universidad de California, en 1966, cuando se creó un interés científico en torno al fenómeno. Esas manifestaciones no son nuevas, nos remiten a tiempos pretéritos; en Grecia y en Roma había una enorme tradición de pintadas callejeras en los burdeles y los baños públicos.
No me he
resistido a hacer un comentario sobre la atracción que tiene el ser humano por todo lo que le repugna y esa extraña necesidad
que tenemos los humanos de sacar lo peor de nosotros amparándonos en lo efímero
y anónimo. El muro del retrete y la
pantalla de internet se han convertido en el vehículo
idóneo para desarrollar actividades de naturaleza tabú fuera del respeto y la convivencia. Toda esta incontinencia verbal supone una vuelta a lo más primitivo, un viaje tenebroso al subconsciente; sólo la educación y la cultura nos apartan de la grosería y del mal gusto, no se trata de una mera cuestión de libertad de expresión. Los latrinalia son más que dibujos y palabras, son vertederos que nos retratan como sociedad.
En la actualidad el
baño público es un espacio de privacidad y soledad, un cuarto para librarse de
la orina y los excrementos, necesidades carnales que dominan nuestra vida. Un lugar limpio e íntimo que sirve para borrar una y otra vez lo más sucio de nuestro cuerpo y, a veces, de nuestra mente. En las paredes y puertas de los baños públicos se dibujan y
escriben mensajes groseros y obscenos utilizando un lenguaje escatológico lleno
de bromas o insultos. Se da rienda suelta a oscuros secretos, egos desmedidos y represiones de todo tipo, especialmente las
siniestras o pornográficas; pero también se vierten problemas cotidianos, películas
favoritas y hasta de opiniones sobre la nueva novia de su ex pareja. En esa
válvula de escape, no es raro encontrar
breves poemas de métrica formal y rimas esmeradas.
También
los lavabos son lugares de paso para las fantasías eróticas y encuentros
sexuales. Lo curioso es que no hay diferencia de género, doy fe de que en los lavabos de los institutos femeninos, cuando eran segregados, las pintadas eran tan bestias y exhibicionistas como en los masculinos**. No voy a entrar en la diatriba de si el grafiti es un arte urbano o un ejemplo de vandalismo, ni a hacer hincapié en la profundidad reflexiva de un aforismo espontáneo, así como no olvido que los grafiti son también una fuente de lucha y de protesta, y supusieron un elemento de rebeldía, una herramienta de lucha contra el poder establecido***. Parece ser que el ser humano está hecho para disfrutar de lo prohibido, algunos lavabos se han convertido en un lugar de peregrinación por sus latrinalia, mientras en otros se han instalado, con poco éxito, grandes pizarras para que los clientes apliquen con tiza sus latrinalia.
El interesante corto Latrinalia (2011), que acompaña estas líneas, nos muestra a qué se enfrenta cada día una encargada de un aseo público. Explora el arte del grafiti como si las letrinas hablaran con historias de soledad y suciedad, de drogas y alcohol, de encuentros y desencuentros, de sordidez y de satisfacción, de angustia y de alivio. En mi lejana juventud, la señora de los lavabos, a la que había que dar una propina, era toda una institución, una vigilante de la moralidad que se ocupaba de la limpieza de esos lugares.
La recién estrenada película de Wim Wenders, Perfect Days describe la vida cotidiana de un limpiador de lavabos públicos en Tokio que se siente feliz con su necesario trabajo. La explicación tal vez sea que los urinarios de Japón están muy cuidados como corresponde a un país civilizado. Las canciones que escucha: Lou Reed, The Rolling Stones y Patti Smith, también ayudan a la creación del personaje.
Por último, debo confesar que nunca he garabateado un libro, ni pintado en una pared, ni grabado mis iniciales en un árbol o en una mesa y menos en un servicio público. He sido educada en las buenas costumbres y me resulta difícil comprender a las personas que son capaces de estropear una fachada del siglo XVI con una niñería narcisista: aquí estuvo fulanito o fulanita quiere zutanita. Pero también debo admitir que me he reído y sorprendido mucho leyendo algunos grafiti. Tal vez en mi inconsciente estaba la idea de que se podían borrar con quitagrasas y pintura.
* Latrinalia deriva del latín latrina y el sufijo -alis con la terminación de neutro
plural -ia. Latrina viene de lavatrina 'sitio para lavarse'.
** Musa Latrinalis: diferencias de género en el grafiti de baños. Los estudios nos dicen que los grafiti sexuales en los baños de las mujeres universitarias es comparable a la que se encuentra en los baños de hombres. Esto apoya la hipótesis de una brecha de género más estrecha a medida que aumenta la educación.
