domingo, 26 de abril de 2015

El próximo instituto: Abel Martínez

Abel Martínez ha sido abatido a la puerta de un aula por un alumno.  Yo también solicito que el próximo instituto que se construya lleve su nombre.

“EL MUNDO”, viernes 24 de abril de 2015
HOMENAJE A UN PROFESOR HÉROE
       Sr. Director:
            Se llamaba Abel Martínez, pero eso a casi nadie le interesa. Era, según dicen, de Lérida y tenía 35 años. Trabajaba como profesor de Historia en un instituto de Barcelona y murió en acto de servicio. Cayó abatido a la puerta de su aula, cuando acudía a poner orden en un incidente escolar. Fue muerto (¿podré decir asesinado?) por un estudiante incontrolado del que lo sabemos casi todo y por el que todo el mundo –desde jueces a periodistas, pasando por psicólogos y políticos- está muy preocupado. Nadie sabe nada (ni importa, al parecer) de Abel y su familia, de sus padres o hermanos, de su novia o tal vez de sus hijos.
                Era un profesor. Si hubiera sido un militar caído en lejanas tierras, habría ido a buscar su cadáver el ministro del ramo, se le habrían hecho honores de Estado y seguramente le habrían condecorado con distintivo rojo o amarillo, vaya usted a saber. Pero Abel era, simplemente, un profesor. Un profesor interino, para más inri. El primer docente muerto en las aulas en nuestro país no se merece el oprobioso silencio, el incomprensible ninguneo que le han dedicado los medios de comunicación. Así que solicito desde aquí que el próximo instituto que se inaugure en España lleve el nombre de Abel Martínez, y que se conceda al profesor leridano, a título póstumo, la Cruz de Alfonso X el Sabio.
                                                                                                Luis Azcárate Iriarte.  Pamplona


Abel Martínez Oliva fue un héroe, pues como tal murió. Estaba impartiendo su clase, junto a otra en la que escuchó un gran alboroto. Salió para intentar arreglar la situación y se lo pagaron matándolo de una puñalada en el abdomen. Si hubiera sido más egoísta y se hubiera escondido seguiría con nosotros. Todos los periódicos hablan del precoz homicida y de sus traumatizados compañeros. Yo me acuerdo de Abel. Él fue la verdadera víctima de este sinsentido. ¿Es que acaso una vida de 35 años vale menos que una de 13? Proteger a los menores no es darles carta blanca. Me resulta imposible asimilar que alguien cometa el peor de los crímenes, el homicidio; privar a otro de la vida, de todo, y que eso no tenga ninguna consecuencia penal. Abel tenía padres, familia, amigos, puede que pareja y muy bien podría haber tenido hijos. Ya no le queda nada. Su muerte quedará impune y se dirá que lo mató un menor, que lo mató un enfermo. ¡Qué socorrida resulta la enfermedad para explicar lo inexplicable! Enfermedad es el nuevo eufemismo de maldad. Y los profesores seguirán siendo la diana de adolescentes que no tienen nada que perder.— Javier Guijarro Martínez. Molina de Segura, Murcia.

