domingo, 20 de junio de 2010

La conjuración de las palabras, Pérez Galdós


Érase un gran edificio llamado Diccionario de la Lengua castellana, de tamaño tan colosal y fuera de medida, que, al decir de los cronistas, ocupaba casi la cuarta parte de una mesa, de estas que, destinadas a varios usos, vemos en las casas de los hombres. Si hemos de creer a un viejo documento hallado en viejísimo pupitre, cuando ponían al tal edificio en el estante de su dueño, la tabla que lo sostenía amenazaba desplomarse, con detrimento de todo lo que había en ella. Formábanlo dos anchos murallones de cartón, forrados en piel de becerro jaspeado, y en la fachada, que era también de cuero, se veía un ancho cartel con doradas letras, que decían al mundo y a la posteridad el nombre y significación de aquel gran monumento.
Por dentro era un laberinto tan maravilloso, que ni el mismo de Creta se le igualara. Dividíanlo hasta seiscientas paredes de papel con sus números llamados páginas. Cada espacio estaba subdividido en tres corredores o crujías muy grandes, y en estas crujías se hallaban innumerables celdas, ocupadas por los ochocientos o novecientos mil seres que en aquel vastísimo recinto tenían su habitación. Estos seres se llamaban palabras.
* * *
Una mañana sintióse gran ruido de voces, patadas, choque de armas, roce de vestidos, llamamientos y relinchos, como si un numeroso ejército se levantara y vistiese a toda prisa, apercibiéndose para una tremenda batalla. Y a la verdad, cosa de guerra debía de ser, porque a poco rato salieron todas o casi todas las palabras del Diccionario, con fuertes y relucientes armas, formando un escuadrón tan grande que no cupiera en la misma Biblioteca Nacional. Magnífico y sorprendente era el espectáculo que este ejército presentaba, según me dijo el testigo ocular que lo presenció todo desde un escondrijo inmediato, el cual testigo ocular era un viejísimo Flos sanctorum, forrado en pergamino, que en el propio estante se hallaba a la sazón.
Avanzó la comitiva hasta que estuvieron todas las palabras fuera del edificio. Trataré de describir el orden y aparato de aquel ejército, siguiendo fielmente la veraz, escrupulosa y auténtica narración de mi amigo el Flos sanctorum.
Delante marchaban unos heraldos llamados Artículos, vestidos con magníficas dalmáticas y cotas de finísimo acero; no llevaban armas, y sí los escudos de sus señores los Sustantivos, que venían un poco más atrás. Estos, en número casi infinito, eran tan vistosos y gallardos, que daba gozo verlos. Unos llevaban resplandecientes armas del más puro metal, y cascos en cuya cimera ondeaban plumas y festones; otros vestían lorigas de cuero finísimo, recamadas de oro y plata; otros cubrían sus cuerpos con luengos trajes talares, a modo de senadores venecianos. Aquéllos montaban poderosos potros ricamente enjaezados, y otros iban a pie. Algunos parecían menos ricos y lujosos que los demás; y aún puede asegurarse que había bastantes pobremente vestidos, si bien éstos eran poco vistos, porque el brillo y elegancia de los otros como que les ocultaba y obscurecía. Junto a los Sustantivos marchaban los Pronombres, que iban a pie y delante, llevando la brida de los caballos, o detrás, sosteniendo la cola del vestido de sus amos, ya guiándoles a guisa de lazarillos, ya dándoles el brazo para sostén de sus flacos cuerpos, porque, sea dicho de paso, también había Sustantivos muy valetudinarios y decrépitos, y algunos parecían próximos a morir. También se veían no pocos Pronombres representando a sus amos, que se quedaron en cama por enfermos o perezosos, y estos Pronombres formaban en la línea de los Sustantivos como si de tales hubieran categoría. No es necesario decir que los había de ambos sexos; y las damas cabalgaban con igual donaire que los hombres, y aun esgrimían las armas con tanto desenfado como ellos.
