Preparando la entrada sobre el diálogo póstumo entre padres e hijos, he encontrado el relato
Suerte, papá de Rosa Montero, publicado en la Revista de verano de El País
en 2006, en el que recuerda a su padre Pascual Montero, novillero y banderillero que
toreó en las cuadrillas de Mario Cabré, Carlos Arruza, Fermín Rivera, Luis
Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, de quien fue peón de confianza. Confiesa en una
entrevista Rosa que las primeras palabras que aprendió fueron “suerte, papá”; acudió “un
montón de veces” con sus padres a los toros, y fue aficionada hasta los 14
años. “Entonces, lo dejé”, afirma, “por ese sentimiento de rebeldía adolescente
de romper con las cosas de la familia”. Volvió a los veintitantos para
confirmar o no su rechazo “y, entonces, decidí no volver con conocimiento de
causa”. Antitaurina y animalista, recuerda que su padre le enseñó a amar a los animales. Los seres humanos somos así de contradictorios.
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