viernes, 24 de abril de 2015

El secreto peor guardado

“Para terminar, una confesión: los artículos los escribes tú, ¿verdad, pillina? como hacías con nosotros y luego repartes los nombres de los chavales aleatoriamente, porque me extraña que un rumanito escriba así de bien jejeje. Oye ojalá me equivoque y sea de verdad; pero... Mari, ya nos conocemos jajajaja.”
Su alumno David había descubierto una parte de la verdad, que siempre tiene mil caras. Se lo comunicó por e-mail cuando ella le pidió permiso para referirse a su blog en el periódico de los estudiantes de un prestigioso y reconocido periódico. Llevaba años participando en el concurso, preparando los temas, diseñando las páginas,  pidiendo la colaboración de sus alumnos y obligándoles a escribir una y otra vez los textos, hasta que estuvieran decentes. Empleó mucho tiempo libre y perdió muchas batallas. Nunca les dieron un premio, pero ella se sintió ganadora de la guerra final: muchos alumnos se entusiasmaron, colaboraron bien y descubrieron de esta manera el gusanillo de la escritura. De eso se trataba, de que se acercasen al mundo de la prensa y se interesasen por todo lo que había a su alrededor. Era consciente de que los profesores de los otros centros del concurso hacían lo mismo que ella, se servían de sus amistades para conseguir entrevistas que nunca hubiesen pasado por la mente de un adolescente y se rompían la cabeza buscando historias originales. El último  año, en el anuncio de los semifinalistas a toda plana del periódico, el de su instituto de Madrid estuvo en primer lugar y, en los premios nacionales, misteriosamente había pasado a un segundo. Se enteró de que una profesora, que había sido cocinera antes que monja, es decir, que había hecho lo mismo, la había delatado sin pruebas. Esta vil acusación consiguió que ninguna de las dos optase al premio final. Fue una gran injusticia, porque ese año sus alumnos redactaron ellos solos el mejor periódico y apenas necesitaron ayuda.

jueves, 23 de abril de 2015

"Fu de erretas" y el corrector impenitente

Maestro de la ortotipografía. Dotado de una vasta cultura, experto en griego y latín. Solitario e implacable, donde ponía el ojo veía la errata. Era un zahorí de errores, detector de fallos de racord, sabueso de faltas de ortografía, buscador incansable de antropónimos y topónimos mal escritos y peor situados. Dotado de una sensibilidad extrema para captar equivocaciones, descubrir incongruencias subterráneas y  muletillas metalíferas que encontraba en cualquier sitio: en  la portada de un libro, en una nota al pie de página, en la bibliografía, en el índice, porque no hay peor corrector que el propio autor y cuatro ojos ven mejor que dos. Daba igual que el texto fuese manuscrito o  mecanografiado, autocorregido por word. Llegó a asumir las  funciones de un negro literario haciendo legibles textos infumables. Su paciencia era infinita, tanta como el malestar que creaba a su alrededor: el rojo utilizado en las correcciones acababa tiñendo también las mejillas avergonzadas de sus amigos escritores. Desempeñó este oficio no remunerado y poco reconocido unos pocos años. Lo abandonó súbitamente porque no pudo perdonar a la editorial el terrible fallo de titular "fu de erretas" la página de papel con las equivocaciones que su informático había creado. 

martes, 14 de abril de 2015

La Marañosa en los sesenta

 La finca La Marañosa, situada en el término municipal de san Martín de la Vega, es en la actualidad un Instituto Tecnológico Militar, cerrado al público general.  A finales de los años cincuenta y principios de los  sesenta constaba de una fábrica de pólvoras y un laboratorio militar, creados en 1923, además de viviendas para jefes, oficiales y obreros. Allí, entre pinares y canteras, transcurrió la mayoría de mi infancia,  hasta que mi padre pidió el traslado a Madrid, cuando yo tenía once años. Mis recuerdos de aquella época son confusos porque era una niña retraída que se aislaba en su propio universo y no se enteraba de lo que pasaba a su alrededor.
Los oficiales vivían agrupados en un recinto dotado de escuela, centralita, iglesia, salón de actos, botiquín, abastecedora (tienda de comestibles), bar, campo de fútbol y casino (el imperio). La mayoría de los obreros residían en El Poblado. La Fábrica y el Laboratorio estaban un poco retirados, supongo que para evitar posibles peligros. La comunicación con Madrid era diaria por medio de autobuses que dejaban en Cibeles y en Atocha.
Las viviendas unifamiliares de los jefes de más graduación constaban de tres pisos y disponían de un jardín y un huerto; el nuestro tenía un gallinero e incluso un estanque para patos vacío, que cuidaba nuestro asistente Pedro, un hombre de campo que invariablemente desayunaba pan y leche. No pasábamos frío porque había calefacción central y en verano había una piscina inmensa que hacía las delicias de todos a pesar de su color verde sospechoso. En la Escuela Nacional aprendí mis primeras letras con doña Concha, lo que no era fácil,  porque no había bolígrafos y escribíamos con plumín y tintero. Detrás de nosotras se encontraba un recipiente con la leche en polvo de los americanos y, delante, el mapa de España con 54 provincias, incluidas Guinea, El Sáhara y Sidi Ifni.



