miércoles, 21 de julio de 2010
Ángel Gabilondo: frases sobre educación
El ministro Ángel Gabilondo enunció hace meses en cuarenta frases y cuatro “ejemplos de moralejas” su forma de concebir la educación. Lástima que la política de educación que se está realizando no responda a estos principios.
uestra familia le está agradecida porque, a pesar de sus muchas obligaciones como rector de la Autónoma, tuvo tiempo para venir al Tanatorio a consolarnos de la muerte con apenas unos meses de diferencia de Roberto y Emilio José Marco Cuéllar, profesores de la UAM.
El jefe español: lo que se debe decir, se puede decir
Larra decía en un artículo contra la autoridad, burlando la censura, que «Lo que no se puede decir, no se debe decir”. Afortunadamente ahora hay libertad de expresión (este blog es un ejemplo de ello) y por eso mi entrada se llama "lo que se debe decir, se puede decir".
Cuando trabajé en plena transición en el Ministerio de Defensa, en la Dirección General de Pagos como “tocateclas”, tuve como jefe al Teniente Coronel Ángel Soto Jiménez, que nos trataba a todas las secretarias con cariño y respeto. Tengo el recuerdo imborrable del general Gutiérrez Mellado dándonos la mano al personal civil el día que se incorporó a su puesto de Ministro de Defensa. ¡Para que luego digan de los militares!
En el mundo de la enseñanza, tanto en la privada como en la pública, he conocido a muchos directores, a ninguna directora por ahora, y mi experiencia no ha sido buena. He cambiado mucho de destino para evitar el adocenamiento, además desde mi primer destino en Fuenlabrada, en cuanto he podido, he intentado acercarme a mi barrio, a pesar de saber que en todas partes cuecen habas. Aunque el último instituto fue una equivocación garrafal de la que me enteré el día que aparecieron las listas definitivas: confundí el código de la zona con el de otro centro.
La mayoría de los jefes que he tenido han sido correctos y desempeñaban bien su trabajo, lo que no es fácil. A uno de ellos le perdían las faldas de las profesoras jovencitas recién llegadas; dos han sido excelentes y dos, nefastos. Sobre todo, uno que, sin ninguna habilidad social, gobernaba su reino de taifas haciéndole la vida imposible a los que estaban a sus órdenes con continuas amenazas de pérdida de haberes. Para empezar, el primer día que te presentabas, sentado detrás de una mesa, te pedía una foto sin mirarte a los ojos para pasar a llamarte por el apellido. Después practicaba la política de "o estás conmigo o contra mí". Si tenías destino definitivo, eras licenciada con criterio propio, con más de 45 años y de una asignatura de letras, ya te habías convertido en su enemiga. Todo un ejemplo de síndrome de Procusto.
El jefe español –incluidos subjefes o jefes intermedios– se levanta todas las mañanas no pensando en cómo hacer bien su tarea o sacar mejor rendimiento a quienes tiene a sus órdenes (sin explotarlos), sino diciéndose: “Soy jefe, a ver cómo lo hago hoy notar”.
Esta patología se llama "trastorno paranoico de la personalidad"; para el que la padece, lo importante no es que las cosas funcionen bien gracias a su trabajo, sino saberse por encima de otros y que dependan de sus decisiones. Ve conspiraciones en todas partes.
Un día perfecto, Melania G. Gamuzzo
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I.E.S. Vista Alegre
Juan Eslava Galán: El Madrid de Alatriste
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Una es escritora, la otra no
Tienen la misma edad. Estuvieron muy unidas. Vivían en el mismo barrio. Sacaban más o menos las mismas notas. Se conocieron en primer curso de comunes, estudiaron la misma especialidad (Filología Románica). En tercer curso comenzaron la carrera de Periodismo. Conocieron a los mismos profesores, compartieron confidencias, lecturas y amigos, realizaron la tesina en el Instituto Arias Montano. Se separaron poco después sin enfadarse, en silencio. Tiempo después, se encontraron por casualidad en La Feria del Libro, donde Paloma, a los diecinueve años, publicó por primera vez un libro, ”Biografía de genios, sabios, traidores y suicidas, según antiguos documentos”, pero la otra desvió la mirada. Tampoco la saludó, hace un par de años, en una conferencia multitudinaria en la Fundación Juan March.
Una fue profesora de Universidad y ahora investigadora del CSIC, la otra profesora en un centro de secundaria. Una es especialista en literatura medieval, la otra aprendiz de todo. Una ha publicado muchos libros, la otra escribe en un blog. Una ha recibido numerosos premios, la otra sólo uno. Una es muy fuerte y segura, sabía lo que quería desde el principio; la otra muy frágil, todavía no sabe lo que quiere. Una ha triunfado: es una de las mejores escritoras que hay en estos momentos, escribe como los ángeles; la otra no.
He leído la mayoría de los libros de Paloma Díaz Mas (“El sueño de Venecia” es el que más me gusta) y me siento muy orgullosa de sus éxitos. En el libro autobiográfico “Como un libro cerrado” me cita fugazmente como una compañera que la acompañó a casa de un profesor. ¿Qué pasó para que nos distanciáramos? Ahora lo tengo claro: dejamos de caminar al mismo paso. Me hice más amiga de una amiga suya y cuando elaborábamos la tesina se pusieron en evidencia aún más nuestras diferencias de carácter. Paloma tenía despacho, beca y congeniaba con Jacob Hassan; yo no encontraba mi sitio y no tenía ninguna empatía con Hassan. Paradójicamente, a ella se le abrieron las puertas de la investigación con los cantos de muerte sefardíes y a mí se me cerraron con los cantos de nacimiento.
Todo esto viene a cuento porque he visto en una conferencia suya una referencia positiva a mi trabajo de aquellos tiempos (“cantos de parida, clasificados y estudiados por Mª Ángeles Cuéllar en un trabajo por desgracia inédito” pág. 198) y esta casualidad ha hecho que me anime a decirte que recuerdo con mucho cariño el tiempo que compartimos juntas. Suscribo todo lo que escribes sobre Jacob: a mí también me enseñó a trabajar con ideas claras y esquemas precisos.
domingo, 18 de julio de 2010
"Una mesa es una mesa" de Peter Bichsel: para estudiar el signo lingüístico
Nota sobre el documento: debo advertir que el documento lo copié directamente de un blog y al leerlo en clase me di cuenta de que está lleno de errores y erratas, de las que no me queda otro remedio que hacerme responsable.
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