lunes, 31 de julio de 2017

Calendario literario (agosto 2017) de Juan Bautista

Ya tenemos el calendario del mes de agosto. 
Como ya sabéis, hay que pinchar en el enlace y, después, debajo de cada escritor para acceder a la información escrita y audiovisual:
El documento de slideshare es solo para consultar o fotocopiar.


domingo, 30 de julio de 2017

Prólogos y prologuistas

La mayor parte de nuestros alumnos se salta los prólogos y van directamente al contenido perdiéndose así la explicación racional o emocional de la obra. Por eso conviene darles importancia en las clases de Literatura para que les sirvan de provecho e incluso utilizarlos como modelo de creación para elaborar un trabajo.
El prólogo (del griego πρόλογος prólogos, de pro: ‘antes y hacia’ (en favor de), y lógos: ‘palabra, discurso’) es una de las partes preliminares de la estructura de un libro, aunque su escritura siempre es posterior. No es necesario y no debe ser extenso. Es la explicación racional de la obra, una introducción que permite ubicar al lector en lo que va a encontrar a continuación, donde se justifica su composición, se explica la estructura y los criterios que se tomaron en cuenta para el desarrollo del escrito. La mayoría de los libros tienen un solo prólogo, aunque en cada reimpresión o reedición se le puede agregar uno nuevo.  Puede estar escrito por el propio autor o por un experto, un estudioso, un conocedor o un entusiasta del tema y sus funciones pueden ser variadas:
•             Realizar una crítica literaria sobre el autor.
•             Presentar al público la obra de un autor desconocido.
•             Orientar al lector acerca de las modificaciones que ha sufrido una obra, como ampliaciones, supresiones, actualizaciones, el marco teórico utilizado.
•             Como agradecimiento para recordar a todos aquellos que participaron e hicieron posible la obra y explicar el mérito que ostenta.
El prólogo desde la Edad Media era una modalidad literaria establecida llena de códigos y tópicos repetidos que persiguen captar la benevolencia del lector (captatio benevolentiae) mediante la humilitas, el recurso a la novedad, el aval de autores de renombre….  Solo hasta hace muy poco ha empezado a ser estudiado como género literario, casi como un texto de ficción que puede permitirse un lenguaje distendido. Ricardo Cuéllar Valencia, en su artículo “El prólogo como género literario y consideraciones en torno a los prólogos de Miguel de Cervantes”, diferencia cuatro tipos: presentativos, preceptivos, doctrinales y afectivos.
Se ha escrito mucho sobre el prólogo y, como en todo, los hay buenos y malos; unos nos servirán para decidirnos a leer el libro y otros no deberían haberse escrito nunca. En cualquier caso, los prólogos son los preliminares necesarios para entrar en faena, el envoltorio que le da más prestancia al libro, aunque a algunos nos guste leerlos al final o saltárnoslos para que no nos condicionen su lectura, porque, sobre todo en las colecciones de los autores clásicos para estudiantes, son tan exhaustivos que nos cuentan hasta el argumento.

Cervantes:  crítica a los prólogos  
Cervantes en El Quijote se dirige a un “Desocupado lector”. El nuevo epíteto escoge un lector libre de prejuicios preceptistas y de los cánones dominantes.
Cervantes, que al parecer no consiguió que ningún escritor de prestigio le favoreciera con poesías en elogio del Quijote, con gran alborozo de Lope de Vega, satiriza cómicamente tal costumbre, insertando a continuación una serie de poesías burlescas firmadas por fabulosos personajes de los mismos libros de caballerías que se propone desacreditar. Con ellas, el lector de principios del XVII advertía inmediatamente que tenía entre manos una obra de declarada intención satírica y paródica.

Novelistas del siglo XIX: La cuestión palpitante
Los novelistas del siglo XIX fueron muy amigos de los prólogos nacidos al calor de los debates y las polémicas. Emilia Pardo Bazán llegó a escribir entre prólogos propios ajenos más de 100 en los que expone sus opiniones sobre aspectos de la vida  literaria, social y cultural de la época.