En la mesa de la profesora descansaban los rostros exóticos de las huchas del Domund 
(un chino, un negro y un indio), rasgos difíciles de encontrar en la vida cotidiana. El desván de la casa era mi territorio mítico y allí, entre cachivaches viejos y trapos para disfrazarme, daba rienda suelta a mi imaginación. Si tuviese que poner un nombre a aquellos años lo haría con la palabra libertad: hacía lo que me daba la gana. Siempre entraba y salía de casa a mi antojo, sin ningún miedo y sin pedir permiso. No había ninguna puerta cerrada. Me encantaba columpiarme en el jardín y recoger los huevos que ponían las gallinas al atardecer.
Cuando mis padres volvían de Madrid, siempre me traían algo, casi siempre un tebeo y caramelos de la Viuda de Solano.  Era bastante patosa, solo me gustaba el agua, aunque de un año para otro se me olvidaba nadar. No aprendí a tirarme de cabeza del trampolín más alto ni a jugar al baloncesto ni a montar en bici como lo hacía mi hermana. Fue un tiempo feliz, de aprendizaje, en el que mis padres eran jóvenes y disfrutaban en reuniones con amigos y partidas de cartas en el casino.

Los recuerdos inconexos aparecen como diapositivas en blanco y negro. Mi primer yogur Danone, muy ácido y en envase de cristal,  en el que era toda una aventura mezclarlo con el azúcar. Los helados de vainilla, que no pasarían en la actualidad ningún control sanitario, que traía las tardes de verano un hombre en una vespino con sidecar. Los primeros pantalones que solo llevaban las modernas. La televisión en la que pude ver el asesinato de Kennedy. Las películas de la Gran Vía de Madrid donde mi padre nos traía en verano una vez a la semana y que cuando salía, deslumbrada por las luces, no sabía nunca qué dirección tomar. Los cortes de luz. El horror que sentía cuando veía como cortaban la cabeza a las gallinas del corral.  Los regalos de Reyes que nos daban a todos los niños. Las películas, casi todas de vaqueros, de los sábados por la tarde y los cortos del dúo cómico el Gordo y el Flaco que ponían a los aprendices por la mañana. El soldado que venía con la comida en una bandeja tapada con un paño para que mi padre le diese el visto bueno. La vacuna de la polio en "Ca Matamoros". El gato que se comió al periquito que era mi mascota. La deliciosa mermelada de albaricoques, recién cogidos del árbol, que elaboraba mi madre, una cocinera estupenda. Los melones que mi padre se empeñó en cultivar aunque todo el mundo decía que era imposible, que en esa tierra no se daban; lo consiguió, salieron pequeños y deliciosos. El recadero que en una cesta de mimbre traía todos los días  la compra desde Madrid. Las visitas de Carmen, que nos había cuidado de pequeñas, con sus hijas. El belén en el hueco de la chimenea con su falso río de plata y su verde musgo recién recogido. Mi amiga Carmen Gutiérrez. El esplendor de los lirios, los pétalos de los geranios que utilizaba como uñas postizas y las lentas filas de la procesionaria del pino. La nevera panzuda importada que acabó sus días funcionando con unos pulpos a modo de tirantes y la lavadora que ni aclaraba ni centrifugaba. La infernal cocina de carbón. El cine de verano al aire libre con un ruido de pipas ensordecedor. Cabria y Maldonado, factótums de la vida cotidiana. El primer tocadiscos de mi hermana. Las chocolatadas a ciegas y las carreras de sacos para paliar el frío de las fiestas de santa Bárbara...
Todo acabó cuando nos vinimos a Madrid, a un piso que se nos hacía pequeño, donde mi madre se hacía morados en los brazos con los picaportes porque no calculaba las distancias y yo no podía salir a la calle sola. Solo las mañanas que pasaba en el museo del Prado del brazo de mi padre y la lectura de libros me rescataban del soberano aburrimiento de vivir encerrada.

