miércoles, 3 de diciembre de 2014

Viudo de su amante

Llevaba tiempo sin saber de ella y la llamó al teléfono móvil sin obtener respuesta. Unos días después una voz desconocida contestó desde el mismo número: “No sé quién eres, pero mi hermana ha muerto de un derrame cerebral y ya la hemos incinerado”. En ese momento deseó que la tierra se lo tragase, que fuese una pesadilla, una equivocación. La difunta, su amor de juventud, acababa de cumplir sesenta y seis años y, aunque no gozaba de buena salud (múltiples visitas al médico y varias operaciones lo atestiguan) nada hacía presagiar este desenlace tan rápido. Él siempre había pensado que un plato desportillado  era un plato eterno, que muchas de sus enfermedades eran imaginarias,  producto del duelo que mantenía con la vida porque sus expectativas nunca fueron cubiertas. Era tan exigente que pocas veces fue feliz. De repente, su cerebro se convirtió en un hervidero de recuerdos: el encuentro de dos jóvenes profesores en el instituto celebrando la muerte de Franco que dio lugar a una amistad íntima;  el tiempo del amor pasional que se había transformado en un cariño incondicional, cargado de reproches por parte de ella que no comprendía su cobardía a la hora de terminar con la farsa de su matrimonio. Muchas veces, a horas intempestivas, había recibido llamadas acusándole de ser el causante de todos sus males, de no haberla comprendido y, sin embargo, sabía que él era su único confidente incondicional,  la persona que soportaría estoicamente todos sus vaivenes porque la había amado de verdad, aunque fuese de una forma escasa y puntual. Ahora era por primera vez viudo de una mujer que había sido su amante hacía más de veinte años. La vida que le quedaba no volvería a ser igual que antes. Ahora tendría mucho tiempo para luchar contra sus fantasmas, para pensar en la cabeza, como decía su madre. 

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