lunes, 21 de diciembre de 2015

La agresividad del vendedor de enciclopedias Planeta


En la era internet vender enciclopedias debe ser un trabajo muy duro y mal pagado, pero lo que no tiene justificación es que invadan tu casa con excusas inaceptables. Hace años compré el Larousse cuando aprobé las oposiciones porque tenía dinero y lo había echado mucho de menos en mi vida estudiantil.  Ni que decir tiene que no lo he utilizado ni una sola vez y ahí está criando polvo en mi estantería. A los vendedores insistentes, que, aprovechando ese error juvenil, siempre llaman más de dos veces,  les he dicho hasta la saciedad que no quiero asistir a promociones, ni que venga ningún comercial a casa; primero, de buenas maneras y al final chillando, dada su insistencia. Lo de ayer me pilló desprevenida. Me llamaron de Mediaset diciendo que me iban a dar un regalo en un día tonto cercano a las navidades. Al segundo llamaron  a la puerta, abrí sorprendida y confiada, al otro lado apareció el típico vendedor, joven, trajeado y chulo. Se cercioró de que mis datos personales eran los adecuados e insistió en regalarme contra mi voluntad descuentos en circuitos termales y viajes, y que necesitaba apoyarse en una mesa para escribir la clave. Como lo que quería era sentarse en mi salón, le metí en la cocina para demostrarle que estaba ocupada cocinando y me molestaba. Le dio lo mismo, se empeñó en hacerme una encuesta absurda donde confundía Mediaset con Atresmedia (todo esto es nuestro, me decía). A sus preguntas absurdas e insistentes, le contestaba malhumorada que no, que no me interesaba, que dejase la respuesta en blanco, que no quería un robot de cocina, que no tenía dinero, que no iba a comprar nada. Empezó a sudar y a acercarse todavía más, utilizó el yo también soy de la Comunidad Valenciana para congraciarse conmigo. El colmo fue preguntarme si me gustaba más Van Gogh o Michelangelo (sic), mientras desplegaba un folleto, que se le ensució de grasa al apoyarse en la encimera, en un vano intento de venderme una escultura. En ese instante me miró iracundo y se dirigió a la puerta. Ya no había más tela que cortar. Total, un rato desagradable y una situación surrealista que nos deberíamos haber ahorrado los dos.

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