viernes, 31 de julio de 2020

Versión en latín de Smells like teen spirit de Nirvana

Smells like teen spirit tal vez sea la canción más versionada de Nirvana, el vídeo de The miracle aligner nos trae una versión en latín que respeta en lo posible el original añadiendo algunos giros. El estribillo pasa de hablar de «un mulato, un albino, un mosquito, mi libido» a «un bárbaro, un albino, un mosquito y mi libido». El latín con acentos es bastante macarrónico.


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domingo, 26 de julio de 2020

Los problemas de visión de Galdós

Se ha dicho de Pérez Galdós que murió pobre, solo y ciego. La única verdad es la última. Lo de pobre y solo se ha exagerado como en el caso de otros escritores que vimos estampados en otros billetes de las antiguas pesetas: Bécquer y Rosalía de Castro, tal vez un sarcasmo que refleja las dificultades de muchos escritores si querían vivir solo de su pluma.  


Imágen del entierro de Galdós
Galdós siempre fue muy generoso, tuvo problemas económicos, es cierto, pero poseía bienes inmuebles y vivió al amparo de su familia a la que se le daban mejor los negocios que a él ("Mientras más libros vendo, menos dinero gano. Voy a ser el único editor que se haya arruinado a fuerza de vender muchas ediciones"). Tampoco le abandonaron sus amigos, tenía muchos, y cuando murió una multitud de madrileños asistió a su entierro.
La ceguera que padeció el autor aparece de forma reiterada en sus personajes, desde el principio de su obra literaria, pero sobre todo en su etapa final de modo autobiográfico ( Ver el enlace La ceguera y otras enfermedades oculares en las novelas de Galdós). Comenzó con problemas de visión antes de los cuarenta años. Más tarde padeció una iritis (diagnosticada por su amigo Marañón) y cataratas bilaterales, más acentuada en el ojo izquierdo, de las que fue operado en 1911 y 1912 por el Dr. M. Márquez y su mujer, Trinidad Arroyo, la primera oftalmóloga española. La descripción pormenorizada de las operaciones que le produjeron la ceguera están descritas con todo detalle en la biografía de Yolanda Arencibia que figura en la entrada anterior del blog. Todo indica que pudo perder la visión por una sífilis terciaria, una enfermedad de gran prevalencia en la época y que el autor describe en su novela Lo prohibido donde cuenta la vida licenciosa de un solterón.
 El 24 de agosto de 1907, don Benito escribe a su hija María de 16 años y le corrige con humor su ortografía: «No se escribe ‘hojo’, que es un gran disparate. Se escribe ‘ojo’. Esa ‘h’ es una catarata que le has puesto al ojo, y para cataratas bastante tengo con las mías.»
Galdós retratado por Alfonso Sánchez 1910
En el episodio nacional Cánovas (1912), el narrador-testigo,Tito Liviano (bautizado así en honor del historiador Tito Livio) cae enfermo y durante algún tiempo está ciego (como lo estaba Galdós mientras dictaba el episodio). Tito ve mejor lo no visible, quien no puede ver lo de fuera es quien mejor verá lo de dentro y en las alucinaciones de la temporal ceguera va decantándose su juicio, y agudizándose reflexión y presentimientos:
 " Después de Semana Santa empecé a notar que mi vista se nublaba; sentía como arenillas en los ojos, sin que de ello me aliviasen los cuidados de Casiana, que dos o tres veces al día bañaba con agua de rosas mis pupilas enfermas. Los patrones me recomendaron ejercicio y distracción. Conforme con este tratamiento elemental, mi compañera sacábame de paseo todas las tardes; pero mi vista mermaba tan rápidamente, que a los pocos días de estas divagaciones por el Botánico y Ronda de Atocha, tuve que agarrarme al brazo de mi leal Casianilla para no tropezar con los transeúntes. Al propio tiempo crecía la fotofobia, y ni aun amparando mis ojos con gafas negras érame posible resistir la viveza de la luz en plena calle. Fue menester reducir los paseos a la hora crepuscular, motivo mayor de tristeza y abatimiento. Siguieron a esto dolores en las sienes, vascularización en la córnea, que perdía su brillo, tomando según me dijeron un aspecto mate, sanguíneo (...).