El no prólogo de Baroja a La colmena de Cela
Julio Caro, el sobrino de Pío Baroja, cuenta que Cela le pidió a su tío que prologase La colmena en 1941,  pero este le dijo que no al prólogo porque "no quería terminar en la cárcel a su edad". Cela lo aceptó de buen grado y hasta terminaron bebiendo un oporto.

Borges: Prólogo de prólogos
El libro Prólogo de prólogos con un prólogo reúne aquellos que Borges escribió durante más de 50 años sobre una diversa selección de autores y obras: de la poesía gauchesca de Ascasubi a la novela norteamericana, de Carlyle a Cervantes y Kafka, de Martín Fierro a Macbeth.

El prologuista nato: Vázquez Montalbán
La actividad de prologuista de Vázquez Montalbán es legendaria. De hecho Juan Marsé se propuso una vez escribir un cuento en el que un señor entra en una librería y pide un libro no prologado por Vázquez Montalbán. A esta declaración de guerra Vázquez Montalbán contestó que escribiría otro cuento en el que un señor entra en una librería y pide un libro prologado por Juan Marsé, que es un no-prologuista nato. Aquí se recogen algunos de estos prólogos, en el orden alfabético de los autores de los libros.

Tres prólogos de Vargas Llosa (La ciudad y los perros, La casa verde y Conversación en la catedral).


domingo, 23 de julio de 2017

Joaquín Alastrué, Inventando la pólvora, fabricando la pólvora

Amazón, que es como los reyes magos ejerciendo cualquier día del año, me trajo como regalo el libro de Joaquin Alastrué Funes, Inventando la pólvora, fabricando la pólvora, El Fargue y la fábrica de Granada (Diputación de Granada, Biblioteca de temas locales, 2016). La aparición de la pólvora supuso un gran hito en la historia, propició las armas de fuego y cambió por completo el criterio de ataque y de defensa de combate en las guerras. El libro trata del origen y desarrollo de la pólvora en España, haciendo especial hincapié en la fábrica de pólvoras de Granada, situada en El Fargue, que hunde sus raíces en la época nazarí. Además, es una expresión de cariño hacia los vecinos y trabajadores de la fábrica donde vivió y trabajo el autor.
Un gran trabajo el de este químico para el público general, ameno y “deleytoso”, bien editado y muy bien documentado, con fotos, mapas, artículos periodísticos, glosarios… Su padre y el mío, ingenieros del cuerpo de Armamento y Construcción, estuvieron juntos en la que puede ser considerada la edad de plata de la fábrica (finales de los 70 principios de los 80), cuando daba beneficios y se cuidaron los aspectos sociales.

Mi enhorabuena a Joaquín por su esfuerzo y por incluir un anexo con la galería de retratos de los directores de la fábrica con la foto del cuadro desaparecido de mi padre de la biblioteca-museo de El Fargue. De la desaparición no sabemos los motivos, parece ser que se perdió en un traslado porque alguien se quedó con él o lo destruyó. Seguramente su investigación serviría para una novela negra.
La pólvora, alquimia y ciencia, tradición y progreso, refleja dos componentes inherentes al ser humano: la guerra y la fiesta, la muerte y la vida. Lo que destruye puede ser el alimento de las familias y un instrumento para la paz. Mi padre, Trinidad Cuéllar Caturla, nunca imaginó, cuando era un joven vestido de estudiante que disparaba con un arcabuz en las fiestas de Moros y Cristianos de Villena, que su vida estaría unida a la fabricación de los explosivos. Prácticamente recorrió todas las fábricas del momento: Murcia, Trubia (Oviedo), La Marañosa (Madrid) y El Fargue (Granada). No inventó la pólvora, ni mojó la pólvora (se quedó sin munición), ni disparó con pólvora del rey (corrió riesgos con patrimonio ajeno), ni tiró con pólvora ajena (malgastó), ni gastó la pólvora en salvas (utilizó medios inútiles), solo trabajó incansablemente de manera honrada y honesta.
Pólvora y tiempo vuelan como el viento.

