sábado, 18 de mayo de 2013

Eufemismos de la crisis

Interesante artículo de "El País": No digan recortes, llámenlo amor 


Las otras palabras de la crisis ("20 minutos")
PAGO (Repago) Entre los recortes  aplicados al sector  farmacéutico se habló de copago. Pero los ciudadanos pagan dos veces,  con los impuestos y en la farmacia, sus medicamentos.
MOVILIDAD EXTERIOR (Fuga de cerebros) La ministra de Empleo, Fátima Báñez, se refirió como «movilidad exterior» a la salida de jóvenes al exterior en busca de oportunidades.
VEHÍCULOS DE LIQUIDACIÓN DE LARGO PLAZO (Banco malo) Cinco palabras para evitar otras dos que el Gobierno intentó esquivar el mayor tiempo posible.
MEDIDAS EXCEPCIONALES PARA INCENTIVAR LA TRIBUTACIÓN DE RENTAS NO DECLARADAS (Amnistía fiscal) A esas medidas se refirió el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, el mismo día en que de la presentación de los Presupuestos de 2012.
FLEXIBILIZAR EL MERCADO LABORAL (Despidos baratos) Así se presentó la reforma laboral, que se interpretó como despidos más baratos.

La escalera interminable

Apenas jubilado, fue consciente de su decadencia. En un café le robaron, sin que se diese cuenta, el reloj Omega que había permanecido en su muñeca desde que se casó. Fue la primera de una serie de pérdidas a las que asistió con una mezcla de rabia y frustración. Trabucaba los nombres. Farfullaba sin que le entendiesen. Cometía faltas de ortografía. Él, que era matemático, se quedaba en blanco al hacer una suma. Vagaba por la casa sin saber dónde se encontraba. Buscaba objetos que desaparecían misteriosamente. Se volvió taciturno y silencioso, el más tonto de los tontos. Se deslizaba inexorablemente por una interminable escalera de pequeñas ausencias y olvidos.
Su ritmo de vida se hizo más metódico y predecible. Todos los días hábiles a la misma hora, periódico en ristre,  acudía al hermoso edificio de la Bolsa de Madrid para estirar las piernas y de paso observar in situ los movimientos azarosos de los pocos ahorros que había conseguido. Un día espléndido del mes de marzo, junto a las columnas hexástilas del pórtico, buscó en su bolsillo las monedas que tenía preparadas para su mendiga particular y se acordó extrañamente del chiste que le contaba a su hija, el del tonto más listo del pueblo que escogía los céntimos y no el duro, porque así se aseguraba un dinero mientras se extendía su fama por la comarca. Después de pagar este peaje cotidiano y oír el consabido piropo: “Adiós, guapo”,  el sol le cegó. Fulminado por un rayo interno, se desvaneció mientras sentía una inundación relajante en su interior y caía a cámara lenta 
 como un pelele por la escalinata interminable. Los cuatro relieves que representan el Comercio, la Industria, la Agricultura y la Navegación asistieron mudos al tránsito. 

miércoles, 15 de mayo de 2013

Tu perfume embriagador

La atraía más que una tarta de chocolate.  Daba vueltas ciegas a su alrededor como una polilla ante la luz, notaba que un inexistente imán la acercaba a su cuerpo más de lo que dictan las buenas costumbres. Era su olor lo que la subyugaba, un perfume embriagador (tatatatatataaaaa que decía la canción de El Padrino) que le hacía quedarse en éxtasis con cara beatífica. Le atraía más su olor que su sonrisa, la fragancia que exhalaban sus poros más que su generosidad, el aroma percibido más que su sentido del humor, la vaharada de sensaciones más que su inteligencia. Lo notó nada más darle la mano y lo percibía todas las mañanas cuando le veía por los pasillos, incluso cuando se confundía con el olor de la tortilla de patatas del desayuno. Unas veces henchida de satisfacción y otras herida de hiperestesia vagó todo un año husmeando ese efluvio atávico destilado con feromonas y masculinidad. Envidiaba a la mujer que se bañaba en ese prodigio todos los días y que seguramente era el origen de esa esencia artificial. Pasado un tiempo se lo encontró por casualidad y en un beso de rutina recordó todas las sensaciones pasadas. Armándose de valor, por fin,  se atrevió a preguntar como quien no quiere la cosa:
-       -  ¡Qué bien hueles! ¿Qué colonia utilizas?
Sorprendido, le respondió: Massachusetts. Con esa estrambótica marca por botín,  se fue inmediatamente a pedir la droga más dura que había inhalado. Cuando llegó a casa se la regaló al hombre de su vida y todas las noches ponía la nariz en su hombro para sentir la más absoluta plenitud.

domingo, 12 de mayo de 2013

¡Cómo odio a mi endocrino!


