Recomiendo viajar en el mes de febrero, fuera de temporada y
a unos precios más bajos. Los cinco días pasados en Tánger, nublados, perfectos,
intensos, sin aglomeraciones y sin calor, me han distraído de mi rutina y me han hecho
recordar los beneficios que la amistad ejerce sobre el sentido del humor.
También han servido para darme cuenta de que mi francés es pésimo y de que debo
mover más mi cuerpo porque desde el primer día, de tanto trotar por la medina,
los zocos y la casba, me dolían hasta las pestañas. |
Teatro Cervantes |
Viajar en Ryanair tiene sus inconvenientes, en este caso para mi tenía una ventaja: como solo puedes
llevar una maleta, eliminas todo lo superfluo y te evitas comprar recuerdos que
pueden ser triturados en la infernal máquina de comprimir maletas-sapo para que quepan en el avión. De esta manera terminas con el regateo, tarea
desigual y fatigosa, porque no hay nada que valga semejante pérdida de tiempo,
sobre todo, cuando tú eres el único que no sabe lo que cuesta el producto.
Hacía más de treinta años que había realizado un viaje
organizado por Marruecos y no recordaba nada de la ciudad. Tal vez porque es la
más andaluza de todas y muchos rincones me recuerdan a Alicante. El puerto
estaba en obras y la mayoría del casco viejo en remodelación o en ruinas como
se puede observar en la foto del teatro Cervantes. Parece que mucho dinero del
ladrillo de España ha ido a invertir allí.
Frente al desarrollo industrial, he notado un retroceso en
las costumbres. Apenas hay mujeres en los cafés y en las tiendas, y la mayoría
de las que pasean por la ciudad llevan velo. El deporte nacional de los varones
es contemplar en los cafés los partidos de la liga española. Hablando con un
taxista, que ha aprendido español gracias a Antena3, nos explicó que la presencia del velo era porque es invierno y
después nos aleccionó con que la civilización europea se lo debe todo al Islam
que es la única religión verdadera. La foto del museo de la Kasbah nos muestran
este extraño mapa invertido donde el norte de África está al boca abajo y Europa al sur.
Todas las guías te aseguraban que no hay robos, que hay
mucha policía que vigila y los castigos
son desmesurados, pero tuvimos una refriega con un adolescente que intentó
robar una cartera y que se saldó con heridas sangrantes en las manos del único
músico del grupo. Los policías, que patrullaban por la ciudad con
metralletas al hombro, parecían Hernández y Fernández, recién sacados de las
" Aventuras de Tintín" de Hergé, con sus bigotitos turcos. Los trámites
a la entrada y a la salida de la aduana son impepinables, los taxistas tienen
la obligación de entregar los papeles que marcan su ruta cada 50 kilómetros. Nos alojamos en el hotel Rembrandt (reservando
las habitaciones por internet es más barato) que recomiendo por su aire
decadente y amplitud y, para beber alcohol, terminamos algunas noches "El corazón
de Tánger", situado en la plaza de los perezosos, cerca del café Paris,
custodiado por dos guardias jurado y con una clientela que recuerda a los
cabarets americanos en plena ley seca.
La vida del turista es barata, pero tiene sus
contrapartidas, como pagar un impuesto revolucionario. Continuamente tienes que
ir esquivando guías-moscones de todas las edades que te envuelven con su tela
de araña. No hay manera de quitárselos de encima, entran de maneras muy
diversas; unas veces, apelando a la antigua amistad entre el pueblo marroquí y
español; otras pegándose porque quieren perfeccionar el español y ayudándote a
desenvolverte por la medina porque les gusta. Al final, enfadados, te amenazan
con un "te perderás" y acaban pidiéndote dinero. Vaya que si nos
perdimos por no hacerles caso, por esquivarlos, por ir en libertad a nuestro
aire. Lo mejor es ocultar el mapa y seguir tu intuición. Relajarte viendo pasar
la vida como hicieron los escritores que habitaron y dieron fama de cosmopolita
a la ciudad a mediados del siglo pasado, desde la posición privilegiada de la primera
fila de un café, bebiendo un té moruno con poco azúcar.
Sorprende la cantidad de gatos bien nutridos, alimentados cuidadosamente
por sus habitantes. En cambio, no se ve ni un solo perro, porque Mahoma los prohibió, y los dejo
relegados solo para el pastoreo y el cuidado de las casas rurales. Se entiende
mejor cómo podía ser de perra la vida allí de Juanita Narboni, novela de Ángel Vázquez
Molina (1976). La comida deliciosa, el pescado achicharrado (hay que advertir
que no le echen matojos de hierbas y que lo dejen medio crudo). El té y los
pasteles tan empalagosos como los habitantes.