miércoles, 12 de julio de 2017

Ángel Guinda, poeta con glorieta


Han pasado ya nueve años desde que se grabaron estos vídeos en mi casa cuando Ángel Guinda estuvo con un grupo de exalumnos del IES Luis Buñuel de Alcorcón. Los he recogido aquí para que no caigan en el olvido.
El poeta amigo, profesor, joven entre los jóvenes, estuvo en su salsa contando anécdotas de su amor por la vida y, sobre todo, derrochando humor y transgresión. Todavía no era profeta en su tierra, no le habían dado el premio de las letras de Aragón (2010), ni tenía una glorieta en el zaragozano barrio del Actur (2017), ni se parecía tanto a Pablo Neruda como ahora. Detrás y delante de la cámara está David Francisco, ahora la mitad de Reyes David de Ediciones Pregunta
Todos los que tuvimos el privilegio de estar con él en el Buñuel deberíamos recoger firmas para que le pusieran su nombre al instituto porque siempre estuvimos hartos de que nos confundieran con el de IES Luis Buñuel de Móstoles. Total entre aragoneses anda el juego.


















También actuó como protagonista en el corto Me quedé aquí.

jueves, 6 de julio de 2017

Sintaxis con humor, Manu Sánchez


C2M - Colgados con Manu - Pizarras - Sintaxis #1 por CarlHazel

El vídeo tiene ya unos años, lo tenía en una entrada, pero el enlace con youtube se perdió. Hoy, buscando otros, lo he encontrado y no me he podido resistir a ponerlo otra vez. Tiene una cierta gracia aunque a veces el humor es un poco burdo. 

Podotecología estética o historia del calzado, Pérez de Ayala

Gracias a una amena charla con Alipio Hernández, colega, asturiano de pro y fabulista, me he acercado a la novela de Pérez de Ayala Belarmino y Apolonio (1921). Confieso que solo había leído del autor A.M.D.G, novela más realista donde el autor plasma sus recuerdos en un internado jesuita, y fragmentos de Tigre Juan. Pero lo que me terminó de decidir por su lectura, además de la labia de mi querido amigo y el prestigio del olvidado autor, es que contaba la historia de dos zapateros de Pilares (Oviedo), tema que me interesa porque la familia de mi padre se dedicó casi cuatro generaciones a ese oficio. Por esa misma fecha en Villena (Alicante), mi bisabuelo Trinidad Caturla, dejando atrás la confección artesanal, llevaba unos años incorporando máquinas para la confección del calzado.