He intentado buscar información en internet sobre La Marañosa en aquellos años y no he encontrado prácticamente nada. La fábrica fue demolida y muchos de sus objetos están en un Museo de Ingeniería Militar. Apenas unas fotos del imperio que ahora es un instituto de secundaria bilingüe. 
No he querido volver nunca, porque sé que todo me parecerá pequeño y muy cambiado. Es una asignatura pendiente que no aprobaré.

Casarrubuelos, vergüenza ajena y propia

Me parece inaceptable que los profesores de un colegio de la Comunidad de Madrid hayan utilizado el WhatsApp para verter comentarios vejatorios sobre alumnos y padres del centro. Entiendo que hayan sido sancionados, es un problema interno.  Pero lo que no entiendo es por qué esos comentarios desafortunados del ámbito privado han pasado al espacio público. Lo que se dice fuera de contexto, solo sirve para avergonzarnos a todos.  En la naturaleza humana está el errar, que los medios de comunicación se hagan eco de ello con tanto detalle, me parece una exageración y no un ejemplo de transparencia. Los trapos sucios hay que lavarlos en casa, analizar las causas y ponerles remedio. Ya se demonizó injustamente por parte del PP a los profesores de la Pública por ser unos jetas y ahora lo hacen por ser unos deslenguados. Ya está bien. Si a un colectivo le aprietas tanto las tuercas, surgen estos problemas. Hay un tufo de venganza podrida. ¿Por qué se considera aceptable que alguien en un buzón de forma anónima destape la tapa de las alcantarillas? Yo no quiero saber el contenido de esas conversaciones como antaño no quise ver el vídeo erotico de un conocido periodista y me fastidió tener que oír las lamentables conversaciones de las cintas de los teléfonos pinchados. 

domingo, 12 de abril de 2015

Bento: táper en el museo Cerralbo

En una visita al museo Cerralbo me he encontrado, entre la infinidad de objetos que hay, con uno sorprendente: bento, un  juego de contenedores empleado para almacenar y transportar comida preparada para su consumo. El uso de cajas o recipientes apilables se inició en Japón hacia 1610. No me cabe la menor duda, que esos cofres tradicionales de madera lacada, son los antecedentes de los famosos táper,que por ser apilables se diferencian de nuestras tarteras tradicionales. Táper, plural táperes, es la adaptación española del anglicismo tupper, que hace referencia a los recipientes de plástico popularizados por la empresa Tupperware.

sábado, 4 de abril de 2015

Desnudo en la bañera, Bonnard y John Banville


En la novela El mar del irlandés John Banville, el protagonista está trabajando en una biografía de Bonnard, en un momento del libro hace este recordatorio del origen de algunos de sus cuadros más famosos, los de la serie Desnudo en bañera. En la página 131 describe uno de ellos:

Desnudo en la bañera con perro

Se la ve echada, en colores rosa, malva y oro, una diosa del mundo flotante, estilizada, intemporal, tan muerta como viva, y junto a ella, sobre las baldosas, su perrillo marrón, su pariente, un perro salchicha, creo, enroscado y vigilante sobre su alfombrilla o lo que pueda ser ese cuadrado de escamas de sol que llega desde una ventana invisible. El angosto cuarto de baño que es su refugio, vibra a su alrededor, palpitando en sus colores. Los pies de Marthe, el izquierdo tensado al extremo de su pierna imposiblemente larga, parecen haber deformado la bañera haciéndole asomar un a protuberancia en la punta izquierda y debajo de la bañera, en ese lado, en el mismo campo de fuerza, el suelo tampoco queda alienado, y parece a punto de derramarse a la izquierda como si fuera no un suelo, sino una piscina en movimiento de agua moteada. Aquí todo se mueve, se mueve en la quietud, en un silencio acuoso. Uno oye caer una gota, una onda en el agua, un suspiro que queda flotando. En el agua hay  un trozo rojo óxido, junto al hombro derecho de Marthe, que podría ser óxido, o sangre incluso. Tiene la mano derecha sobre el muslo, inmóvil en el acto de la supinación, y me acuerdo de las manos de Anna sobre la mesa aquel día en que volvimos de ver al señor Todd. ( ...)

