jueves, 29 de septiembre de 2016

¡Vivan las canas!

La presión social que se ejerce sobre las mujeres mayores que deciden dejarse su pelo al natural es tremenda.  “Las canas hacen interesantes a los hombres y viejas a las mujeres”, oímos desde muy pequeñas en boca de los perpetuadores del machismo. Así que nos aferramos al tinte como a un talismán de la juventud, sometidas a la tiranía de retocarnos continuamente el pelo que crece inmisericorde a razón de un centímetro al mes, lo que dificulta el camuflaje y prende nuestra cabellera de increíbles colores que pretenden ser naturales cuando solo se asemejan al pelo artificial de las muñecas de nuestra infancia. Es bien sabido que las canas se reparten en las familias de forma aleatoria por edad y carga genética y no están unidas forzosamente a la senectud. Antes no se ocultaban, inspiraban respeto, eran señal de experiencia y sabiduría, aunque siempre fueron denostadas por los poetas que nos hablaban del ocaso, del tiempo airado, del viento helado. Pero las canas son como la tarde al día, como el invierno al verano, el nácar que nos envuelve dándonos más valor, nieves perpetuas que nos alimentan.
Ni estamos más jóvenes ni más guapos por teñirnos el pelo. Tenemos la edad que tenemos, es decir, la que sentimos. No podemos recuperar lo que antaño nos perteneció. Siempre me vienen a la memoria imágenes patéticas de esta impostura: la última escena de la película Muerte en Venecia donde a Dick Bogarde se le derriten al mismo tiempo la vida y el tinte en forma de goterones negros, mientras observa la turbadora imagen del efebo Tadzio en la playa;  un matrimonio amigo que compartía el mismo tinte pelirrojo que les convertía en extraños hermanos; y  la imagen patética de un presidente del gobierno de nívea barba y reluciente pelo negro.


Durante diez años he estado tiñéndome el pelo para no oír las voces juveniles que asocian la cumbre nevada a la vejez y me prometí que dejaría de hacerlo cuando me jubilase. La sublime decisión la tomé en solitario, desoyendo los consejos de todas las peluqueras, deseosas de que su oficio no desapareciese,  que me hablaban de terrores sin fin. El paso me daba miedo, pero una de las alergias raras en mi cuero cabelludo ha sido el detonante. Llevo tres meses sin pisar la peluquería y día a día he ido observando con sorpresa cómo brilla en mi cabellera un penacho de cabellos blancos con un fulgor hasta ahora escondido. Ya puedo decir que las nieves del tiempo platearon mi sien, que peino canas y, lo mejor, puedo echar una cana al aire. Además, ahora el pelo gris está de moda porque modelos y cantantes jóvenes se tiñen de este color como un símbolo de modernidad para ir contra corriente.
¡Vivan las canas que nos libran de las cadenas de la servidumbre de los prejuicios!