La trama argumental relata la rivalidad entre los dos zapateros que dan nombre a la novela -uno, disparatadamente gongorino; el otro, dramaturgo aficionado-, y el romance quebrado que mantienen la hija adoptiva del primero, Angustias, y el hijo del segundo, el seminarista Pedro (o Guillén). La novela presenta una extraña estructura narrativa cuajada de desordenadas narraciones, algunas rallando en el ridículo del folletín; varios narradores; varios tiempos; sesudos y absurdos diálogos de múltiples personajes que son presentados con las técnicas degradantes del esperpento; citas de autores clásicos y religiosos; utilización de distintos registros, junto con vocabulario inventado, latinismos y términos del bable. Estamos, pues, ante una novela ensayo (casi una nivola), cargada de ironía, pedantería y pintoresca erudición, ejemplo de intertextualidad. No en vano, Andrés Amorós la llamaba novela intelectual.
El comienzo es inigualable con el Elogio a la casa de huéspedes del personaje de don Amaranto  que merece un lugar destacado en cualquier antología como muestra del estilo de Pérez de Ayala. Ahora que se están celebrando oposiciones para enseñanza, me quedé con este comentario “En España se conceden las cátedras por amistad, parentesco o bandería, antes que por mérito; de donde se aprende más y mejor de los opositores que de los mismos catedráticos”.
Respecto al tema del calzado, en La busca de Baroja, ya aparecían dos zapateros rivales y un letrero sobre un local de reparación: «A la regeneración del calzado», frase que evoca el siguiente comentario del autor: «El historiógrafo del porvenir seguramente encontrará en este letrero una prueba de lo extendido que estuvo en algunas épocas cierta idea de regeneración nacional, y no le asombrará que esta idea, que comenzó por querer reformar y regenerar la Constitución y la raza española, concluyera, en la muestra de una tienda de un rincón de los barrios bajos donde lo único que se hacía era reformar y regenerar el calzado». Pérez de Ayala ensancha esta breve idea para que sea una representación hiperbólica no sólo los males de España, sino también de la locura humana en general, empeñada en entender el sentido de la vida por medio de la filosofía y de la literatura.
Destaco la exquisita descripción del taller de Belarmino, remendón de portal, filósofo de pacotilla, creador de un lenguaje propio (no se conforma con el significado usual e inventa otro en consonancia con la fonética o con lo que le sugiere a él y que resulta indescifrable), en su cuchitril-caverna, tan concurrido como la escuela de un filósofo de la antigüedad:
“El menaje profesional de Belarmino se reducía a los más indispensables utensilios de zapatería, de los cuales don Restituto le había hecho graciosa donación: unas pinzas, un rebote de correderas, una gubia, un desborrador americano, un rodillo de picar, un sacabocados, varias leznas y un torno de montar con horma de hierro. El torno era remedo y trasunto fiel de un caballejo; recordaba a Clavileño, si bien de correspondencia equina más semejante que la volátil cabalgadura del manchego. El tronco era realmente un tronco, un leño robusto, asentado sobre cuatro patas, más ancho por la grupa que por los pechos, y sobre ellos se levantaba una tabla ancha y delgada, a manera de cuello, en donde encajaba, con juego articulado y la planta hacia arriba, una horma de hierro, que vista de perfil era enteramente una cabeza de caballo. Montado sobre este diminuto caballete, Belarmino se pasaba la vida".
Apolonio, en cambio, regentaba un lujoso establecimiento con buenos parroquianos pero
sin público. He aquí su disparatada disertación sobre «Podotecología* estética, o historia del calzado artístico» (capítulo 5):
“Por lo pronto, soy un maestro artista en zapatería. Mi clientela alaba, en el calzado que yo hago, la resistencia y flexibilidad del asiento, lo suave y duradero del material, lo cómodo y bien conformado del corte; y por eso, nada más que por eso, me pagan bien. Pero las dichas cualidades son secundarias. Un zapato, un brodequín, un botito son obras de arte. ¿Y quién aquí, salvo contadas excepciones, sabe apreciar el calzado como una obra de arte? ¿Quién aquí concede al calzado la enorme importancia que tiene? Se imaginan que el calzado sólo sirve para cubrir el pie, resguardarlo de la humedad, por temor a los reumas, y evitar que se lastime sobre el mal piso; todo lo que piden al calzado es que no críe callo. Pues si el calzado no cumple otro fin más que ése, mejor sería que los hombres echasen casco o pezuña, lo cual se conseguiría fácilmente por procedimientos científicos. Y no es que yo me refiera a esta localidad. Hablo, en general, de toda España. Un amigo mío muy erudito, Valeiro, estudiante compostelano, me contaba haber leído en un libro de un Fray no sé cuántos Guevara, obispo en alguna diócesis de Galicia, que los españoles, en los tiempos del gran Carlos V, cuando el tal obispo escribía, andaban en zancos por las calles, a causa de los lodos. ¡Qué barbaridad! Pues, ¿qué? ¿No se usan todavía en nuestra península almadreñas, zuecos, abarcas y las asquerosas alpargatas? ¡Qué poco dice esto en pro de la cultura de los españoles, y cuánto de su salvajismo! Para mí la alpargata es un insulto a la divinidad, una blasfemia, porque es negar y desconocer la obra más perfecta de Dios, o sea el pie humano. ¿Por qué es el hombre superior al mono y a todos los demás animales? Porque es el único que tiene pies, lo que se dice verdaderos pies. Si el pie fuera menos humano y noble que la mano, los hombres tendrían cuatro manos y los monos tendrían cuatro pies, y no que tienen cuatro manos. Por no ver mujeres con almadreñas preferiría vivir entre chinos, porque al menos los chinos conceden al pie de las mujeres más importancia que a ninguna otra parte del cuerpo”. 
“En lo que yo insisto es en que, como español, me abochorno de que los españoles no hayamos contribuído con ninguna invención al progreso del calzado. No hay una ciencia y un arte zapateriles propiamente españoles. No habrá oído usted decir punta a la madrileña, tacón Isabel II o hechura española, como se dice punta a la florentina, zapato Richelieu, tacón Luis XV, hechura inglesa”.
“No se me hace justicia. Ni como zapatero, y no digamos como poeta dramático. En lo que yo insisto es en que, como español, me abochorno de que los españoles no hayamos contribuido con ninguna invención al progreso del calzado. No hay una ciencia y un arte zapateriles propiamente españoles. No habrá oído usted decir punta a la madrileña, tacón Isabel II o hechura española, como se dice punta a la florentina, zapato Richelieu, tacón Luis XV, hechura inglesa. Todos los filósofos son unos farsantes, charlatanes de feria. ¿Para qué sirve la filosofía? Ya lo dijo Saquespeare--pronunciado así--: «la filosofía no sirve ni para curar un dolor de muelas».
 Debo confesar que a pesar de tener innumerables aciertos y de hacerme reír varias veces, me ha resultado dura de leer, tanto como comer dos tocinos de cielo seguidos, porque tanto azúcar y prodigio de erudición acaban empachando al desocupado lector.