Detrás venían los Adjetivos, todos a pie; y eran como servidores o satélites de los Sustantivos, porque formaban al lado de ellos, atendiendo a sus órdenes para obedecerlas. Era cosa sabida que ningún caballero Sustantivo podía hacer cosa derecha sin el auxilio de un buen escudero de la honrada familia de los Adjetivos; pero éstos, a pesar de la fuerza y significación que prestaban a sus amos, no valían solos ni un ardite, y se aniquilaban completamente en cuanto quedaban solos. Eran brillantes y caprichosos sus adornos y trajes, de colores vivos y formas muy determinadas; y era de notar que cuando se acercaban al amo, éste tomaba el color y la forma de aquéllos, quedando transformado al exterior, aunque en esencia el mismo.
Como a diez varas de distancia venían los Verbos, que eran unos señores de lo más extraño y maravilloso que puede concebir la fantasía.
No es posible decir su sexo, ni medir su estatura, ni pintar sus facciones, ni contar su edad, ni describirlos con precisión y exactitud. Basta saber que se movían mucho y a todos lados, y tan pronto iban hacia atrás como hacía adelante, y se juntaban dos para andar emparejados. Lo cierto del caso, según me aseguró el Flos sanctorum, es que sin los tales personajes no se hacía cosa a derechas en aquella República, y si bien los Sustantivos eran muy útiles, no podían hacer nada por sí, y eran como instrumentos ciegos cuando algún señor Verbo nos los dirigía. Tras éstos venían los Adverbios, que tenían cataduras de pinches de cocina; como que su oficio era prepararles la comida a los verbos y servirles en todo. Es fama que eran parientes de los Adjetivos, como lo acreditaban viejísimos pergaminos genealógicos, y aun había Adjetivos que desempeñaban en comisión la plaza de Adverbios, para lo cual bastaba ponerles una cola o falda que decía: mente.
Las Preposiciones eran enanas, y más que personas parecían cosas, moviéndose automáticamente: iban junto a los Sustantivos para llevar recado a algún Verbo, o viceversa. Las Conjunciones andaban por todos lados metiendo bulla; y una de ellas especialmente, llamada que, era el mismo enemigo y a todos los tenía revueltos y alborotados, porque indisponía a un señor Sustantivo con un señor Verbo, y a veces trastornaba lo que éste decía, variando completamente el sentido. Detrás de todos marchaban las Interjecciones, que no tenían cuerpo, sino tan sólo cabeza, con gran boca siempre abierta. No se metían con nadie, y se manejaban solas; que aunque pocas en número, es fama que sabían hacerse valer.
De estas palabras, algunas eran nobilísimas, y llevaban en sus escudos delicadas empresas, por donde se venía en conocimiento de su abolengo latino o árabe; otras, sin alcurnia antigua de que vanagloriarse, eran nuevecillas, plebeyas o de poco más o menos. Los nobles las trataban con desprecio. Algunas había también en calidad de emigradas de Francia, esperando el tiempo de adquirir nacionalidad. Otras, en cambio, indígenas hasta la pared de enfrente, se caían de puro viejas, y yacían arrinconadas, aunque las demás guardaran consideración a sus arrugas; y las había tan petulantes y presumidas, que despreciaban a las demás mirándolas enfáticamente.
