sábado, 12 de abril de 2014

Crónica de una muerte anunciada: el IES Luis Buñuel de Alcorcón

Me he quedado de piedra al leer la noticia, aunque se veía venir gracias a la desacertada política de educación de la Comunidad de Madrid, que ha estado convirtiendo algunos institutos en centros de especial dificultad con gran número de inmigrantes. Al bajar la demanda de estos, el centro sobra. Es una mala noticia para todos. El Buñuel cuenta con unas instalaciones excelentes, campos de deporte, biblioteca informatizada, departamentos bien equipados. Acababa de cumplir 25 años.¡Qué desperdicio!
He recordado los cinco años que pasé en sus aulas y a las excelentes personas que conocí, que incluyen a toda la comunidad escolar: equipo directivo, profesores, alumnos, padres, conserjes y señoras de la limpieza. ¿Qué será de ellos? Los profesores mal que bien encontrarán su acomodo, pero los alumnos serán los grandes perdedores. Esta carta, escrita por el padre de un alumno,  apareció en el periódico 20Minutos y refleja cómo se ha trabajado allí:
J. T. F.. 26.06.2006
Los niños, los enfermos, los ancianos y hasta las plantas mejoran su rendimiento al hablarles con cariño. A esa profesora del IES Luis Buñuel de Alcorcón que con sus cartas de ánimo (que a los padres nos emocionan y a él le hacen llorar desconsoladamente) lo ayuda a salir del desánimo.  A esos profesores que ponen a su trabajo algo más de lo que están obligados. Nuestro más sincero agradecimiento. Ojalá cuando vosotros lo necesitéis tengáis a vuestro lado a personas con vuestros mismos sentimientos.

martes, 18 de marzo de 2014

Un coro de ángeles en el funeral

 No me gustan los funerales. Siempre me he escaqueado de todos los que me han tocado, pero no podía faltar al de mi madre como no podré perderme el mío. Sentada en la primera fila, no tenía referentes para saber cuándo me tenía que sentar o levantar. Acabé con dolor de cuello de tanto mirar de reojo a los feligreses.  Encima, el texto de la representación litúrgica lo han cambiado con pequeñas variantes que me impedían seguir el hilo. Seguí oyendo, como cuando era pequeña: ni paz os dejo, ni paz os doy; y me alegré una vez más cuando nos dijeron: podéis ir en paz. Luché todo el rato con las ganas de llorar a raudales porque llevo muchos días reprimiéndolas. A nuestro lado estaba con 90 años Ángel Arana, amigo y compañero de mi padre de la Marañosa, el único que queda vivo. 
A la salida se produjo un momento mágico, que mi madre seguro que habrá visto desde algún lugar. Gracias al blog, en la iglesia de Las Maravillas, sin avisar, apareció un coro de ángeles inesperados: los hijos de Carmen y su marido, Ángel, que vinieron desde San Martín de la Vega. Carmen entró a trabajar en mi casa de La Marañosa cuando apenas era una chiquilla para cuidar de mi hermana y de mí. Mi madre le enseñó a coser, a escribir, a cocinar. Se casó pronto con un obrero de la fábrica, tuvo cuatro hijos, pero nunca nos dejó del todo. Hemos seguido teniendo noticias de ellos y manteniendo el cariño y la amistad. Nos han ayudado mucho porque sus hijas trabajan en el hospital Gómez Ulla.
Carmen, mujer lista y madre coraje, está malita y no pudo venir, Su hija Pilar me leyó el emotivo texto que ha escrito su hermano Ángel para darle las gracias porque le hizo fuerte para poder afrontar su enfermedad considerada como rara. En ese momento se me cayeron las lágrimas reprimidas. Ángel ha conseguido que una empresa ayude a los niños con sus mismos problemas para que no pasen la infancia tan dura como la que pasó él. 

lunes, 17 de marzo de 2014

El juerguímetro


La invención del juerguímetro se debe a dos grandes villenenses y cuñados entre sí:  Ernesto Rodes Martí y Trinidad Cuéllar Caturla. Ambos compartieron amistad y numerosos viajes en verano en bicicleta a la finca de Los Menores para visitar a sus entonces novias. Una vez casados, descubrieron que sus mujeres presentaban altibajos exasperantes en su estado de ánimo, a veces difíciles de detectar. La única manera de luchar contra ellos era el sentido del humor, que los cuñados poseían a raudales. Así que cuando había que hacer planes, siempre se hacia la misma pregunta: ¿Cómo va el juerguímetro? Cuando les respondían "a cero", ya sabían que ese día no era el propicio.
El juerguímetro es un dispositivo invisible capaz de detectar el estado de ánimo de una persona, solo con observar su semblante, se basa en las palabras, como un libro. No pesa, no hay que encenderlo o apagarlo, no tiene botón, no cuesta dinero y jamás registra erróneamente un sentimiento.
En cierta manera se puede decir que el invento les unió. Las dos familias permanecieron siempre juntas.

En la imagen, a la izquierda, Trinidad y a la derecha, Ernesto

domingo, 16 de marzo de 2014

El pedómetro, invento de la Generación del 27

Los jóvenes de la Residencia de Estudiantes eran, como los de ahora, unos gamberros que en vez de estudiar dedicaban su tiempo a divertirse. En una de estas juergas líricas, surgió un invento que mantenían en secreto y que lo llamaron el “pedómetro”, que era una caja cuadrada de madera con un agujero dentro de ella, donde se alzaba una vela con un cordoncillo de hilo detrás de la llama. Se trataba que los participantes “expelieran” por el orificio pedos que consiguieran doblar la llama y hacer arder el hilo. Rafael Alberti lo recuerda en sus memorias (La arboleda perdida) que se necesitaba “un pedo de gran fuerza para lograr que la llama se doblase y llegara a prender el hilo” y sospechaba si alguno de los serios profesores de la residencia tuvo “el humor de practicarlo”.
En la página 15 encontraréis una reconstrucción del invento:
Ahora atrévete a crear, como ellos, un artilugio original e innecesario. 

domingo, 9 de marzo de 2014

Ayer murió mamá

Ayer murió mamá. Hoy la velaremos en el tanatorio. Justo veinte años después de la muerte de mi padre. Cerca de la primavera languidecen algunas vidas. Ya no queda nadie de esa generación en la familia. Ahora estamos todos en primera línea. 

Casualmente he encontrado esta divertida foto que se hicieron en Granada durante su viaje de novios (Agosto, 1947),  en el estudio de Emilio Ruiz. A Granada volverían después, en los años 70, allí pasaron los mejores años de su vida (y también el peor). Me gusta recordarlos así, jóvenes, guapos y felices, aunque el decorado, una mezcla de las carrozas del bando moro de Villena y de una película de CIFESA, sea de cartón piedra.