Terminó el diagnóstico con el nombre científico y un tanto enrevesado de lo que yo padecía. No se me olvida aquel nombre, que fue como un rótulo, clavado por el médico en mi frente: Queratitis Parenquimatosa». Desde aquella tarde quedamos unidos con vínculo estrecho mi Queratitis y yo, cual un matrimonio doloroso que había de durar hasta que la ciencia del oculista nos divorciara. Fortalecido por mi paciencia, de la que hice acopio exuberante, cargaba mi cruz y con ella recorría el agrio camino de la vida hora tras hora, semana tras semana. Recluso en mi habitación, sumido en intensa obscuridad, yo no distinguía los días de las noches, ni un día de otro, ni apreciaba el principio y fin de cada semana. Era para mí el tiempo un concepto indiviso, una extensión sin grados ni dobleces. Las únicas interrupciones de la continuidad eran los momentos en que me hacían la cura de los ojos el doctor o su ayudante. Mi ceguera llegó a ser absoluta, mis ojos inflamados dábanme la sensación de dos ascuas mal contenidas dentro de las órbitas. Los fomentos calientes y las duchas de vapor, que me administraba el ayudante del oculista, aliviábanme a ratos. Casianilla me servía con puntual solicitud la medicación interna, mercuriales, antisépticos... Cuando a mis oídos llegaba el tintín de la cucharilla revolviendo las dosis terapéuticas en el vaso de agua, sentía yo cierto regocijo. Aquel rumor cristalino era mi único reloj, y por él tenía yo un vago conocimiento de las horas... En cierto modo imitaba el ritmo de la Queratitis, arrullándome en sus duros brazos... Mi existencia no era más que una sombra encerrada en ancha caverna, que ya me parecía roja, ya de un tinte violáceo surcado de ráfagas verdes"*.
En el verano de 1915, don Benito le confiesa a su amigo santanderino Barrio y Bravo: «No puedo, no puedo hacer apenas nada con estos dichosos ojos, que son mis tiranos. Lo que yo quisiera hacer he de aplazarlo forzosamente, no sé hasta cuándo. Ahora tengo que contentarme con dictar cosas cortas».
Entre 1913 y 1920 Galdós parece la figura de El abuelo, es un anciano alto, huesudo, pálido, un poco encorvado. Camina torpe y arrastrando los pies. El bigote amarillo de nicotina le cae sobre la boca. Le queda una pelambre canosa y lacia. Unas gafas negras le enternecen los ojos ya sin luz. Viste con descuido prendas sumamente holgadas: un abrigo largo, una bufanda arrollada al cuello, un flexible dejado de cualquier modo sobre la cabeza. Su mano derecha se apoya en un viejo bastón, su garrote. La izquierda se coge al brazo de quien le sirve de lazarillo. Falleció el 4 de enero de 1920 en su domicilio de la calle de Hilarión Eslava número 7 que poseía su sobrino José Hurtado de Mendoza.

 Todos estos datos los he conocido después de operarme de cataratas y me han puesto el vello de punta, menos mal que los tiempos avanzan que es una barbaridad, sobre todo en cirugía ocular. Han servido para acercarme a mi abuela Ángeles Caturla que, después de visitar a distintos oftalmólogos, incluido Barraquer, se quedó ciega por un glaucoma a mediados del siglo pasado. A mí no me llegó a conocer a través de la vista.