Llegaron a la plaza del Estante y la ocuparon de punta a punta. El verbo Ser hizo una especie de cadalso o tribuna con dos admiraciones y algunas comas que por allí rodaban, y subió a él con intención de despotricarse; pero le quitó la palabra un Sustantivo muy travieso y hablador, llamado Hombre, el cual, subiendo a los hombros de sus edecanes, los simpáticos Adjetivos Racional y Libre, saludó a la multitud, quitándose la H, que a guisa de sombrero le cubría, y empezó a hablar en estos o parecidos términos:
–Señores: la osadía de los escritores españoles ha irritado nuestros ánimos, y es preciso darles justo y pronto castigo. Ya no les basta introducir en sus libros contrabando francés, con gran detrimento de la riqueza nacional, sino que cuando por casualidad se nos emplea, trastornan nuestro sentido y nos hacen decir lo contrario de nuestra intención. (Bien, bien.) De nada sirve nuestro noble origen latino, para que esos tales respeten nuestro significado. Se nos desfigura de un modo que da grima y dolor. Así, permitidme que me conmueva, porque las lágrimas brotan de mis ojos y no puedo reprimir la emoción. (Nutridos aplausos.)
El orador se enjugó las lágrimas con la punta de la e, que de faldón le servía, y ya se preparaba a continuar, cuando le distrajo el rumor de una disputa que no lejos se había entablado.
Era que el Sustantivo Sentido estaba dando de mojicones al Adjetivo Común, y le decía:
–Perro, follón y sucio vocablo, por ti me traen asendereado y me ponen como salvaguardia de toda clase de desatinos. Desde que cualquier escritor no entiende palotada de una ciencia, se escuda con el Sentido Común, y ya le parece que es el más sabio de la Tierra. Vete, negro y pestífero Adjetivo, lejos de mí, o te juro que no saldrás con vida de mis manos.
Y al decir esto el Sentido enarboló la t, y dándole un garrotazo con ella a su escudero le dejó tan mal parado, que tuvieron que ponerle un vendaje en la o, y bizmarle las costillas de la m, porque se iba desangrando por allí a toda prisa.
–Haya paz, señores –dijo un Sustantivo Femenino llamado Filosofía, que con dueñescas tocas blancas apareció entre el tumulto. Mas en cuanto le vio otra palabra llamada Música, se echó sobre ella y empezó a mesarle los cabellos y a darle coces, cantando así:
–Miren la bellaca, la sandia, la loca; ¿pues no quiere llevarme encadenada con una Preposición, diciendo que yo tengo Filosofía? Yo no tengo sino Música, hermana. Déjeme en paz y púdrase de vieja en compañía de la Alemana, que es otra vieja loca.
–Quita allá, bullanguera –dijo la Filosofía, arrancándole a la Música el penacho o acento que muy erguido sobre la ú llevaba–; quita allá, que para nada vales ni sirves más que de pasatiempo pueril.
–Poco a poco, señoras mías –gritó un Sustantivo alto, delgado, flaco y medio tísico, llamado el Sentimiento–. A ver, señora Filosofía, si no me dice usted esas cosas a mi hermana, o tendremos que vernos las caras. Estése usted quieta y deje a Perico en su casa, porque todos tenemos trapitos que lavar, y si yo saco los suyos, ni con colada habrán de quedar limpios.
–Miren el mocoso –dijo la Razón, que andaba por allí en paños menores y un poquillo desmelenada–, ¿qué sería de esos badulaques sin mí? No reñir, y cada uno a su puesto, que si me incomodo...
–No ha de ser –dijo el Sustantivo Mal, que en todo había de meterse.
–¿Quién le ha dado a usted vela en este entierro, tío Mal? Váyase al Infierno, que ya está de más en el mundo.
–No, señoras; perdonen usías, que no estoy sino muy retebién. Un poco decaidillo andaba; pero después que tomé este lacayo, que ahora me sirve, me voy remediando.
