Recreación de un explicador |
“Callaron todos, tirios y troyanos, quiero decir, pendientes estaban todos los que el retablo miraban de la boca del declarador de sus maravillas…”.
El cinematógrafo no tenía capacidad de grabar imágen y sonido al mismo tiempo. Pero el cine silente no era tan mudo, las imágenes hablaban por sí solas y el sonido de las películas se hacía en directo con música que tocaba un pianista y con un explicador que iba contando a la gente lo que pasaba en la película, ya que entre el público se encontraban con frecuencia analfabetos que no sabían leer los carteles que se intercalaban. Además, en la sala de proyección, la falta de sonido de la película se suplía con la algarabía de un público animoso, donde se comentaba, se reía sin discreción y se abucheaba. Algo que cambió radicalmente cuando llegó el cine sonoro, que, paradojas de la vida, provocó que el público quedara mudo.
Con la sustitución del cine mudo por el cine sonoro se perdieron una serie de oficios que fueron muy interesantes en su época. Vamos a recordarlos.
El escritor de títulos, el epigrafista
Dado que el cine mudo no podía servirse de audio sincronizado con la imagen para presentar los diálogos, se añadían cuadros de texto para aclarar la situación a la audiencia o para mostrar conversaciones importantes. Los intertítulos (o títulos, como se los llamaba en esa época) se convirtieron en elementos gráficos en sí mismos que ofrecían ilustraciones y decoraciones abstractas con comentarios sobre la acción. El escritor de títulos era un profesional del cine mudo que a menudo era mencionado en los créditos al igual que el guionista.
Los explicadores, voceadores, comentaristas o charlatanes
Los explicadores, situados a un lado de la pantalla o detrás de ella, comentaban las escenas y el argumento de forma muy exagerada y dramática, hacían chistes e, incluso, hablaban con el público y respondían a sus comentarios. Esta figura podía actuar también como charlatán o aclamador que anunciaba el contenido del espectáculo, voceando en la puerta del local con la finalidad de atraer al público. Eran el equivalente a los comentaristas deportivos de la radio y la televisión cuando narran un partido de fútbol o una corrida de toros. Como dice Daniel Sánchez Salas venían a ser “un médium entre el público y la película”. Su misión era conseguir que los espectadores disfrutaran de la película para hacerles sentir las emociones y estados de ánimo que se contaban en la pantalla: risa, dolor, miedo, intriga… También utilizaban un puntero para señalar en la pantalla y todo tipo de cachivaches para hacer efectos de sonido; por ejemplo, cáscaras de coco para imitar los cascos de los caballos o bocinas para hacer los ladridos de los perros como se hacía en la radio. Llegaron a convertirse en personajes muy famosos y populares. Se hacían concursos para elegir a los mejores y, muchas veces, la gente iba a ver las películas por el explicador. Sus nombres se ponían, junto al de los actores, en los carteles de las películas. Las explicaciones de este personaje eran necesarias por la ausencia de rótulos en la mayor parte de la producción, por la duración cada vez mayor del metraje de la película, y por la truculencia de los enrevesados argumentos.
Se distinguen hasta 6 clases de comentaristas: el propietario del local, que pretendía brindar una experiencia cinematográfica más entendedora y, de este modo, promocionar su cine; los actores amateurs que intentaban doblar los actores con la ayuda de un director que hacía las acotaciones para que entraran cuando era necesario; los actores profesionales que, doblándose a ellos mismos o a los actores de las cintas; los pianistas o músicos que, a pesar de que no era tan común, explicaban algún detalle sobre la película acompañándolo con música disminuyendo o intensificando la melodía según convenía; los explicadores no profesionales, que acostumbraban a traducir los letreros o leerlos literalmente para que el público analfabeto estuviera al caso de las frases escritas; y, finalmente, los explicadores profesionales, que eran expresamente enviados por las distribuidoras coincidiendo con los estrenos, comentaban el film a partir de un guion muy elaborado, hablaban de cara al público y estaban de pie junto a la pantalla, a veces apaciguando el alboroto del público.