De una chafardera lletraferida a unxarnego, pariente sentimental de Pijoaparte
Los jóvenes catalanes de los setenta estaban más cerca de
París que de Madrid, que por entonces era el centro del poder franquista, el
ombligo de la España pintada de color gris y banderas rojigualdas. A los
madrileños nos llamaban mesetarios y no estaban equivocados. Allí conocí a
Eduardo y su amigo Felipe, ambos de L´Hospitalet de Llobregat. Eduardo era
entonces un guapísimo joven de ensortijada melena negra y sonrisa encantadora
(seguro que lo sigue siendo). Ingenioso, impredecible, divertido, compaginaba
Magisterio con estudios de Arte en la escuela Massana de Barcelona. Sus dibujos
y pinturas reflejaban todo el mundo de de las vanguardias. Felipe, de pelo
largo y una piel tan blanca como la mía, trabajaba. Eran opuestos físicamente y
complementarios en sus actitudes. A su lado, cautivada por su personalidad, me
sentía tan libre y feliz como Jean Moreau en la película Jules y Jim de Truffaut, Con ellos sentí la fuerza de los veinte
años que cantaba Serrat (Ara que tinc vint ans) pensando en la enorme suerte
que tenía por haberlos conocido. Recibir las cartas y postales de Eduardo con una letra redonda de esmeradas mayúsculas me llenaba de alegría. La amistad que forjamos estaba basada en dos
pilares: la película El gran dictador y la muerte del general Franco.
El gran dictador
En el verano del
75 estuve dos meses viviendo en París, donde asistí a las clases de la Alliançe Française. En el puente de Nôtre Dame hubiese podido
cambiar mi vida (no sé si para mejor o peor) si hubiese ido a Copenhague; pero me quedé a medio camino, acabé en Ámsterdam con unas
amigas. El autobús nocturno que hizo el viaje de ida y vuelta estaba lleno de
extranjeros, pero me llamó la atención un grupo de catalanes formado por dos
chicos con pinta de charnegos (Eduardo y Felipe) y una silenciosa chica rubia con pinta de
pija, tal vez el recuerdo esté influido por la lectura de Últimas tardes con
Teresa. Los chicos se sentaron juntos y la chica compartió asiento toda la
noche con un senegalés de enorme envergadura. A la semana
siguiente me los encontré en la cola del cine para ver la película de Charlot El gran
dictador. Sacamos juntos las entradas y compartimos carcajadas. A la
salida, descubrimos que vivíamos muy cerca, yo en la rue de la Glacière y ellos
en la rue de la Santé. Se ofrecieron a llevarme en su coche y me dejaron el
sitio del copiloto. Eduardo Iba conduciendo de una forma temeraria. Al doblar
una rotonda nos paró la policía, nos pidieron la documentación y los papeles
del coche. A la pregunta de quién era el vehículo, él contestó que de su tía
con la que estaba pasando unos días. Nos enfocaron con las linternas y nos
dejaron ir. Los nervios me entraron cuando me enteré de la historia verdadera: no tenía carné de conducir, lo había falsificado, su tía estaba de vacaciones y
había cogido el coche sin su permiso. Pensé que en España, esa contestación sincera
nos habría llevado al calabozo por chulos.
La muerte del
pequeño dictador
La siguiente vez
nos vimos en Madrid cuando murió Franco en un frío día de noviembre. Vinieron los dos
amigos que seguían manteniendo su pinta de sospechosos y en los alrededores del Palacio Real nos paró la secreta. Solo les pidieron a
ellos los carnés y les acribillaron a preguntas por ser catalanes. Otra vez
temí que acabáramos en chirona. No fue así. Nos libramos por segunda vez. Mis
padres entonces vivían en Granada y yo les acogía en su casa, donde dormían acojonados bajo la amenaza de una araña de bronce descomunal encima de la cama de matrimonio.
El verano en
Sitges
En junio del 76
inauguró una exposición en Sitges y me invitó a pasar unos días. En mediode la
sala colgaba del techo una butifarra, enmarcada y dispuesta a ser engullida, con la que todo el
mundo tropezaba sin inmutarse. Un toque surrealista que debía a su maestro Dalí. Los bares de Sitges, llenos de
extranjeros de todas las orientaciones sexuales, no tenían nada que ver con los
familiares de Alicante que yo conocía, nuestro preferido era un bar donde los
asientos eran unas camas que se balanceaban suspendidas en unas guirnaldas de
colores. Una noche, Felipe que venía de Barcelona llegó tarde a cenar, Eduardo le sorprendió con un plato de carne especialmente preparado para él. Apenas lo probó Felipe, Eduardo apareció
sonriente con una lata de conservas con el lema Para perros felices. Escenificaron
un enfado y estuvieron peleándose y buscándose por todo el apartamento como en
una película muda. Siempre ponían un
grado de locura maravillosa en mi vida tan ordenada como aburrida, su extroversión
contrastaba con mi introversión.