Y mostró un lacayo, que era el Adjetivo Necesario.
–Quítenmela, que la mato –chillaba la Religión, que había venido a las manos con la Política–; quítenmela, que me ha usurpado el nombre para disimular en el mundo sus socaliñas y gatuperios.
–Basta de indirectas. ¡Orden! –dijo el Sustantivo Gobierno, que se presentó para poner paz en el asunto.
–Déjelas que se arañen, hermano –observó la Justicia–; déjelas que se arañen, que ya sabe vuecencia que rabian de verse juntas. Procuremos nosotros no andar también a la greña, y adelante con los faroles.
Mientras esto ocurría, se presentó un gallardo Sustantivo, vestido con relucientes armas y trayendo un escudo con peregrinas figuras y lema de plata y oro. Llamábase el Honor, y venía a quejarse de los innumerables desatinos que hacían los humanos en su nombre, dándole las más raras aplicaciones y haciéndole significar lo que más les venía a cuento. Pero el Sustantivo Moral, que estaba en un rincón atándose un hilo en la l, que se le había roto en la anterior refriega, se presentó, atrayendo la atención general. Quejóse de que se le subían a las barbas ciertos Adjetivos advenedizos, y concluyó diciendo que no le gustaban ciertas compañías, y que más le valiera andar solo; de lo cual se rieron otros muchos Sustantivos fachendosos que no llevaban nunca menos de seis Adjetivos de servidumbre.
Entretanto, la Inquisición, una viejecilla que no se podía tener, estaba pegando fuego a una hoguera que había hecho con interrogantes gastados, palos de T y paréntesis rotos, en la cual hoguera dicen que quería quemar a la Libertad, que andaba dando zancajos por allí con muchísima gracia y desenvoltura. Por otro lado estaba el Verbo Matar, dando grandes voces, y cerrando el puño con rabia, decía de vez en cuando:
–¡Si me conjugo...!
Oyendo lo cual, el Sustantivo Paz acudió corriendo tan aprisa, que tropezó en la z con que venia calzada y cayó cuan larga era, dando un gran batacazo.
–Allá voy –gritó el Sustantivo Arte, que ya se había metido a zapatero–. Allá voy a componer este zapato, que es cosa de mi incumbencia.
Y con unas comas le clavó la z a la Paz, que tomó vuelo y se fue a hacer cabriolas ante el Sustantivo Cañón, de quien dicen estaba perdidamente enamorada.
No pudiendo ni el Verbo Ser, ni el Sustantivo Hombre, ni el Adjetivo Racional poner en orden a aquella gente, y comprendiendo que de aquella manera iban a ser vencidos en la desigual batalla que con los escritores españoles tendrían que emprender, resolvieron volverse a su casa. Dieron orden de que cada cual entrara en su celda, y así se cumplió, costando gran trabajo encerrar a algunas camorristas, que se empeñaban en alborotar y hacer el coco.
Resultaron de este tumulto bastantes heridos, que aún están en el hospital de sangre, o sea Fe de erratas del Diccionario. Han determinado congregarse de nuevo para examinar los medios de imponerse a la gente de letras. Se están redactando las pragmáticas, que establecerán el orden en las discusiones. No tuvo resultado el pronunciamiento, por gastar el tiempo los conjurados en estériles debates y luchas de amor propio, en vez de congregarse para combatir al enemigo común; así es que concluyó aquello como el Rosario de la Aurora.
El Flos sanctorum me asegura que la Gramática había mandado al Diccionario una embajada de géneros, números y casos para ver si por las buenas, y sin derramamiento de sangre, se arreglaban los trastornados asuntos de la Lengua Castellana.