La segunda foto es del panteón de los Caturla en Villena, donde ahora yacen juntos (26/12/14), curiosamente sigue teniendo ese aire morisco de la foto anterior.  En una caja de la casa aparecieron las tiernas y apasionadas cartas de amor que mi padre le enviaba a mi madre cuando estaban recién casados y él se ausentaba por motivos laborales. 



viernes, 28 de febrero de 2014

La crioterapia: hielo abrasador y fuego helado

La crioterapia utiliza el frío extremo (nitrógeno líquido: -196ºC) para el tratamiento de lesiones cutáneas superficiales (queratosis actínicas, léntigos actínicos, verrugas, etc.). Quien lo probó en su piel, sabe perfectamente que Quevedo no se refería al amor en estos famosos versos, sino a esta técnica:

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente.

Como se puede observar en esta imagen, el aerosol con el que se aplica es una moderna reinvención del arco de Cupido.

miércoles, 26 de febrero de 2014

El francotirador paciente, Arturo Pérez Reverte

El francotirador paciente es más que un buen título, es buena literatura a ratos con un ritmo vertiginoso y apuntes de novela negra que seducen al lector, y supongo que, sobre todo, lo hará al adolescente. Para Reverte los grafiteros son los últimos héroes sometidos a estrictos códigos, escritores de la rapidez (“pinto, luego existo”). Sus peleas callejeras con la policía tienen un tono épico. No se dejan seducir por el mundo del arte, prefieren la marginalidad. A pesar de sus aciertos, a mí no me ha gustado el mundo que retrata el autor ni tampoco su personaje principal, una mujer con sensibilidad de pija y modales de camionero.
Me ha hecho recordar un estupendo relato de Cortázar, una historia de amor que transcurre en la dictadura argentina:  Graffiti

Los polvorones de Marco Soriano

 Qué hambre pasaban esos dos estudiantes que compartían habitación en la pensión de Madrid, donde estudiaban primer curso de Peritaje Mercantil. Todo era muy caro y el dinero que les mandaban del pueblo no les llegaba para casi nada. En septiembre, la madre de uno de ellos le llevó una caja de polvorones para que no echara de menos las fiestas de moros y cristianos. La compartió inmediatamente con su amigo. Desenvolvieron la golosina como si se tratase de la joya más preciada, evitando que se rompiera, apoyándola en el papel de celofán, y se la comieron poco a poco. La boca se les llenó de una explosión deliciosa de azúcar,  almendras y canela, y les recordó el olor del horno donde los hacían y el tufo a pólvora de los arcabuces. Casi se les caen las lágrimas de satisfacción.  Antonio vio como su amigo guardaba la caja en su armario y se olvidó del asunto, hasta que al día siguiente volvió a sentir la llamada del hambre y pensó que como había muchos, su amigo no se daría cuenta. Así estuvo quince días disfrutando en solitario de ese placer redondo.  Cuando su paisano se acordó de los polvorones, solo quedaba uno, el de la vergüenza, junto al cromo de una figura del toreo. Antonio se los había comido todos, pensaba que su amigo seguía su mismo ritmo diario.







Maltratada por el dentista

Oír la palabra dentista y ponerme en tensión es instantáneo. Yo no le tengo miedo, sino pánico. El miedo imaginario se mezcla con el real. Tengo odontofobia. Malas experiencias de la infancia, dos muelas de leche que me provocaron una hemorragia exagerada y la colocación al tresbolillo de mi dentadura definitiva en una mandíbula muy pequeña han hecho que acumule bastantes experiencias negativas que no tengo ganas de recordar. Me hice de una mutua de funcionarios para obligarme a ir por lo menos una vez al año y no lo he conseguido nunca, lo voy aplazando hasta que se produce el desastre que acarrea más dolor. Cuando pienso en el dentista, me acuerdo de la película Marathon man donde Laurence Olivier torturaba a un indefenso Dustin Hoffman tocándole el nervio dental. Cuando voy, cierro los ojos para no ver los artilugios dignos de la Inquisición y me clavo las uñas en las palmas de las manos, deseando con toda mi alma que el aparato succionador me absorba también a mí. He llegado a agarrarle el brazo y a morderle en alguna ocasión.
Como estaba mejor de mi esguince y se me había caído un puente (cuando cumples años todo se cae) que arrastró a la muela que hacía
de pilar, aproveché la baja para que me pusiera dos implantes molares. Pero no había hueso suficiente y procedió a elevarme “el seno maxilar con un injerto subantral” (en román paladino: dos incisiones cruentas en el hueso como las que hace una taladradora destrozando la acera). Él me dijo que la intervención sería como una pequeña bofetada, pero que me recuperaría enseguida. Mentiroso, ha sido una buena paliza, me ha dejado la cara hecha un Cristo, el ojo morado y casi cerrado, la mejilla aumentada dos veces de tamaño, la boca torcida y un dolor atroz  Estuve cuarenta y cinco minutos en un moderno potro que no tiene nada de anatómico en una posición imposible para mi cuerpo y mi boca. Para colmo me costó mil euros, justo lo que he cobrado este mes. El dinero no lo tengo en el banco, ahora está en mis dientes como si fuera una gitana rumana. He pagado para ser maltratada y he tenido que salir a la calle con gafas de sol y un pañuelo cubriéndome la mitad de la cara en un intento absurdo de pasar desapercibida. Por lo menos, al mismo tiempo y por el mismo precio, me podía haber hecho también la cirugía estética, el mal trago habría sido el mismo y el resultado mucho mejor, se lo hubiese agradecido. Lo peor que tengo que volver dentro de seis meses a hacerme los implantes y el resto de mi dentadura empieza también a fallar. Eso sí, no pienso poner la otra mejilla. 

domingo, 9 de febrero de 2014

¿Qué es lo que tiene el negro literario?