La sala de espera del endocrino es la antesala de la depresión, el calvario de la autoestima, el sepulcro de los placeres, el cadalso de las menopáusicas. Allí las pacientes arrastramos lastimeramente kilos de infelicidad y de colesterol como Sísifo empuja su enorme piedra.
El colesterol me apareció a los veintipocos años en un análisis rutinario. No me sorprendió, en mi familia se han dado casos de esta enfermedad genética y silenciosa. Hice régimen estricto, entonces estaba delgada y la comida era algo secundario para mí, pero la cifra no bajó y  empecé a tomar pastillas, una servidumbre eterna que te obliga a tener una sensación lacerante de cometer pecado mortal cada vez que comes embutido o un huevo frito, cosas simples y placenteras. En estos años me han tocado todas las modas restrictivas sobre el colesterol: al principio el pescado azul estaba prohibidísimo, igual que los frutos secos, y  ahora lo aconsejan. No hay duda, estos palos de ciego solo sirven para beneficiar a las multinacionales farmacéuticas, porque yo no tengo muy clara la relación entre hipercolesterolemia familiar y enfermedades coronarias.
A los cuarenta me diagnosticaron hipotiroidismo y mi colesterol llegó a la alarmante cifra de 500.  A partir de entonces me lo tomé más en serio y empecé a ser asidua a los endocrinos. Hasta ahora llevo dos: el primero, el doctor Chorra,  un impresentable que hablaba por teléfono mientras te desatendía y que intentaba sacar dinero para compensar, supongo, lo que no le pagaba Asisa, por medio de estudios del índice de masa corporal,  pastillas saciantes a precio de caviar beluga o un curso prescindible sobre colesterol. Lo abandoné a los diez años y me fui con otro,  el doctor Alacana que tiene una extraña forma de atrapar a las enfermas: te obliga a un análisis cada cuatro meses si has sido buena y tus niveles han bajado; si has sido mala, cada mes y medio. Su régimen es tan rutinario e insoportable como la propia vida: verduras, carne y pescado a la plancha, sin un ápice de imaginación. Siempre pregunta: "Cómo está usted" mientras lee tus análisis y te fulmina con una acusadora mirada desde su colosal altura. Tus problemas, tus dudas le traen sin cuidado, solo se oye un silencio vergonzante mientras firma un nuevo volante. Su consulta es un trajín de mujeres entrando y saliendo y ninguna de ellas está gorda.  ¿Por qué solo van mujeres? ¿Por qué no hay gordas? Me lo he preguntado muchas veces y creo que ya tengo la respuesta: las gordas glotonas no han podido soportar sus reproches, solo se mantienen las super-mujeres con ligero sobrepeso y gran fuerza de voluntad y yo que tengo el síndrome de Estocolmo y lo paso tan mal como cuando iba al colegio de monjas. ¡Cómo odio a mi endocrino!
Como todas las gordas me he mentido a mí misma y he dicho que como muy poco, que engordo cuando comen los demás a mi alrededor. He hecho de todo en la báscula para pesar menos que la vez anterior: ir sin ropa interior y casi desnuda, intentar ponerme en el borde, no desayunar;  pero no ha servido de nada. Cada vez que me peso tengo instalados incómodamente doscientos gramos más en mi cuerpo dispuestos a no abandonarme. En los últimos diez años he engordado diez kilos y  he desarrollado todos los efectos rebote de una dieta aburrida: solo me gustan las comidas grasas y los dulces, odio las frutas y las verduras. Definitivamente, al borde del infarto, como para engordar mi colesterol, ese alien inmisericorde que tengo instalado en mi interior, que me hace pasar hambre y  que se ha apoderado de mi voluntad. Como como mucho, me siento culpable  y como más como para fastidiarlo. Que reviente.
¡Qué envidia me dan las gorditas felices sin colesterol y sin remordimientos!

He encontrado en la red, la viñeta de Forges que aparecía en unas tazas de café de El País: dos muchachas en un bar y la una le susurra a la otra: “El rubio del fondo no te quita ojo”, a lo que la otra le contesta: “Es por mi bocata panceta… es mi endocrino”. Gracias a Rafa García, que hizo la foto. 



De repente llaman a la puerta, Etgar Keret


Ángel, seguro que este libro te gusta por la portada (¿a qué se debe esa extraña obsesión que muestras por las portadas de los libros?) y por el disparatado sentido del humor (como el tuyo)  que rezuma su autor, un judío inteligente. Son cuentos sorprendentes, surrealistas, que ayudan a entretener cualquier momento, incluidos los trayectos del metro.
No soy lectora de narraciones breves, me cuesta entrar en ellas y, cuando lo hago, me da rabia que haya terminado tan pronto; además es difícil encontrar un libro de relatos en los que te gusten todos.

 Si pinchas el enlace encontrarás una muestra.