Chuletas para todos los gustos


Desde el mismo momento en que un estudiante tuvo que someterse a un examen escrito, este agudizó el ingenio para tener a su alcance ese auxiliar, llamado chuleta, que le permitiera obtener el aprobado sin estudiar. Las técnicas han ido variando y se ha pasado desde el más rudimentario (el escrito encima de la mesa) al más sofisticado recurriendo a las nuevas tecnologías.
Una buena chuleta requiere mucho tiempo y una gran capacidad de síntesis. Además mientras se hace, se va aprendiendo y, en la mayoría de los casos, resulta inútil. A veces, sólo se tienen para que nos den seguridad. Los expertos siempre llegan a la conclusión de que la mejor chuleta es el cerebro, donde puedes almacenar la mayor cantidad de información, sin que pueda ser descubierta por nadie y ser utilizada en cualquier momento.
Existen libros dedicados a este arte de la supervivencia y en internet y en youtube podemos encontrar numerosas entradas y vídeos sobre chuletas: desde cómo fabricarlas a lugares para camuflarlas. Incluso hay un programa para descargar las que han hecho otros, se llama chuletator.
-http://chuletas.8k.com/diez.htm
-http://www.xuletas.es/trucos/
Ahora debes exponer tu opinión sobre este tema argumentándola.