* Así aparece en el epub que he consultado.
En la fotografía se puede ver al autor al lado de  Einstein en 1923.
https://elblogdeacebedo.blogspot.com.es/2013/10/ramon-perez-de-ayala-fernandez-del.html

miércoles, 5 de julio de 2017

Tintorería/Lutos en el día

He pasado unos días en Alicante disfrutando sus playas, todavía no invadidas por los madrileños, y en un barrio periférico he encontrado una tintorería moderna que adorna su mostrador con una colección de planchas de hierro y con una pequeña joya: una foto antigua de principios de siglo donde un joven, que recogía la ropa en las casas para teñirla, posa al lado del triciclo con el cajón que lleva el anuncio de la tintorería Masip y el eslogan "Lutos en el día". Lo curioso es que el apellido catalán Masip equivale en castellano a mancebo (aprendiz de un oficio) y viene del latín clásico mancipium (esclavo). Este negocio familiar empezó en Burgos allá por 1910 y se estableció en Alicante en 1971. La cuarta generación volvió al oficio en la crisis, tras haber cerrado en 2011 por jubilación.
Ahora las tintorerías se dedican a la limpieza de la ropa de vestir, pieles, textiles del hogar y alfombras. Pero a principios del siglo XX y, sobre todo, tras la guerra civil, las tintorerías hicieron honor a su nombre. porque para guardar el luto obligatorio por la muerte de un difunto (de uno a tres años según el grado de afinidad). las familias, sobre todo las pobres que apenas contaban con ropa de quita y pon, se veían obligadas a teñirla de negro. La ironía es que esas prendas, desteñían al lavarlas, de modo que las vestimentas negras pasaban a ser de un gris desvaído, demostrando que no habían sido compradas para la ocasión sino apañadas para salir del paso. La costumbre del luto estuvo muy arraigada en la vida española, sobre todo en la rural, hasta los finales de los sesenta. ¡Qué alivio que esta imposición social haya desaparecido y que cada uno de nosotros lleve el dolor de la pérdida de un ser querido como quiera!