Los fantasmas existen, yo conozco uno que jamás verá su nombre en la solapa de un  libro y que solo se conformará con un agradecimiento en el prólogo. Este fantasma blanco trabaja de negro para un blanco con el alma muy negra que actúa como un negrero,  que le presiona para trabajar y no le paga ni un duro. Este negro de alma blanca traduce y arregla voluntariamente los textos de su amo, porque es generoso y sabio y huye de las glorias mundanas.  Es invisible y más libre, porque el negrero vive esclavo de su trabajo, acomplejado del buen hacer de su fantasma, al que tendrá que estarle eternamente agradecido con el miedo de que en cualquier momento le pueda atacar. 
La expresión negro literario es de origen francés, surgió cuando se pusieron de moda los folletines en el siglo XIX y hace referencia al que hace trabajos anónimamente en provecho de otro que es el que firma la obra. El mayor negrero fue Alejandro Dumas padre, que tuvo toda una factoría de escritores a su cargo, entre ellos, Gérard de Nerval. Algo debía de aportar Dumas, que intervenía dando ideas y retocando escenas, porque ninguno de sus negros tuvo tanto éxito bajo su nombre real como cuando trabajaba para él. Se dice que llegó a tener más de 76. Existen varias anécdotas al respecto. Se cuenta que en una ocasión le preguntó al hijo: «¿Has leído mi nueva novela?». A lo que el hijo contestó: «No, ¿y tú?»
¿Qué es lo que le lleva a un escritor a actuar de negro? La satisfacción de saber que alguien más ha leído su obra, la necesidad económica, devolver un favor, la timidez, el propio mercado editorial que admite que se vendan libros escritos por personas que no los firman como los de Belén Esteban, Naty Abascal, David Bisbal, Julián Muñoz, Carmen Bazán o El Cordobés. En Internet podemos encontrar innumerables empresas dedicadas a la escritura fantasma que ofrecen sus servicios por una módica cantidad. Un trabajo tan digno como otro y no muy sencillo. Su labor abarca todo tipo de textos: memorias, biografías, ensayos, monografías, guiones, tesis, materiales académicos de distintas disciplinas, textos empresariales o de organizaciones sociales, políticas, sindicales, discursos, etc. Se dan casos en que el fantasma necesita a su vez otro fantasma porque está saturado de trabajo.  Para algunos es una forma lícita de trabajar y para otros una estafa. Para los lectores no supone un engaño porque saben muy bien que no los han escrito ellos. Algunos escritores trabajaron de negro en sus comienzos como ha desvelado Vargas Llosa en el estreno de "Hathie y el hipopótamo" que trabajó para una adinerada que vivía en París y que tenía "ideas pero no palabras."
A veces los negros, mal pagados y estafados, recurren a una pequeña venganza, plagian otras obras para salir del atolladero. La negritud tal vez sea más encomiable que el plagio; pero, a veces, van de la misma mano. 


sábado, 8 de febrero de 2014

Esguince mental

Lo complicado que es el cuerpo humano, casi tanto como la mente. Basta con que alguno de sus tornillos o cuerdas vaya mal para que se resienta todo el engranaje. El esguince se complicó y trajo de la mano una tendinitis del tendón de Aquiles. Cuando ando, me duele también la rodilla y la cadera. No puedo bajar las escaleras y tengo instalado un dolor insistente en mis ternillas. Me tuvieron que hacer una resonancia magnética para ver el alcance de mi lesión un domingo por la tarde (ahora los centros privados se parecen  a un todo a cien de los chinos, abiertos todos los días del año). Cuando llegué, me quedé perpleja: había un pulmón de acero como los de mis pesadillas de la infancia, después de haber visto una película donde la protagonista se contagiaba de esa temible enfermedad llamada poliomielitis. Menos mal que mi esguince era de tobillo y el aparato se detuvo a la altura de mi cintura, dejándome respirar al ritmo de mi corazón palpitante. El auxiliar, muy amable, me dio unos auriculares para mis oídos, pero cuando me los puse no funcionaban.
-Por favor, los auriculares no van, no se oye música.
-Señora, es que solo sirven para tapar los oídos.
Ya estaba la Maritú metepatas, la que lucha continuamente entre la realidad y el deseo, atrapada entre unos auriculares que no servían para oír música, sino para amortiguar los sonidos espeluznantes de la máquina infernal. El auxiliar me pareció menos amable.
Ahora voy a rehabilitación: magnetoterapia y ultrasonidos en un self-service de la Gran Vía, donde yo misma me utilizo los aparatos, sin que a nadie le importe cómo va mi tobillo. A la vuelta estoy tan cansada como si hubiese corrido la maratón de Nueva York. Poco a poco voy notando pequeños avances, pero todavía hay movimientos que no puedo hacer y me ha quedado un miedo atroz a que se vuelva a repetir. Voy a paso de tortuga sorteando baldosas mal puestas, empedrados decimonónicos, bordillos exagerados, alcorques de árboles inexistentes y otras trampas del castigado asfalto de Madrid, con miedo de convertirme en uno de los venerables ancianos que comparten  mis aparatos. Esta pasividad me tiene loca, si mi cuerpo está así, ¿cómo estará el disco duro de mi cerebro?.

Mi espíritu maternal

Soy madre sustituta de mis sobrinos segundos (hijos de una prima hermana, más hermana que prima) y abuela de unos nietos ajenos. Con todos ellos me unen lazos invisibles más estrechos que los de la sangre. Con los primeros convivo, a los segundos los sigo en la distancia. Un bebé de ocho meses, depositado en mis brazos en un día soleado del mes de marzo, me robó el corazón hace unos diez años. La pequeña, de tez amelocotonada, nariz diminuta y pelo pajizo, iba vestida de rojo y me miró con sus ojos achinados mientras esbozaba una sonrisa contagiosa. Desde entonces sigo todos sus pasos como una fan a su ídolo musical. Sus suspensos en matemáticas me duelen como si fueran míos y sus lecturas me alimentan como si las hubiese hecho yo. Poco tiempo después nació un niño, otro pequeño Dalai Lama, que ahora hace sus primeros pinitos musicales. Ver sus fotos me llena de ternura y colma mi poco espíritu maternal. Sólo disfruto de sus ventajas y no sufro ninguno de los inconvenientes.
Esa sensación la he tenido con muchos de mis alumnos, sobre todo con los que conocí de pequeños en 1º de la ESO, sinceros, amables, cariñosos, con ganas de aprender y que abandonaron el instituto seis años después hechos (con buenas notas y un buen bagaje cultural) y derechos (comprometidos y solidarios). A algunos no los volveré a ver, incluso he olvidado sus nombres y hasta sus caras, pero me han dado ánimos durante todos estos años y les estoy muy agradecida. Lo curioso es que a los bordes, macarras  y desastres, también los recuerdo con cariño.