Antología de textos narrativos

1.-Pulsa aquí para visualizar el LIM (Libro Interactivo Multimedia) que analiza los rasgos más característicos de la naración, el autor ha elegido la leyenda de Bécquer titulada El Monte de las Ánimas como referente para una parte importante de las explicaciones y actividades del libro.
2.-

3.-

sábado, 19 de junio de 2010

El huésped y el pescado al tercer día apestan




En mi familia tenemos dos principios: no molestar y no preguntar nunca al huésped cuándo se va a ir. No nos gusta dar la lata ni que nos la den. Como vivimos en Madrid hemos acogido siempre a todo familiar o amigo que venía por estudios, trabajo, operaciones quirúrgicas o gestiones. Ni que decir tiene que nunca les hemos devuelto la visita. Siempre decimos: qué alegría cuando vienen y qué alegría cuando se van.
Yo he tropezado tres veces por no saber ponerme un rato colorada y evitarme así los veinte morada. Vivo sola muy a gusto, no me gusta que la gente invada mi espacio. A veces se pasa mal, pero eso es el peaje que tienes que pagar por mantener tu libertad. Primero fue un primo lejano que venía a Madrid a hacer un curso; somos una familia muy unida y al principio no me importó dejarle el salón de mi casa de apenas 40 metros cuadrados. No cabíamos, todo eran ruidos y permanente olor a salchichas en la cocina-salón. Finalmente, se dio cuenta y se fue, supongo que enfadado. La segunda vez, con una casa más grande, acogí a un sobrino mío. Era su primer año en la universidad, apenas conocía gente y se pasaba el día encerrado paseando de la televisión al ordenador, pasando por la cocina para desvalijar la nevera. Lo hablamos y después de tres meses se marchó a una residencia, a volar solo y a coger pulgas, dicho sea de paso y con gran preocupación por mi parte. Ahora es muy bien recibido siempre que viene unos días. La tercera vez fue la peor porque yo no tenía ningún lazo afectivo con la persona que estuvo conviviendo conmigo cerca de un mes, el más largo de mi vida.
A J. Lo acogí porque me llamó desesperado después de romperse el pie en las fiestas de Alcorcón cuando trataba de saltar una valla como habían hecho sus amigos, él había pasado los cuarenta y sus amigos, más jóvenes, eran profesores de Educación Física. Recurrió a mí porque llevábamos una amistad de más de tres años donde habíamos hablado de todo lo divino y lo humano, incluido el "qué va ser de nosotros cuando seamos viejos". Recuerdo que hablamos de establecer un pacto entre los solteros solitarios para ayudarnos en los momentos de bajón. Además, debo confesarlo, cuando mis hormonas funcionaban como un reloj, me había sentido ligeramente atraída por él, por su forma estrafalaria de vestir, sus escasas habilidades sociales, sus penosos chistes verdes, sus correos delirantes. Todo terminó cuando fui a su casa, extraña mezcla de museo del terror gótico y mayo del 68. Su sensibilidad y la mía no tenían nada que ver. Quedábamos una vez cada seis meses para ponernos ciegos de cervezas, mientras yo asistía muda a sus extrañas conversaciones con los camareros. Después cada mochuelo a su olivo. Alguna vez comenté que me gustaría viajar con él (todavía busco un compañero de viaje en el sentido literal), pero no obtuve ninguna respuesta. Le estimaba y le quería como amigo y punto. Al principio bien, acoges un pájaro herido y le cuidas hasta que te conviertes en su madre solucionando todas sus necesidades que son muchas: hacerle la cama, prepararle el desayuno, la comida, la merienda, la cena, ayudarle a colgar la ropa, a bañarse, acompañarle al médico; y en su recadera: comprar sellos, tabaco, comida que le gustase, un alza para las zapatillas (para lo que tuve que recorrer todas las ortopedias del barrio). Los primeros días jugábamos al trivial o a las cartas. Al final yo venía cansadísima del trabajo y no aguantaba ver su roído chándal con agujeros y el olor a tabaco impregnado en toda la casa. Empecé a pasar más tiempo fuera. No hablaba por teléfono, no se lo conté a mis amigas porque acertadamente habrían pensado que a santo de qué metía un desconocido en casa. Lo peor fue prepararle la comida día tras día, no me gusta cocinar y, según él, se me daba fatal, así que terminé haciéndome la torpe. Fui generosa hasta que me harté, nunca oí una palabra amable, ni siquiera un gracias. La situación era insostenible, pero él se seguía dejando caer. ¿Qué culpa tengo yo de que no tenga ascensor en su casa?, ¿por qué no acude a sus amigos con los que se rompió el pie o a su familia?, ¿por qué tuvo que venirse a mi casa?, ¿por qué le dije que sí? Tenía que haberme buscado una excusa. No se da cuenta de que bastante tengo ya con cuidar de mi madre que está medio inválida. Encima me deja sin ordenador cuando tiene toda la mañana para utilizarlo. Ayer le dije que tenía que pensar en irse. Pues no me contesta que cómo puedo hacerle una cosa así. ¿Y él a mí? Estoy harta, no puedo más, necesito recuperar mi espacio y a mis amigos. Ya no hablo, me meto en mi habitación y me encierro. Vale, estuvo mal decirle que se fuera a un hostal. Tampoco quiere que vaya la asistenta que le he buscado a ayudarle en la suya. Los alumnos con las piernas escayoladas suben y bajan escaleras todos los días y él ahí inmóvil, fumando constantemente sin nada que hacer. Que no sé sus gustos y además no quiero compartir los míos. Que no tienen ninguna gracia los chistes que cuenta, que para chistes estoy yo con el muermo que me ha caído encima... Está bien me pongo en su lugar, no puedo apoyar la pierna, no tengo ascensor, pues hay servicios a domicilio, puedo tirar de amigos que vengan a verme y me traigan la comida. Además si viviese en un cuarto piso también me podría suicidar. ¿Pero qué estoy diciendo? Me voy a volver loca de atar. ¡Que se vaya!, total los cuarenta días de reposo no se los va a quitar nadie. Y cuando tenga que ir a rehabilitación al hospital, pues que le vayan a buscar en ambulancia. Se tiene que dar cuenta de que he cambiado. Encima me está haciendo culpable de la situación. Que no quiero que me canonicen. ¡Ya está bien! De hoy no pasa. Me da igual que se ponga a llorar. Ya lo dice el refrán: el huésped y el pescado al tercer día apestan.
Terminé echándole, se marchó con mi mochila y unos libros. No le he vuelto a ver.