En Madrid destacaron dos comentaristas profesionales: el escritor y periodista Tomás Borràs*, que trabajó en el cine de sus padres en el parque del Retiro alrededor de 1910, y Federico Mediante Noceda, un escritor pionero de la novela policíaca en España que ejerció este oficio. La época de esplendor de los comentaristas fue entre 1904 y 1910, empiezan a desaparecer a medida que los intertítulos tienen más presencia en el cine mudo.
Lástima que apenas queden rastros de este arte oral y efímero. A modo de ejemplo, el director de cine Eduardo García Maroto, reproduce al comienzo de sus memorias el discurso de un explicador al que asegura haber oído en su infancia, comentando una película dramática:
“El violador, espantado por su deleznable delito y repugnante acción huye cobardemente; pero el padre de la inocente víctima sale en su persecución dispuesto a cargárselo. El violador tuerce por la calle 23; el padre le sigue raudo por la calle 22, en una carrera ‘macanuda’. Ahora entra en la plaza de la Libertad y, ya a tiro, el padre saca una Colt y dispara. El violador cae muerto; la víctima ha sido vengada. ¡Qué el Altísimo perdone al criminal!”
(13-12-1.928) Federico Mediante Noceda |
Daniel Sánchez Salas, La figura del explicador en los inicios del cine mudo
https://criticalia.com/articulo/el-explicador-del-cine-mudo-personaje-en-el-sonoro
Eduardo Pérez, "el explica" (1931) |
Música en vivo y sonido: el pianista
La música servía para romper el hielo y para dar vida a las imágenes. Sin embargo, estas músicas no se ponían en principio para acompañar a la acción, sino para disminuir el ruido que producían las bobinas de las cintas que todavía no estaban separadas del público. Poco después es cuando se plantea el elegir los temas musicales en función de lo que se está viendo en la pantalla. El cine silente se valió de música instrumental propia del romanticismo para procurar que este nuevo arte fuera desde sus comienzos bien aceptado por las clases altas y aristocráticas que escuchaban aquella música. Se utilizaban piezas del repertorio clásico que representaban determinados clichés y que aún se utilizan en los dibujos animados: la nana de Brahms para el sueño, la Obertura de Guillermo Tell de Rossini para una persecución, la marcha fúnebre de Chopin para la muerte, los arpegios para el agua… Después de 1910 se alternaban la música clásica y la ligera.
En sus comienzos, la música del cine mudo consistía en improvisaciones en directointerpretadas por un pianista u organista. Normalmente los pueblos pequeños contaban con un piano para acompañar las proyecciones, pero las grandes ciudades tenían su propio órgano o incluso una orquesta capaz de producir efectos sonoros. La música trataba de representar los sucesos que ocurrían en pantalla de una manera exagerada y poco sutil. Quien decidía donde aparecían estas sutilezas era el pianista o el director y, en el mejor de los casos, el pianista podía visionar la película para tener una mejor idea de dónde y cómo realizarlas. Se solían utilizar ritmos rápidos para persecuciones, sonidos graves en momentos misteriosos y melodías románticas para escenas de amor.
Photoplay, partitura |
El pianista ha inspirado a algunos escritores, Ángel Rodríguez Cabezas escribió un relato breves con el título El pianista del cine mudo, que nos muestra la evolución del cine mudo al sonoro. El libro del mismo título recoge otros relatos de diferente temática.
Por último, incluyo un vídeo sobre el ambiente que había en la sala de proyección en esos años, el inicio de la película Vida en sombras, dirigida por Lorenzo Llobet Gracia en 1948 e interpretada por Fernando Fernán Gómez y María Dolores Pradera. Vida en Sombras tiene como protagonista a Carlos, un hombre cuya vida ha estado siempre vinculada al mundo del cine: nació prematuramente en una barraca de feria donde sus padres asistían a una proyección de cortos de los Lumière. En la película aparecen numerosos planos de salas de cine o de proyecciones de todo tipo: las barracas de feria del principio en que se exhiben filmes cortos como curiosidad con un explicador narrando las historias, las caóticas salas de la era muda y finalmente los grandes cines con sus cómodos palcos. Incluso en cierto momento la cámara de Llobet-Gràcia se eleva hasta la cabina de proyección y se queda unos segundos contemplándola, como extasiado ante el milagro de la proyección cinematográfica.
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