jueves, 6 de febrero de 2014

Confieso que he plagiado

Vaya por delante mi admiración a todos los escritores que se enfrentan a una página en blanco a solas con su imaginación; pero el escritor es un impostor, cualquier escrito no es original, es un reflejo de sus referentes culturales, de sus lecturas, y se basa en nuevas formas de abordar contenidos ya conocidos.  Pío Baroja ya lo dijo: "Todo lo que no es autobiográfico, es plagio". Llamémosle retroalimentación, recreación, homenaje, remake, refrito, si somos benevolentes; o  robo, engaño, rapiña literaria, estafa, latrocinio, si somos más severos. Todos podemos plagiar, lo verdaderamente difícil es ser plagiado. Pero sorprende saber que grandes escritores a los que admiramos lo hayan hecho. Las nuevas tecnologías sirven para que muchos aprendices de genios se parezcan a las antiguas costureras que arreglaban trajes en épocas de crisis: se zurce, se teje, se corta, se añade. El que copia generalmente no ve el error, pero si él fuese el copiado montaría en cólera. El plagio es un acto entre la admiración y la codicia. 
Como en los pecados, hay plagios veniales y mortales, los veniales son leves y despiertan conmiseración, se dan en escritores faltos de imaginación que acuciados por la entrega inmediata de un ejemplar buscan en otros ideas. Los mortales se hacen por ausencia de talento o carencia de principios y condenan al escritor. Yo misma plagié en una revista de alumnos de la facultad un episodio de la novela de mi padre porque estaba vacía de ideas y quería sorprender al chico que me gustaba, total la novela no se publicó nunca y los plagios en familia, como los robos, no son delito. Me temo que mi blog es una muestra de pequeños pecados veniales, me apropio de ideas de otros escritores desconocidos que a saber de dónde las han sacado.  Mis alumnos están continuamente copiando los trabajos de internet sin citar las fuentes porque piensan que, como la profesora es muy despistada, no se va a enterar. Las nuevas tecnologías auxilian al ladrón, pero sirven también para delatarle. Creo que en este país somos muy indulgentes con los amigos de lo ajeno tanto en política como en literatura, recordemos que en Alemania ha dimitido algún ministro por copiar su tesis doctoral. 
Prácticamente hasta el s. XIX no se puede hablar de plagio, sino de tradición e innovación, los grandes escritores se formaban copiando y parafraseando a los clásicos o a la literatura popular. Los plagios más famosos de la literatura reciente tienen estos nombres: Alfredo Bryce Echenique, Camilo José Cela, Carlos Fuentes, José Saramago, Manuel Vázquez Montalbán, Ana Rosa Quintana, http://www.estandarte.com/noticias/varios/los-plagios-literarios-mas-famosos_1076.html

El plagio en el teatro clásico español: los memoriones
 Lope de Vega y Calderón de la Barca vivían de vender sus comedias a compañías teatrales que las adquirían en manuscrito: quien poseía el manuscrito era dueño de la obra. Pero el mundo del teatro era brutalmente competitivo. Las compañías rivales contrataban a ciertos personajes oscuros, portentosos, a quienes llamaban «memoriones», cuyo talento consistía en acudir a los corrales de comedias, ver una misma obra muchas veces, ir aprendiéndola de memoria, verter los fragmentos al papel, hasta que, juntando las fracciones, formaban un nuevo manuscrito. Con esa copia en mano, la nueva compañía se volvía dueña de facto de la obra y de inmediato la montaba en otra ciudad. El plagio no era tan simple como hacer clic en una cámara, encender un escáner o bajarse un MP3: la copia demandaba una laboriosidad casi tan barroca como la escritura original.


'El plagio como una de las bellas artes' (Ediciones B) 
En este ensayo, Manuel Francisco Reina repasa la historia de la literatura en busca de los casos más sonados de apropiación indebida de textos, delito del que ni siquiera se libran maestros de las letras como Dante, Cervantes, William Shakespeare, José Zorrilla o Federico García Lorca. El autor recurre también a casos actuales, como el de Ana Rosa Quintana o el de Lucía Etxebarria en un intento de, sin sangre, dilucidar qué es plagio y qué homenaje, qué es una referencia inconsciente y qué un una copia indefendible.

Roberto Bolaño, La pista de hielo


A través de tres narradores van trazándose los pormenores de un crimen en una casa abandonada de un pueblo de la Costa Brava (Blanes) donde se ha construido ilegalmente una pista de hielo para que una bella y caprichosa patinadora entrene. Con grandes dotes de observación y un humor certero, Bolaño nos atrapa con su lectura. Además hay una magnifica ficha de lectura sobre la novela para trabajarla con los alumnos:
https://docs.google.com/file/d/0ByfWgh9iW9TlZ1hfRC14eFdXRFk/edit

sábado, 1 de febrero de 2014

Una novela de la crisis: La habitación oscura de Isaac Rosa


En esta interesante y  bien escrita novela, un grupo de jóvenes que comparten un local se refugian en una habitación oscura para buscar sexo anónimo, silencioso y divertido. Quince años después, ese lugar se convertirá en un refugio donde curarse de las heridas del mundo exterior sumido en una terrible crisis.  El tema fundamental es una crítica de una generación que nació en plena transición y no ha sabido o no podido tomar las riendas de la sociedad actual.  Entre otras tramas secundarias aparecen reflexiones sobre la protesta ciudadana y sobre el control tecnológico en el ámbito laboral.



jueves, 9 de enero de 2014

El esguince


Gloria, que se acaba de jubilar, le comentaba a Ana  lo duro que había sido dar clase en un instituto de las afueras de Madrid. Una clase de refuerzo de matemáticas, a las dos y cuarto de la tarde, poblada de alumnos difíciles, le había provocado pesadillas durante todo el curso. La de veces que había deseado que pasase algo que le impidiese acudir al suplicio, que se le hacía eterno. A la salida del metro había pensado tropezar con una alcantarilla para que le diesen la baja, lo que supondría un alivio a sus desgracias. Ana se rió con la anécdota porque la comentaba con mucha gracia y se identificó con ella. El sábado 4 de enero, disfrutando de unas vacaciones merecidísimas, cuando soplaba un  viento huracanado en pleno centro de Madrid  y se sentía feliz recibiendo la bendición de la lluvia en su pelo aplastado, en la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, un secarral  de granito lleno de barreras arquitectónicas, ocurrió lo inesperado, tropezó con un bordillo aparentemente invisible, dio un traspiés y su tobillo izquierdo se dobló como si fuera elástico. Gritó y lloró. A duras penas llegó a casa. Ahora está de baja con un dolor sordo en el tobillo que está rígido como una bota multicolor.  Inesperado efecto mariposa que supondrá una merma en sus haberes a fin de mes y ningún descanso para su alma.