Me quedé aquí, Panda de Tolos

Estamos de cumpleaños: dos años ya del corto “Me quedé aquí”. Todavía resuenan en mi casa los ecos de las risas de los dos días tolos del mes de junio. Se quedaron aquí el olor a tabaco, la genialidad del poeta, la belleza de la protagonista, la imaginación del creador. Fue el primero de muchos cortos más. Para mí sigue siendo el mejor.
A David Francisco le conocí al llegar al Luis Buñuel. Se aburría en clase, pero todo lo observaba a través de sus inquietos ojos negros. Siempre le recordaré en la Residencia de Estudiantes en una exposición sobre Alberti. Ahora es él quien me enseña a mí. Tenía un cuaderno mágico lleno de caricaturas, de canciones, de apuntes. Siempre le gustaba llevarme la contraria. Junto a su amigo Daniel formaba una pareja humorística y literaria.  Ahora ese adolescente tímido, sensible, cariñoso, se ha convertido en todo un hombre de veintitrés años sin perder un ápice de su personalidad.



Adiós al Luis Buñuel. Basado en el tema ¿Quiénes somos? De Siniestro Total

Nosotros somos seres racionales
De los que toman las raciones en los bares
Y como no nos digas que no está bien
Que ya sabemos cuáles son nuestros males
Vamos al Kwai y al Berberecho
Y al Palentino
Y a lo hecho, pecho
¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos?
¿Adónde vamos si se acaba el vino?
Somos el IES Luis Buñuel
Tirar la piedra y esconder la mano
No lo hacemos nunca si no está justificado.
Las mujeres y los profes los primeros
Y los niños al final con una piedra al cuello
Y menos mal que nos queda Portugal
Ante todo mucha calma y capear el temporal
¿Qué quienes somos? ¿Qué adonde vamos?
Somos el IES Luis Buñuel
Somos tan sabios y tan inteligentes
También somos modestos y gente muy decente
Oye nena somos artistas
No somos los de Móstoles no nos pierdas de vista
Que cuando el grajo vuela bajo
Y hace un frío del carajo
Hay que tomar sopas de ajo
Nosotros somos gente de Dios
Pero ya es la hora, así que apaga y vámonos
Somos el IES Luis Buñuel.

Agustín, profesor de Historia y rockero desconocido

David cerró su blog  Panda de Tolos en mayo del 2011 y ahora anda metido en aventuras empresariales en torno a los libros por la cercana Zaragoza, pero me dejó en este enlace todo lo que está relacionado  con Yago, con Ángel Guinda y conmigo:
http://pandadetolos.blogspot.com.es/search/label/MariAngeles

Estas palabras inmerecidas y escritas desde el cariño me han aliviado en malos momentos. ¡Gracias, Tolo!

Cuando terminas el instituto, hay profesores a los que no vuelves a ver en la vida. A otros, los sigues viendo más que a tu familia.
Hay profesores a los que recuerdas con cariño. A otros, con odio. A otros no los recuerdas.
Hay profesores que te enseñan desde los apuntes y los libros. Otros desde el ejemplo.
Eso es lo que nos diste: ejemplo y cariño. Te identificaste con nosotros, casi tanto como nosotros contigo. Segunda madre que nunca tuvimos. Buscadora de referencias cuando nos creemos originales. Confidente de patatitas y cubatas. Descarnada generosidad impagable.
Muchas felicidades.  Te queremos.

Relatos de terror para noviembre

1. Pincha el siguiente enlace:

http://ak.imgag.com/imgag/product/preview/flash/bws8Shell.swf?ihost=http://ak.imgag.com/imgag&brandldrPath=/product/full/el/&cardNum=/product/full/ap/3125133/graphic1

2. Sigue las instrucciones.
3. Describe paso a paso las imágenes que aparecen en el vídeo.
4. Haz una narración en la que cambies el final.


Noche de Fantasmas
Hola, forastero,
¿te has perdido?
¿No sabes que no es seguro
viajar de noche por estos lugares?
Algo o alguien no tardará en encontrar tu rastro,
y uno nunca sabe con qué se podría tropezar
por aquí a estas horas.
Estás a kilómetros de cualquier parte y se acerca una
tormenta. Tal vez podría indicarte el camino corrrecto
No importa. Me harás compañía.
Tal vez podría contarte algunas historias por el camino:
-La leyenda de Sleepy Hollow, W. Irving
-Un cuento para dormir, Chris Mould
-Las estatuas de mármol, Edith Vesbil
-El forastero, Cris Mould
-Junto a la chimenea, Cris Mould
-La historia del viajante, Dickens
-A bordo del Armadillo, Cris Mould
-La diligencia fantasma, Amelia B. Edwards



http://labatametalica.blogspot.com/2010/12/relatos-de-siglos-xix-y-xx.html

Vosotros los que leéis aún estáis entre los vivos:

-El entierro (1819 Lord Byron)
-Historia de fantasmas (1819 Ernst Theodor Amadeus Hoffmann)
-El pie de momia (1840 Théophile Gautier )
-La noche de Difuntos (1865 Gustavo Adolfo Bécquer)
-Megaupload
-Sombra. Una Parábola (1835 Edgar Allan Poe)

Vídeos ecologistas