Un buen ejemplo para hacer descripciones de cuadros en clase.

viernes, 3 de abril de 2015

Revista FA-MA, Fábrica La Marañosa (1952-54)


El síndrome de Diógenes debe ser hereditario, porque a mis papeles atascados se han unido los de mis padres. He encontrado los treinta y un ejemplares del periódico FA-MA de la fábrica militar de La Marañosa de Santa Bárbara, publicados desde del 17 de octubre de 1952 al 25 de junio de 1954. No tenía ni idea de que existiese esta publicación, mi padre, Trinidad Cuéllar Caturla, no me habló nunca de ella. Francisco Lanza Gutiérrez fue el fundador y director hasta el número 22, en el que mi padre, entonces comandante,  se hizo cargo de la dirección como había hecho antes sustituyendo las ausencias del fundador. La mayoría de los colaboradores pertenecían al cuerpo de Armamento y  Construcción. La revista, sin imágenes, tenía al principio una periodicidad quincenal,  constaba de cuatro páginas y, a veces, seis u ocho. Pasó por varias fases, desde falta de colaboración hasta exceso. El título es la abreviatura, sui generis, de Fábrica Marañosa, "titulo bonito, sonoro y audaz".

Directores: D. Francisco Lanza Gutiérrez y Trinidad Cuéllar Caturla
Redactores: D. Amador Porres; D. Antonio Casado Gómez, D. Maximino Antón Mínguez; D. Ramón Álvarez Gil; Francisco Chicote, Tomás Martínez Rodríguez y Félix Pérez.
Tipógrafo: D. Alfonso Jiménez Ortega.
Impresor: D. Venancio Mota Álvarez



Tal vez en esta foto tomada en La Marañosa del 4 de diciembre de 1952 estén muchos de los redactores. Solo reconozco a mi padre en la segunda fila a la derecha.

En el primer número figura escrito a mano una tirada de 200 ejemplares a un precio de 55 pesetas.
Las colaboraciones debían cumplir los siguientes requisitos:
1)Tema libre, pero con preferencia los de carácter militar, técnico y humorístico.
2) Escritura clara y limpia a ser posible a máquina.
3) Extensión máxima tres cuartillas a doble espacio y por una sola cara.
4) El articulo o trabajo debe venir firmado por su autor aunque para su publicación se use seudónimo
5) Admitimos artículos o resúmenes extraídos de otras publicaciones siempre que se cite su procedencia
La finalidad de la revista era colaborar en una empresa que reflejase las preocupaciones de la comunidad. Dar información, divertir y "poder revivir las alegrías de nuestros amigos".
El balance del primer año de existencia fue el siguiente: "410 trabajos, 29 redactores y colaboradores, 105 artículos de temas varios: anécdotas y chistes, jeroglíficos y pasatiempos, poesías, notas editoriales, anuncios, cartelera de cine y advertencias". Curiosamente,  en el nº 9,  se hace un llamamiento a que las mujeres escriban y lo hacen en el siguiente.
Cuéllar introdujo temas filosóficos y animó a participar también a los maestros y a los obreros. "Un periódico de todos y para todos". En el último número se augura el final: han desaparecido los fundadores y se ha perdido el entusiasmo. "Sin colaboradores no habrá periódico. Si el periódico se hunde, la culpa es de todos" ("Reflexiones").
Me temo que los que colaboraron en este proyecto, tan idealista y extraño para la época, han desaparecido. Los ejemplares que poseo deberían estar en una hemeroteca. Solo he escaneado (muy mal, por cierto, no sé hacerlo mejor) el primer número para tener una idea de la publicación. Quien esté interesado que se ponga en contacto conmigo. También incluyo un programa de fiestas de 1953.