Las tres generaciones

Pocas veces había sentido la llamada de la sangre tan fuerte como aquella. Delante de él iban su hijo y su nieto, ambos, con una guitarra a la espalda, con la melena negra al viento y los mismos andares. Los tres se dirigían hacía el coche que les llevarían a la cena de nochebuena. Una estampa que hubiese querido plasmar con una foto,  pero que solo se quedó impresa en su retina. En ese instante la vida y sus contradicciones merecían la pena. Cuando ellos vieron los ojos vidriosos del abuelo, ajenos a la experiencia mágica, lo achacaron al frío reinante.  

martes, 7 de enero de 2014

El aburrío


La calle principal del pueblo estaba poblada por las buenas familias, respetables y acaudaladas que, como un escaparate,  abrían las puertas de su casa a los vecinos por inercia, porque era la costumbre inmemorable. En los años sesenta, por la tarde, sobre todo en las de verano, se recibía tanto a la familia como a los extraños. Por el portal, repleto de sillas y sillones, desfilaba interminablemente un ejército de personas que se acercaban por tedio, por amistad, por agradecimiento, por rutina o vaya usted a saber por qué. Las visitas deberían haber sido prohibidas por el código penal, porque eran el enemigo silencioso, seres fugitivos de su aburrimiento y ladrones de vidas ajenas, quintacolumnistas que poco a poco se iban apoderando del espacio de los dueños de la casa. Antes de tomarse un helado o darse un paseo aparecían sin avisar en una casa donde se estaba fresco, donde había una silla donde reponerse y unas palabras amables. Ese portal era uno de las favoritos, el trajín entre los que iban y venían era considerable, no tenía nada que envidiar al casino, que estaba justo al lado.  Sixto, con apenas seis años, permanecía sentado en una esquina, castigado por haber roto el tiesto de una aspidistra en el patio, precisamente el que más  le gustaba a la abuela. "Quédate ahí sin moverte hasta que vengan el papá y la mamá".  Ya no sabía el tiempo que había pasado desde que había oído esas palabras, ni la de besos que había recibido, ni la de veces que había escuchado: ¿Y tú de quién eres?, ¿cuántos años tienes?, ¡qué alto estás!, ¡tienes los mismos ojos que tu abuelo! Se puso a raspar la tapicería de la silla y dio una cabezada, luego otra. De repente, notó un penetrante olor a colonia y se cayó de la silla con gran estrépito. “¿Nene, qué te ha pasado?”,  le preguntaron. A lo que él respondió con su media lengua: “El aburrío que m´ha tirao”.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Hoy triunfo

Ante el espejo se atildó y se atusó el bigote a lo Carl Gable, después se dirigió a la cocina y cogió una viagra. “Esta noche triunfo”. Tenía 90 años y no lo aparentaba, o por lo menos así lo creía él y todas las que se arrimaban a su rolex de oro. De mediana estatura, con hechuras de galán antiguo y voz atiplada, saludaba militarmente y se deshacía en elogios cuando veía aparecer una hembra. La vocación de donjuán la tuvo siempre; pero los tiempos de la dictadura y un matrimonio aburrido con una mujer de escasa salud, que no le dio hijos, le ataron corto. En la transición, ya viudo, se hizo asiduo a ciertos bares y raro era el día que no pegaba la hebra con una sudamericana de buen ver, con necesidad de dinero y moral distraída. Hasta lo intentó con la mujer de su mejor amigo de la que estaba enamorado desde los treinta años cuando la vio amamantar a su hijo. A medida que fue cumpliendo años, junto a los piropos recurría a regalar joyas.
Vaya que si triunfó, dos días después se lo llevaron en olor de multitudes en una ambulancia. Dos dominicanas espectaculares se le habían acercado, él las invitó a unas copas y luego dejó de recordar. Un policía le comunicó que le habían dormido con Rohypnol, un anestésico quirúrgico de actividad hipnótica y sedante. En un cajero le sacaron todo el dinero que pudieron y luego fueron a su casa donde tropezó con la alfombra y cayó desmayado mientras le desvalijaban. Su sobrino, alarmado por su ausencia,  lo encontró y avisó a urgencias. Maltrecho y dolorido se dijo en el hospital: “Esta es la última vez”. Un  mes después volvió a las andadas. Sangre y figura hasta la sepultura. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Maritú

La mujer delgada, vestida de negro y peinada con un moño, se acercó sigilosamente a la cama donde había dado a luz su hija, acarició la frente sonrosada de la criatura y sentenció:
- Es nena, vivirá
Ella sabía de estas cosas, había parido cinco hijos y solo le habían sobrevivido las hembras, como era costumbre en su familia. A esa niña le siguieron otras, en total tuvo seis nietas que se criaron sanas y rollizas. Todas se llamaban María: Maricarmen, Marialuisa, Maritere, Mariaisabel, Mariángeles, Mariadolores.  La abuela ideó un plan infalible para no equivocarse con sus nombres: a todas las llamó Maritú. Siempre había una Maritú para ayudarla a levantarse, para rezar el rosario, para encender las velas, para hacer un recado.  Pero todas las Maritús se sintieron ninguneadas y no demostraron ningún afecto por esa figura de corazón helado, forjado en las desgracias, que siempre tenía un reproche en la boca.
- Ahora os reís, pero acabaréis llorando.
Las Maritús no tuvieron ningún éxito con los hombres, se quedaron en un matriarcado forzoso y gozoso: tres solteras, una viuda, una separada y una madre soltera. Sólo tuvieron hijas que perdieron el María delante del nombre en rebeldía con su abuela, una mezcla entre doña Perfecta y Bernarda Alba, pero que conservaron la M inicial: Marta y Miriam. Como estaba previsto, las bisnietas sobreviven con buena salud y su color preferido es el verde.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Palabras moribundas, Alex Grijelmo y Pilar García Mouton

Las palabras moribundas tienen un poder evocador que lleva hacia nuestra memoria el recuerdo de personas queridas que ya no están, épocas de nuestra vida que pasaron, utensilios perdidos, tareas superadas, antiguas modas divertidas.
Este libro puede ser una especie de álbum de fotos familiares para muchos lectores que algún día utilizaron términos como chipén, pasquín, pickup, chiticalla, romadizo, almazuela, piscolabis, patatús, córcholis, mandil, encetar, garrotillo, mancar... o elepé o tomavistas. Pasaron por nuestras bocas y nuestros oídos, pero ¿cuánto tiempo hace que usted no oye, lee o pronuncia la palabra desgalichado?
He aquí un ejemplo:

