domingo, 9 de junio de 2013

Una mujer de bandera


Parecía una estrella de Hollywood: melena negra y rizada, ojos soñadores, tez blanca, cuerpo delgado y cinturita de avispa. Una luz en el panorama gris de la posguerra, un plato de miel rodeado de abejas, una luciérnaga en la noche oscura. Era oficialmente la guapa del pueblo, la insignia, el estandarte junto con el castillo y la iglesia arciprestal. A su paso se abrían las persianas envidiosas de las mujeres y se levantaban las pasiones de los hombres que, firmes y hechizados, la reverenciaban. Ella lo sabía, aunque su familia puritana la llevaba a raya. “Eres guapa entre las feas, pero fea entre las guapas”, le repetían continuamente. Se fue a estudiar a la capital,  lejos del fichaje familiar. “Para qué querrá estudiar con lo guapa que es”.  Allí le llovían pretendientes de todas las edades y condiciones. En el escaparate de una joyería, un estraperlista con sombrero y anillo de diamantes, se le acercó: "Lo que le guste es para usted". Halagada,  se escapó sonriendo.
Los días de arroz y tartana pasaron pronto, su padre murió, apenas quedaba dinero en casa, era hora de casarse y de sentar la cabeza. Se decantó por un vecino. Fue una sabia decisión, su marido, conocedor de que en la educación cristiana no cabe la infidelidad, estuvo enamorado hasta el último día. Y  ella siguió levantando pasiones hasta que el otoño de la edad media apareció y su estrella se eclipsó: “Con lo guapa que era".  Entonces, con su bandera a media asta,  dejó de ser un blasón para la hombría de los varones y nunca comprendió el dicho popular de que la suerte de la fea, la guapa la desea.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Plas,plas,plas ... bravo !!!

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