*Benito Pérez Galdós. Vida, obra y compromiso, del profesor, investigador e historiador Francisco Cánovas Sánchez (2019).

viernes, 24 de julio de 2020

Dos biografías y una autobiografía

A principios de este verano, después del confinamiento, he leído dos biografías, muy completas y necesarias, y una autobiografía exculpatoria que me han hecho recordar por qué no soy asidua al género. La biografía de Yolanda Arencibia, publicada en la editorial Tusquets tras ganar el 32º premio Comillas, nos acerca a la figura de Benito Pérez Galdós en el año del centenario de su muerte, mientras que la de Isabel Burdiel se aproxima a una mujer singular, independiente y libre, la desconocida Emilia Pardo Bazán, amiga íntima del escritor. Las dos son rigurosas en un intento de acercarnos objetivamente a estos autores. Las dos están bien documentadas, servirían como modelo de una tesis doctoral amena. Pero las dos, más que al gran público, están destinadas a los estudiosos y a los curiosos; a veces abruman con ese entramado exhaustivo de nombres, datos históricos, noticias periodísticas, fragmentos de cartas, análisis de novelas, fotografías... Demasiado ruido y muchas nueces. Prefiero como lectora un resumen de la vida de estos autores a un análisis pormenorizado de su vida y sus trabajos.

 Ya sabemos que los personajes famosos, como todas las personas, son un compendio de luces y sombras, de aciertos y fracasos, que pueden llegar a ser tan atractivos como siniestros, por eso me gusta más conocerlos a través de sus obras. Siempre pensé que el soltero y mujeriego Galdós era un orgulloso padre soltero, pero he descubierto que solo al final aceptó a su hija en su vida y que a sus amantes les pasaba cuantiosas sumas de dinero; si estas eran costureras, les regalaba una máquina de coser. Aun así, fue capaz de establecer una relación entre iguales con otra escritora, Emilia Pardo Bazán, que era pura contradicción: progresista y católica, amante de las polémicas y celosa de su intimidad, nacionalista y española, emocional e intelectual, apasionada en su vida cotidiana y antisentimental en las novelas, tradicionalista y fascinada por el progreso de la ciencia, que escribía y pensaba como un hombre, como ella misma afirmaba. Condenaba la violencia contra las mujeres, pero silenció el caso de su abuela paterna Joaquina Mosquera asesinada por su segundo marido. El que creo que se merecería una biografía es su marido, José Quiroga, que se retiró y la dejó libre con su ajetreada vida.

Las autobiografías me interesan más, son más amenas porque están escritas con el estilo del propio autor casi siempre a su mayor honra, suponen una información de primera mano, aunque pueden ser tendenciosas: olvidan lo que no les interesa y recuerdan lo que quieren (la autobiografía de Galdós lleva el clarificador título de Memorias de un desmemoriado). Resultan más interesantes si el autor es  desconocido. En este sentido, destaco la autobiografía de Stefan Zweig, que leí con la misma emoción que sus novelas, El mundo de ayer (1942), conmovedor y atractivo testimonio del periodo entre las dos guerras mundiales, escrito poco antes de suicidarse, que recuerda en el exilio los momentos fundamentales de su vida, paralela a la desmembración de aquella Europa central que se creía más libre y segura que nunca.
La autobiografía de Woody Allen, A propósito de nada, amena e ingeniosa, nos cuenta en más de cuatrocientas páginas toda su vida, sus relaciones sentimentales, sus éxitos como actor, guionista y director, y su faceta como músico de jazz, en ella lamenta no haber hecho ninguna gran película, a pesar de seguir intentándolo. En las últimas páginas se centra en autodefenderse de Mia Farrow, con quien mantuvo relaciones durante trece años sin estar casados viviendo cada uno en su casa y que le acusó de haber abusado de su hija adoptiva Dylan. Termina afirmando sin mucha convicción que su existencia es feliz al lado de Soon-Yi Previn y de los dos hijos que adoptaron con esta declaración tan inquietante como conmovedora: “Cuando hay sol, me deprimo. Y la ciudad es tan hermosa bajo la lluvia, con el cielo nublado. No sé por qué. Algunos sugieren que es un correlato objetivo de mi estado de ánimo. Mi alma está cubierta de nubes”. Y respecto a su legado: “Más que vivir en los corazones y las mentes de mi público, prefiero seguir viviendo en mi casa”. Como afirma Carlos Boyero: "Woody Allen tiene crudo su deseo, su cine ya está instalado para siempre en los corazones y cerebros de todos esos espectadores a los que nos ha hecho dichosos". Sorprende que un hombre tan inteligente haya caído en manos de una mujer perturbada, manipuladora y mentirosa, y que no hubiese visto llegar la venganza shakespeariana que ella tramó contra él. Tampoco entiendo que no se haya hecho la prueba de paternidad para saber si Ronan es verdaderamente su hijo y no de Frank Sinatra como sospecha.