ACERICO
Es un diminutivo de hazero, que viene de fazero, ‘almohada’, del latín vulgar *faciarius y éste, del latín facies, ‘cara’, sin duda porque es la cara la que se apoya en la almohada. La Academia da como primer sentido el de «Almohada pequeña que se pone sobre las otras grandes de la cama para mayor comodidad» y, como segundo, el de «Almohadilla que sirve para clavar en ella alfileres o agujas». Éste es el orden desde 1726, cuando aparece la palabra en el Diccionario de Autoridades, el primer diccionario de la Real Academia (llamado así porque las palabras, además de su definición, incluyen ejemplos de alguna autoridad de nuestra lengua), definida así: «Almohada pequeña que se pone sobre las de la cama, para tener más alta la cabeza. / Se llama también una almohadica mui pequeña con una borlita ò puntada en medio, que passa de una parte à otra en la cual clavan las mugeres los alfileres para que no se les pierdan». Una vez más vemos que los académicos eran más estilosos siglos atrás, porque frente a estas definiciones las de ahora resultan escuetísimas. Está claro que la segunda acepción, la relacionada con el mundo de la costura, deriva semánticamente de la primera, pero también parece claro que hoy no se guarda recuerdo de la primera, a pesar de que el diccionario de la Real Academia Española (DRAE) la conserve —¿por tradición?— y en primer lugar. En el propio banco de datos académico, el corpus histórico sólo documenta dos casos de acerico como almohada pequeña en dos inventarios, uno de 1582 y otro de 1615. Todos los demás, antiguos y modernos, corresponden a la segunda acepción.
El hecho de que el acerico de las modistas y los satres sea en origen una miniatura del otro se refleja en el sufijo diminutivo -ico, lexicalizado aquí, pero muy general en otras épocas y hoy regional, y en el sufijo -illo con el que también se puede encontrar, como acerillo.
Muchos testimonios defienden que acerico no es, ni por asomo, una palabra moribunda, y se pueden subagrupar. En primer lugar, estarían los de quienes hablan de su infancia, de sus madres y abuelas, y de que fueron ellas quienes les transmitieron acerico con recuerdos infantiles de tardes de costura y radio, acompañados de palabras como dedalcanesú,pespuntemanga ranglanhilván… Son las madres, en general, las que todavía usan acerico, porque son ellas las que aún cosen en vez de llevar la ropa a arreglar fuera de casa, y, por otra parte, cada vez hay más personas aficionadas a hacer bolillos que necesitan un acerico donde pinchar los muchos alfileres que usan.
La comparación con el acerico da para muchas frases hechas: por ejemplo, la de decirle a un chico con muchos piercings que «parece un acerico»; también recuerda, por ejemplo, a la abuela que, cuando había que ir al practicante, decía: «¡Te van a poner el culo como un acerico!». El mismo Antonio Gala, en su obra de teatro ¿Por qué corres, Ulises?, estrenada en 1975, hace decir a Ulises: «Él no se conformaba con beberse la vida a pequeños sorbos. Su alma no era la de un oficinista. El tiempo que corría se le clavaba como en un acerico».
En el segundo grupo están quienes han tenido relación profesional con la palabra, por dedicarse a la costura, o sus conocidos, unos cuantos hijos de modistas y de sastres. Alguno recuerda al calamitoso sastre con un acerico en el antebrazo izquierdo que tenía su negocio en el 13 de la rue del Percebe, aquel memorable edificio dibujado por el gran Ibáñez. Hay quien llama alfiletero o almohadilla a nuestro acerico. Muchas personas —la gran mayoría, mujeres— siguen usando el acerico, lo conocen por ese nombre y se refieren a acericos con el nombre bordado o en forma de corazón.
Finalmente, está el grupo de los que jugaban al juego del boni con los alfileres y el acerico; por ejemplo, la periodista Nieves Concostrina, que cuenta:
Yo no uso la palabra acerico desde, más o menos, el Cretácico Superior, cuando los niños jugábamos en la calle. El juego consistía en hacer un montoncito de tierra donde se enterraban los bonis de todas las niñas que jugaran. Los bonis eran alfileres con cabezas redondas de colores. Sobre el montón de tierra se dejaba caer una piedra y, si con el golpe se desenterraba un boni de la jugadora contraria, te quedabas con él y lo pinchabas en el acerico.
La conclusión es fácil: acerico es palabra bien viva y no corre peligro en su segunda acepción académica; la primera no está moribunda, está muerta.

Interesante entrevista en la radio:

Palabras maltratadas

Las palabras maltratadas del español, artículo del periódico 20 minutos

Novelas fallidas


Hoy me toca hablar de las últimas novelas que he leído, a  las que califico de fallidas no sé bien por qué. Algunas están escritas por buenos escritores, los temas a priori son interesantes, son ambiciosas con algunos diálogos interesantes, con un planteamiento admirable, pero que no enganchan al lector, nunca formarán parte ni de las más vendidas ni de las mejor escritas. Yo las depositaré en el cajón del olvido. Como lectora compulsiva que soy, las clasifico a continuación en tres grupos:
a) Buenas, pero con la sensación de haberlas leído ya antes:
- El hombre discreto de Vargas Llosa. Interesante por la técnica que enlaza diferentes díalogos, pero que no aporta nada nuevo a la extraordinaria trayectoria del autor y que nos recuerda demasiado a obras anteriores.
-Las lágrimas de san Lorenzo de Julio Llamazares
-Inés del alma mía de Isabel Allende
b) Aburridas
- La señorita Harriet de Natalia Sanmartín
-La mujer que llora de Zoe Valdés
- La berlina de Prim de Iam Gibson
- La nieta de la maharani de Maha Akhtar
-Las chicas de Riad de Rajaa Alsanea
c) Totalmente fallidas, he dejado de leerlas a la mitad:
- El camino del mozárabe de Jesús Sánchez Adalid
-Dispara que ya estoy muerto de Julia Navarro

domingo, 24 de noviembre de 2013

Coplas por la enseñanza pública

domingo, 3 de noviembre de 2013

Prohibir lecturas


Interesante artículo de Juan Cruz publicado por El País,

Prohibir un libro es invitar a leerlo


Errata



Donde dijo Cicerón: “Si junto a la biblioteca tienes un jardín, no te faltará de nada”, dijo Diego: “Si la biblioteca está cerrada y el jardín talado, tendrás un gimnasio”.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Sola ante el peligro


 Un voto negativo frente a cincuenta a favor.  Este harakiri  incruento  lo hice por coherencia en el claustro. No deberíamos votar lo que es injusto y perjudica a la comunidad escolar. No se puede escribir en el proyecto del centro que se está a favor del fomento de la lectura y no haber contemplado el servicio de préstamo de la biblioteca, necesario cuando la mayoría de nuestros alumnos no tienen dinero para comprar  libros. Tampoco se pueden aprobar unos horarios escupidos por el ordenador, irregulares, descompensados y cargados de horas, que impiden desarrollar la calidad de la enseñanza. Con ellos se da una vuelta de tuerca más al desmantelamiento de la enseñanza pública.


