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Esta vez conseguí entradas para el concierto homenaje al gaditano Manuel de Falla ciento cincuenta años después de su nacimiento. Llegué a duras penas al Auditorio porque Madrid estaba paralizada por una maratón. Sentada cerca a de los violines, gocé de los lugares, sensaciones y sentimientos a los que me lleva la música de este genio de la música española y universal que supo unir la tradición y la modernidad, lo culto y lo popular. Me sorprendieron sobre todo las obras de su etapa parisina que no conocía: «À Claude Debussy (Elegía de la guitarra)», «À Paul Dukas (Spes Vitae)» y «Pedrelliana», dedicada a Felipe Pedrell, su gran mentor y verdadero padre estético.
Y me volví a turbar con la canción del Fuego fatuo con texto de María Lejárraga, una historia de celos y amor, y la superación de estos dos fuertes sentimientos por parte de la protagonista, que ve cómo se le aparece su difunto amor continuamente como un espectro (fuego fatuo) celoso por su relación con su nuevo amante.
Canción del Fuego
Lo mismo que er fuego fatuo,
lo mismito es er queré.
Le huyes y te persigue,
le yamas y echa a corré.
¡Lo mismo que er fuego fatuo,
lo mismito es er queré!
Nace en las noches de agosto,
cuando aprieta la calor.
Va corriendo por los campos
en busca de un corasón...
¡Lo mismo que er fuego fatuo,
lo mismito es er queré!
¡Malhaya los ojos negros
que le alcanzaron a ver!
¡Malhaya er corasón triste
que en su yama quiso arder!
¡Lo mismo que er fuego fatuo
se desvanece er queré!






