lunes, 20 de junio de 2016

Novelistas buenos y malos, Pablo Ladrón de Guevara

La literatura nunca le ha gustado a la Iglesia. Primero fue el «Índice de libros prohibidos», o «Index librorum prohibitorum et expurgatorum», y luego, cuando este desapareció o cayó en desuso, algunos clérigos publicaron unos cuantos libros para tratar de salvar nuestras almas impidiéndonos leer cualquier libro importante. Hoy esos libros son un documento impagable para conocer de primera mano las obsesiones, manías y fobias de estos censores que solo pueden mover a risa a un lector del siglo XXI. Entre estos libros destacan el del franciscano Amado de Cristo Burguera, Lecturas nocivas y lecturas útiles, y sobre todo el de Pablo Ladrón de Guevara (1861-1935) que condenaba a sus lectores a no poder leer prácticamente ningún libro importante. Este jesuita escribió en  1910, en Colombia, un famoso libro en el que atacaba, no desde un punto de vista literario sino con criterios exclusivamente morales, ideológicos y conservadores, toda la narrativa progresista extranjera, española e hispanoamericana: Novelistas malos y buenos juzgados en orden de naciones, 288 españoles, 97 hispanoamericanos, 24 portugueses, 65 italianos, 1178 franceses, 148 ingleses, 28 alemanes, 65 rusos, belgas, escandinavos y cuya cuarta edición (1933) recogía más de 3000 autores que nunca leyó y demonizó usando los adjetivos: inmundo, impío, herético, abominable, incrédulo, blasfemo, hediondo, inmoral, obsceno, deshonesto, lascivo, lujurioso, indecente, cínico, voluptuoso, sensual, aberrante...
En esta obra ataca entre otros a Azorín (que luego fue conservador) llamándolo “no recomendable por las ideas” y sobre todo a Pío Baroja, al que "no le cuadra el nombre de Pío, sino de impío, clerófobo y deshonesto” y cuya novela El árbol de la ciencia calificó de “inmoral, de malas ideas, desesperante y el remedio es el suicidio”. De su Camino de perfección indicó que era un libro “inmoral, blasfemo, hay pasajes deshonestos, da coces contra un colegio de monjas y sobre todo contra obispos, canónigos y curas; es brutal; contra los ejercicios de San Ignacio también se dispara”. No se salvaba de la quema ni Pedro Antonio de Alarcón, a pesar de que escribió a favor de los jesuitas y de que incluso tenía un hijo en la Compañía de Jesús, del que aseguraba que producía en los jóvenes tal «calentura infernal» que les conducía a caer en pecado mortal, ni Rubén Darío («muy malo en ideas y en moral»); La Regenta le parecía llena de «porquerías, vulgaridades y cinismos» y el Guzmán de Alfarache, de pasajes inmorales y deshonestos."
Los escritores extranjeros tampoco se libraban de su dedo implacable y justiciero:
Hugo, Víctor (1802-1885). De  Besanzón. Poeta dramático, novelista. Anduvo de muchacho con su padre, general de Napoleón, por España e Italia. En su prosa y versos abundan las blasfemias, las calumnias contra la iglesia, contra el papa, obispos y clero. Con frecuencia habla de modo que parece un loco, o más bien poseído del demonio. Muy inmoral y fatalista.
Maupassant, Guy de (1850- 1893) Nació en el Castillo de Miromesnil y murió en París después de dos años de enfermedad y locura, habiéndose antes dado al espiritismo. Discípulo del tan deshonesto Flaubert, se distingue por una falta completa de sentido moral y por un pesimismo que lleva a la desolación y el desconsuelo del alma. Realista extraordinariamente sensual, licencioso y, con frecuencia, bestial.
En fin, como  afirmaba Luis Carandell, "una excelente guía literaria al revés". Creo que los que amamos la literatura debemos estar agradecidos al padre Ladrón de Guevara, porque no hay nada mejor que prohíban un libro para que te entren unas ganas tremendas de leerlo y así condenarte al infierno poblado de gente tan interesante como esos escritores. En mi infancia me llegaron los ecos del impío don Pío y fue uno de los primeros autores que leí en la adolescencia.

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1 comentario:

Almanaque dijo...

Efectivamente, dan enormes ganas de leer o releer a algunos de los escritores prohibidos para condenarnos por siempre a los fuegos eternos.

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