P.D.: Cuando me jubilé, después de cinco años en el instituto (15/10/2014),  no recibí  por parte de la dirección ni una mención, ni un ramo de flores, como se había hecho con otros compañeros que habían estado menos tiempo. Menos mal que mis compañeros sí estuvieron a la altura de las circunstancias.  

Chema, loco de la vida

Ana iba, como siempre. corriendo cuando se tropezó con él en una esquina de la Gran Vía. Se quedó tan helada que no supo reaccionar. Un hombre que no pedía dinero, de unos sesenta años, con  bigotes pelirrojos y gafas de montura redonda, estaba sentado inmóvil mirando al vacío, a su lado había una multitud de bolsas. Inmediatamente se acordó de ese chico moreno, Chema, fibroso y delgado con boina a lo Ché Guevara, que ocultaba una calva incipiente. Nunca supo por qué apareció de repente entre el grupo de compañeros de la facultad en la feria de San Isidro, ni por qué se arrimó a ella como a ese cachorro de perro que llevaba en sus brazos. Hablaba poco, arrastraba oscuras historias del pasado en tierras de Cuenca, no tenía ocupación alguna ni domicilio conocido. Ana pasó de sentirse halagada por ser la elegida a sentirse acosada por ese ser hermético que parecía sentirse feliz a su lado sobre todo cuando la besaba. Esos besos a ella le sabían raros, a desequilibrio mental y a soledad. Un día casi se matan en el parque del Oeste porque no se dieron cuenta de que había una escalera y la bajaron prácticamente volando. Otro tuvo que echarle de casa porque no se iba. Al día siguiente algunos vecinos dijeron que había un hombre sospechoso que había pasado la noche en la escalera. Empezaban los exámenes y tenía que estudiar, lo dejó plantado en el metro de Banco de España. No quiero volver a verte, esta historia ha llegado a su fin. Chema se quedó inmóvil, con el alma partida, viendo como desaparecía.

domingo, 27 de octubre de 2013

Un día de huelga del profesor esquirol: descansado y sin descuentos

A pesar de las críticas, entiendo que algunos profesores, hartos de solucionar con sus descuentos los problemas económicos de la comunidad de Madrid sin haber conseguido resultado alguno, no hayan hecho las últimas huelgas. Yo misma no hice la anterior, aunque sentirme esquirol me amargó la mañana. Esto me sirvió para descubrir con sorpresa cómo transcurre un día para los no huelguistas; como apenas vienen los alumnos, la mayoría de la jornada se la pasan relajados en la sala de profesores. Además, firman a la entrada,  no a la salida. Resultado: un día descansado sin descuentos. Pero lo que más me indignó fue que se enviará al salón de actos a los alumnos sin profesor y se les pusiera la película Lo imposible. Esperé en vano que mis pocos alumnos de primero de la ESO vinieran a mi clase de lengua porque todos estaban más a gusto viendo el desenlace de la película. Una película dura una hora y media y las clases cincuenta y cinco minutos. Ni entiendo que se ponga ese día un examen, cuando la huelga está apoyada por padres y profesores,  ni veo ninguna razón para una actividad lúdica muy alejada de la docente,  que no se corresponde con las horas lectivas, aunque la ley les ampare.  Hay que tener un mínimo de sensibilidad, porque la huelga se hace para reclamar derechos para todos, es absurdo intentar dar una sensación de normalidad, evitando que los alumnos estén en el patio. Ante esta nueva moda de los equipos directivos, algunos con camiseta verde y que acuden a las asambleas informativas, no cabe más remedio que preguntarse de parte de quién están.  Los enseñantes deberíamos haber aprendido de la huelga de los médicos donde formaron una piña para defender sus derechos y los de los pacientes.
En la última huelga las cámaras de televisión junto con la Jefa de Gabinete de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid eligieron mi instituto para hacer un seguimiento. Todo su interés era sacar clases muy llenas. ¡Viva la objetividad! Después pusieron dos películas. Al día siguiente uno de los peores alumnos del centro me comentó que así da gusto venir al instituto, que por qué no lo hacemos todos los días.

La máquina expendedora de billetes y las monedas falsas de dos euros

Son las 7,30, Plaza de España, Conde de Toreno, introduzco un billete de 20 euros para un bono de diez viajes y me devuelve 4 monedas de dos euros, dos de ellas falsas. Juro en hebreo y trato de introducirlas para sacar otro bono. Error, no las admite. No reclamo porque tengo prisa y además pienso que dudarían de mí. Ahorro monedas de 2 euros para combinarlas con las falsas. Una semana después lo consigo.
Unos meses después, a la misma hora y en el mismo sitio,  con el nuevo abono de transporte, introduzco 55 euros en billetes y pulso la tecla de emitir justificante. Al instante la máquina, repentinamente loca, me devuelve la cantidad introducida en monedas de dos euros, algunos de ellas falsas. El ruido ensordecedor que producen al caer es el mismo que el de una máquina tragaperras, solo faltan las lucecitas y la musiquilla. Las monedas no me caben en ningún sitio y algunas caen al suelo. Esta vez, cabreadísima,  aviso al altavoz que amablemente me responde que tengo que ir a la entrada de Leganitos, justamente a diez minutos de donde estoy. Cuando llego, al contar el dinero me faltan 2,10 y hay cuatro euros en monedas falsas. Menos mal que la chica es simpática; después de varias llamadas y de rellenar un impreso, me devuelve el dinero íntegro sin pedir explicaciones y me ayuda a sacar el nuevo abono. Deduzco que no es la primera vez que pasa. Llego al instituto veinte minutos tarde con el justificante en la mano y el jefe de estudios me dice:
-¡Qué imaginación tienes, qué cosas te inventas para justificar un retraso!

domingo, 29 de septiembre de 2013

El velcro imantado

El anorak se lo regaló su chica después de mucho buscar por todas las tiendas de Madrid. Que sirva para la lluvia, que lleve capucha, que tenga bolsillos interiores y exteriores, que no sea oscuro. No pasaba desapercibido, era de color azul eléctrico con forro polar de color gris, por lo menos tenía seis bolsillos y se hacía impenetrable al frío exterior por medio de varios velcros que se podían plegar. En el metro ocurrió el extraño fenómeno, se abrió la cremallera e inmediatamente se le pegó a la cinta adhesiva del  velcro la bufanda de una chica rubia que pasó a su lado. Se deshicieron en excusas. Al día siguiente fue el pelo de un chaval de cuatro años el que se adhirió a su manga. Hubo lloros. Por la tarde, virutas de jamón del bocadillo de su vecino inexplicablemente acabaron en su pechera. Luego fueron las monedas que una anciana intentaba introducir en la máquina expendedora de billetes. Se las devolvió.  Todos los objetos que se caían a su alrededor acababan misteriosamente imantados por el velcro: periódicos, dientes, pelusas, caramelos, carteras, rosarios, gafas... Por la noche los depositaba en  un vaciabolsillos. Harto de ser un cazatesoros de objetos absurdos, decidió cerrar el anorak a cal y canto. Aunque sudara. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

El guardián invisible, Dolores Redondo

La novela se lee bien y entretiene.