Los últimos
encuentros
De vuelta de un
viaje a Granada en Vespa, pasaron por Madrid, no sé la de horas de viaje que le
echaron. Las locuras geniales continuaban, pitaban los anuncios en el cine y saludaban al entrar en el Metro y en el Burguer King de Princesa que acaban de inaugurar. En El último cuplé, Eduardo se presentó voluntario para escenificar uno de los picantes cuplés de Olga Ramos. Poco después a Eduardo le tocó hacer la mili en Vitoria y nos volvimos a ver en Madrid. Recuerdo
que me dijo entonces que en la mili, toda una escuela de vida domesticada,
había que pasar desapercibido: ni ser el último ni el primero. Poco a poco las cartas se distanciaron hasta
perder el contacto, justo cuando la vida se iba poniendo seria.
El kintsugi (carpintería
de oro) es la práctica japonesa de reparar fracturas de la cerámica con barniz
o resina espolvoreada con oro. Se remonta al siglo XV, plantea que las roturas
y reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en
lugar de ocultarse. Esta técnica ha acabado convirtiéndose en una filosofía de
vida, evoca el desgaste del tiempo sobre las cosas físicas. Frente a las adversidades y errores, hay que saber recuperarse y
sobrellevar las cicatrices. Saber valorar nuestras
imperfecciones nos aporta una serenidad objetiva. Asumamos nuestra fragilidad,
apreciémonos como somos: rotos o nuevos, únicos, irreemplazables, en permanente
cambio.
En mi casa y
en todas las del entorno, era imposible poner una mesa en la que vasos, platos
y cubiertos fueran iguales. El ajuar de las bodas siempre se componía de
vajilla, cubertería y cristalería completas para unos doce comensales que se utilizaba solo en las fiestas para evitar su deterioro. La vajilla de diario se iba rompiendo o descascarillado por el uso y se sustituía tanto por piezas similares como dispares. Pasaba lo mismo que con los adornos del
árbol de Navidad, al final todos eran desiguales de distintos colores. Sólo los
ricos se permitían el lujo de reponer o cambiar piezas todos los años, como
hacen las embajadas y consulados de España que dedican 240.000 euros para
mejorar el ajuar (mejor no hacer cálculos de lo que supone el presupuesto
total). Supongo que esa es la razón por la que nos molesta tanto que nos toque el plato imperfecto o la copa con una pequeña muesca, nos hace sentir más pobres y desgraciados de lo que ya somos.
Vajilla Duralex de Cuéntame
A mediados del siglo pasado llegó el Duralex que convertía casi
en eternos a platos y vasos, si antes no habían estallado en mil
pedazos o pasado por el lavavajillas que hacía que se volviesen opacos
por la cal. De la vajilla de muy buena porcelana de mi abuela Carmen solo
heredamos los platos que estaban desportillados que, desterrados, se utilizaban
sólo en la cocina. De ahí viene el dicho de mi madre en un valenciano
macarrónico: "plat esportillat*, plat etern" (plato desportillado,
plato eterno) que ahora utilizo para animar a los amigos de mi edad que hemos
empezado a caernos y desportillarnos. La vajilla de Duralex de color ámbar de los años 70, llamada Cuéntame por mis sobrinos, sigue intacta en el
pueblo. Por eso me encanta la nueva moda del reciclaje de los utensilios
domésticos que nos permite reutilizar objetos preciados y desparejados para
mezclar con otros, todo un ejemplo de mestizaje en nuestras mesas. Se acabó la
homogeneidad, viva lo heterogéneo.
También
recuerdo el disgusto que se llevaba mi madre cuando algún objeto de valor se
rompía. Para que no sufriera intentábamos pegarlo y ponerlo de tal manera que
no se notase; si no era posible, inmediatamente lo tirábamos a la basura; muerto el perro, se acabó la rabia. No lo hacíamos porque pensáramos que atrajese
las desgracias. Desconocíamos el 'kintsugi', técnica centenaria de Japón
que consiste en reparar las piezas de cerámica rotas, toda una filosofía que nos enseña a
buscar la belleza en las cicatrices que nos deja la vida.
El bar y restaurante Josefita, sucursal deLa Gloria ambos en Malasaña, hace un homenaje a Duralex con los platos que cuelgan de las paredes antes de que la empresa cerrara. Lo que a su abuela le parecía cutre, a ella le transporta a su casa y le transmite calidez.
* RAE, Desportillar: deteriorar o
maltratar algo, quitándole parte del canto o boca y haciendo portillo o
abertura.