En definitiva, tres grandes creadores que nos han hecho más soportable nuestra vida con sus obras y que han vivido las suyas como han podido, en tiempos que siempre son difíciles. No creo que puedan servir de ejemplo para nadie como piensan algunos lectores aficionados al género. 

martes, 14 de julio de 2020

Babas y mocos de los negacionistas de la Covid-19

No doy crédito. ¡Qué falta de sentido común! Hace unos días el presidente de la Universidad Católica de Murcia, José Luís Mendoza, aseguraba ante medio centenar de fieles que la vacuna del coronavirus es "para poner un chip en cada uno de nosotros para controlar nuestra libertad". Un grupo de manifestantes antivacunas se congregó este sábado en la plaza de Callao de Madrid, la mayoría de ellos sin mascarillas y sin respetar la distancia de seguridad, para negar los efectos reales de la pandemia a la vez que acusan a la telefonía 5G y a Bill Gates como responsables para implantar microchips a través de vacunas y así controlar las mentes de los ciudadanos. Un curandero, Josep Pàmies, realiza un encuentro ("besos y abrazos") con sus seguidores para contagiarse de la Covid-19. Algunos discípulos de un conocido lingüista y filósofo ya fallecido se reúnen en Madrid con el saludo de "babas y mocos". No me extraña que, con estos ejemplos, al final los jóvenes ávidos de juerga y llenos de alcohol utilicen caprichosamente la mascarilla.


jueves, 9 de julio de 2020

El uso de "Vamos a ver..."


Desde hace años se ha extendido el uso del giro que encabeza estas líneas, a menudo abreviado en la forma “A ver…”, generalmente cuando un hablante inicia una respuesta en un diálogo entre dos o más personas. A veces se interpreta como muestra de vacilación o inseguridad sobre lo que se va a decir, una forma de ganar tiempo de las varias que se observan en las entrevistas de los medios o en nuestras propias conversaciones: Buenooo… pueesss…, sonidos nasales o guturales (mmmm…), carraspeos (ejem…) y otras. Aunque esta interpretación puede ser más o menos válida en algunos casos, el sintagma “(Vamos) a ver…” tiene un significado o más bien un valor o función propios en el discurso. Es un conector, un elemento de transición que expresa el paso a un aspecto o nivel distinto en el diálogo, e incluso a algo más complicado. Es como decir: eso que plantea requiere cierta explicación, no se puede despachar con sí o no ni con una fórmula sencilla, prepárate porque deberé extenderme…
Lo cierto es que últimamente la fórmula se ha extendido tanto que lleva camino de gramaticalizarse por desgaste (“usura lingüística”, decían los viejos gramáticos) y perder valor expresivo. El economista Niño Becerra, que tiene un espacio de radio donde responde a periodistas y oyentes, empieza siempre sus intervenciones diciendo “A ver…”, sin saberse si es para indicar lo inseguro del terreno de las preguntas (¿cuándo vamos a salir de la crisis? ¿van a mejorar a corto o medio plazo las expectativas laborales?) o como mera muletilla que se dice sin querer, tal como nos pasa a muchos: esta mañana oía una entrevista con un presidente de una comunidad autónoma que intercalaba cada 2 ó 3 frases el giro “en este sentido”; al acabar, el locutor, sin duda contagiado inconscientemente, se despidió diciendo: “Pues nada,muchas gracias, en este sentido, por sus declaraciones…” 
Algunos se despiden con un escéptico "ya veremos", pero esa es otra historia.