La casa redonda, Louise Erdrich

Interesante novela costumbrista, reivindicativa de la historia y de las instituciones indias con tintes de novela negra. A lo largo de esta novela (que reci­bió el Natio­nal Book Award en 2012) Erdrich nos mos­trará de la mano de su joven protagonista cómo es la vida en una reserva india, cómo los adul­tos aún con­ser­van sus tra­di­cio­nes y cos­tum­bres, mien­tras que los jóve­nes son cada vez más “blan­cos”, así como las situa­cio­nes de racismo a las que toda la comu­ni­dad se ve some­tida . Más interesante al comienzo, cuando exalta los valores de la familia, el amor, la lealtad y la amistad con dosis de humor, que al final, cuando hace presagiar el desenlace trágico.

Conductas fuguistas



Es bien sabido que a todos nos gustaría ausentarnos alguna vez de la cárcel  en la que vivimos en busca de la libertad y felicidad, pero no nos atrevemos por pereza, cobardía o egoísmo. En la familia García, excepto el abuelo, al que el sentido del deber le impidió hacerlo, todos lo intentaron por lo menos una vez. Todos volvieron. Nunca hablaron de ello. La abuela se escabullía una vez al mes. El hijo menor se escapó cuando era pequeño aprovechando un descuido de la cuidadora. El mayor se fue a vivir a otro país.  Una nuera se fue con la música a otra parte y abandonó el domicilio común. El nieto pequeño con apenas dieciocho meses se fugó de la guardería y se subió en un autobús sin que nadie se diese cuenta y consiguió llegar hasta el final del trayecto.  Otros dos nietos construyeron un túnel del colegio junto a la verja del patio para evadirse con sus compañeros. Incluso lo intentaron los animales domésticos.  La perrita se soltó del collar y apareció una hora después temblando en el garaje debajo del coche familiar. Dos perras rescatadas de una perrera estuvieron perdidas en el campo cuatro días hasta que fueron encontradas casi deshidratadas. El loro se esfumó por la ventana un día nevado. 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Tuberculosis y literatura


Siempre me ha intrigado esta enfermedad que frustraba las pasiones, que mientras debilitaba la voluntad, fortalecía la mente, que propiciaba el reposo y la exaltación de los sentidos y que va unida a la espiritualidad y la creatividad. El instituto donde doy clases fue un antiguo sanatorio antituberculoso, mi abuelo materno y un tío murieron a causa de ella en la posguerra española, sin que nadie en mi familia se atreviese a citar su nombre, como si fuera una enfermedad vergonzante, y trajo como consecuencia que nunca se dieran besos por miedo al contagio; en mi hombro izquierdo tengo la señal de la tuberculina, vacuna necesaria para la matriculación en la carrera de Filosofía y Letras.

La tuberculosis, conocida desde muy antiguo como consunción, tisis, mal del rey o plaga blanca, es una enfermedad infecciosa causada por micobacterias (fundamentalmente Micobacterium tuberculosis) con gran variedad de cuadros clínicos dependiendo del órgano al que afecte.  En el siglo XIX se mitifica la enfermedad e incluso se propaga la creencia de que su padecimiento provoca "raptos" de creatividad o euforia más intensos a medida que la enfermedad avanza . Por esa misma época, Alejandro Dumas, hijo, publica La dama de las camelias, la historia de Margarita Gautier, la elegante cortesana enredada con adinerados jóvenes burgueses, que también desfallece de tisis y de amor. La obra igualmente inspiró otra célebre ópera: La Traviata de Verdi. Pero arte y vida se parecen y la lista de escritores, poetas, músicos y artistas muertos por tuberculosis en el siglo XIX, e inicios del XX, es larga y notable: Novalis, Schiller, John Keats, Bécquer, Chéjov, Chopin, Kafka, G.H. WellsMaxence Van der Meerschentre otros. Un caso extremo es el sucedido a las hermanas Brontë: las tres, todas ellas escritoras, murieron en un lapso de siete años, entre 1848 y 1855, víctimas de la tuberculosis.
La leyenda comenzó a desvanecerse a partir de 1882 cuando Robert Koch descubrió el bacilo que causaba la infección. En el siglo XX la enfermedad será asociada a la pobreza e insalubridad y su aura romántica se apagará para siempre. Miguel Hernández murió en la cárcel de tuberculosis. Padecieron está enfermedad: Vicente Aleixandre,  Rafael Alberti, Miguel Delibes, Camilo J. Cela, Ángel González y Rosa Montero, que desde los cinco años hasta los nueve estuvo recluida en casa donde se dedicó a leer y escribir.

La novela  brinda numerosos ejemplos de la influencia de la tuberculosis en el pensamiento cultural:

La montaña mágica de T. Mann (1924)
El joven Hans Castorp visita a su primo Joachim Ziemssen, enfermo de tisis, en Davos y acaba sucumbiendo al hermético encanto del lugar. Una ligera afección lleva a que la estancia, planeada en principio para siete días, se alargue primero a siete meses y finalmente a siete años. Castorp sólo saldrá de allí para alistarse en la gran guerra.

Pabellón de reposo de Camilo José Cela (1943)
Cela describe sus vivencias durante el tiempo que vivió en un sanatorio para tuberculosos. En ella siete enfermos casi terminales ven pasar sus últimos días en un pabellón que les proporciona de todo menos reposo. Aislados físicamente del resto del mundo por su dolencia, reflexionan constantemente sobre la enfermedad y la muerte; porque antes del descubrimiento de la estreptomicina (aislada en octubre de 1943), la cura sanatorial era la última esperanza para intentar escapar a una enfermedad que, prácticamente, era sinónimo de muerte. El libro llegó incluso a ser prohibido en este tipo de instituciones, temiendo los médicos que causase en sus pacientes el mismo desasosiego que sufren los protagonistas.

El jardinero fiel  de John Le Carré (2001)
En la novela de John Le Carré El jardinero fiel, llevada al cine por Fernando Meirelles (2005), se desarrolla una trama alrededor de las pruebas para un fármaco antituberculoso realizadas por una multinacional farmacéutica en África y desarrolla el tema de una posible pandemia mundial de tuberculosis debida a la aparición de cepas muy resistentes a los tratamientos antibióticos conocidos hasta el momento. 

Para saber más: