sábado, 8 de febrero de 2014

Esguince mental

Lo complicado que es el cuerpo humano, casi tanto como la mente. Basta con que alguno de sus tornillos o cuerdas vaya mal para que se resienta todo el engranaje. El esguince se complicó y trajo de la mano una tendinitis del tendón de Aquiles.  Cuando ando, me duele también la rodilla y la cadera.  No puedo bajar las escaleras y tengo instalado un dolor insistente en mis ternillas. Me tuvieron que hacer una resonancia magnética para ver el alcance de mi lesión un domingo por la tarde (ahora los centros privados se parecen  a un todo a cien de los chinos, abiertos todos los días del año). Cuando llegué, me quedé perpleja: había un pulmón de acero como los de mis pesadillas de la infancia, después de haber visto una película donde la protagonista se contagiaba de esa temible enfermedad llamada poliomelitis. Menos mal que mi esguince era de tobillo y el aparato se detuvo a la altura de mi cintura, dejándome respirar al ritmo de mi corazón palpitante. El auxiliar, muy amable,  me dio unos auriculares para mis oídos, pero cuando me los puse no funcionaban.
-Por favor, los auriculares no van, no se oye música.
-Señora,  es que solo sirven para tapar los oídos.
Ya estaba la Maritú metepatas, la que lucha continuamente entre la realidad y el deseo, atrapada entre unos auriculares que no servían para oír música, sino para amortiguar los sonidos espeluznantes de la máquina infernal.  El auxiliar me pareció menos amable.
Ahora voy a rehabilitación: magnetoterapia y ultrasonidos en un self-service de la Gran Vía, donde yo misma me doy con los aparatos, sin que a nadie le importe cómo va mi tobillo. A la vuelta estoy tan cansada como si hubiese corrido la maratón de Nueva York. Poco a poco voy notando pequeños avances, pero todavía hay movimientos que no puedo hacer y me ha quedado un miedo atroz a que se vuelva a repetir. Voy a paso de tortuga sorteando baldosas mal puestas, empedrados decimonónicos, bordillos exagerados, alcorques de árboles inexistentes  y otras trampas del castigado asfalto de Madrid, con miedo a convertirme en uno de los venerables ancianos que comparten  mis aparatos. Esta pasividad me tiene loca, si mi cuerpo está así, ¿cómo estará el disco duro de mi cerebro?.

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