De vez en cuando aparecen artículos en la prensa sobre la
enfermedad mental de la nobleza llamada " delirio de cristal", registrada en Europa occidental principalmente en los siglos XV al XVII. El vidrio entonces se consideraba mágico, porque no era
fácil comprender cómo la arena podía manipularse para convertirla en
vidrio. Quienes lo sufrían pensaban que
su cuerpo o parte de él eran de cristal y por tanto podían quebrarse en añicos.
El caso más famoso fue el del rey Carlos VI de Francia.
La medicina actual
contempla enfermedades genéticas (la osteogénesis imperfecta) y raras (síndrome
de McCune-Albright) que hacen que los huesos se fracturen sin motivo
aparentey obliga a los enfermos a estar
postrados en una cama. La más común es la osteoporosis
que disminuye la densidad de masa ósea y hace que los huesos se vuelvan más
porosos; afecta sobre todo a las mujeres después de la menopausia, es culpable
de la mayoría de las roturas.
Reflejo en la literatura
Una de las máximas del mimógrafo y aforista romano Publilio Siro (s. I a.C.) dice:
Fortuna vitrea est: tum cum splendet frangitur.
(La fortuna es de vidrio: cuando más brilla se rompe)
La frase, algo tranformada, llegó a ser uno de losemblemasdel Renacimiento y el Barroco, con la concisión propia del género:
SPLENDET DVM FRANGITVR
(brilla mientras se rompe)
Se refiere al proceso de fabricación del vidrio, cuando la ampolla incandescente está en el mayor riesgo de romperse, y suele aparecer en las colecciones emblemáticas con el grabado correspondiente, siempre con el sentido moral del escritor romano.
Cervantes dedicó una de sus Novelas Ejemplares a esta creencia, El licenciado vidriera, que publicó en 1613, años después de El Quijote. El protagonista es envenenado por un membrillo, como si de la fruta prohibida se tratase, provocándole la "ilusión del vidrio". A mí, el licenciado Vidriera, siempre me pareció tan cuerdo como don Quijote, los dos personajes eran incapaces de desenvolverse en la vida cotidiana y se protegieron en su locura para criticar a la sociedad en la que vivieron. Don Quijote decidió vivir en el mundo de la caballería y el licenciado decidió aislarse para no quebrarse. Ambos se mueven entre la cordura y la locura, entre las armas y las letras, entre la realidad y el deseo, entre la literatura y la vida, pero en lo que atañe a lo demás son muy cuerdos.
Los huesos, como el vidrio, las burbujas, los relojes de arena y las flores marchitas, son un símbolo de lo efímero de la vida en la tierra. El Licenciado Vidriera es, por tanto, una alegoría de la fragilidad en el mundo barroco.
La forma splendet dum frangitur fue usada por Rafael Sánchez Ferlosio para encabezar la segunda parte de su colección de ensayosLas semanas del jardín(1974), título de evidente estirpe cervantina.
De ágil a frágil
Carmen tenía un cuerpo muy ágil que con el tiempo se volvió extremadamente
frágil, pesaba muy poco y siempre estaba dispuesta a subirse a un promontorio para conseguir cualquier objeto que no estuviese a su alcance. De
pequeña se subía a los árboles a coger fruta o se encaramaba a un burro sin
pensárselo dos veces, aunque terminase en el suelo. No tenía ningún temor a las caídas, ni había sido criada entre algodones. No se amilanó cuando un coche
la atropelló con el semáforo en verde y la volteó por los aires, ni cuando poco
después se cayó de la mesa camilla a la que se había subido para colocar unos
visillos. Los males empezaron con la menopausia y la aparición silenciosa de la
osteoporosis, se rompió la cadera en la calle porque, según ella, había tropezado
con una raíz de un árbol que sobresalía. En ese momento, creyó oír el ruido de
los huesos al romperse como cuando le das un golpe al vidrio y sintió que las
ternillas que sujetan los músculos habían estallado como un espejo. A partir de ese momento, el miedo paralizante se instaló en su mente, miedo a caerse y a romperse porque ya le había ocurrido. Y empezó una escalada de roturas: una muñeca, luego el brazo y la otra
cadera, para terminar con un cambio de prótesis en la primera cadera; en total, cuatro operaciones que la hicieron
dependiente de los demás. Con su
buen humor ácido, manifestaba que se había convertido en el licenciado Vidriera. Ya no salía de su casa, su belleza se mantenía protegida entre sus muros como las figuritas de cristal que asomaban tras la vitrina de su salón. Su cuerpo se convirtió en un mírame y no me toques, no quería romperse de nuevo.Antes era firme y ligera, de
carne y hueso; ahora, inmóvil y lábil, de cristal.