domingo, 31 de marzo de 2013

El hombre que amaba a los niños, Christina Stead


Leí la crítica que hizo Almudena Grandes en El País y me pedí para mi cumpleaños El hombre que amaba a los niños . Leí el prólogo de Felipe Benítez Reyes y me enfrenté a la novela  como si se tratará de una obra maestra. He tardado más de una semana en leerla y su lectura, a ratos, se me ha hecho insoportable. La novela no ha respondido a mis expectativas, es  repetitiva e incongruente. El estilo de la autora resulta cargante sobre todo en los múltiples diálogos entre el padre y los hijos en los utilizan un lenguaje dadaista. En esta pesadilla kafkiana, el matrimonio tiene mucho odio y  poco dinero; el padre es una mezcla de anarquista nazi que pretende vivir con su extensa familia como en un falansterio; la madre es una Madame Bovary, llena de deudas y de hijos. La hija adolescente del primer matrimonio del marido ejerce de cenicienta vengativa, refugiada en sus amistades lésbicas y en la literatura. Los niños son aparentemente felices en ese nido de cuervos.  Los episodios transcurren sin ningún interés entre escenas de malos tratos. La diferencia social entre los personajes no justifica su comportamiento. Estaba deseando acabarla y cuando cerré el libro, el hedor insoportable de la cocción del pez aguja en Spa House desapareció. Por fin se acabó la pesadilla de crueldad obsesiva y té negro. 

martes, 26 de marzo de 2013

Blue Valentine


Resultado de imagen de blue valentine bloggelesBrillante historia de amorChico guapo, solitario, sensible y un poco simple, se enamora a primera vista de chica lista con un novio bruto y con una familia donde reinan los malos tratos. Ella está embarazada y, en lugar de salir huyendo, se agarra al espejismo del enamoramiento. Seis años después la historia de amor es de desamor, como casi todas. La película utiliza los saltos temporales de modo que hace interesante lo previsibleEl encanto, la diversión y la pasión del comienzo se convierten  en hastío, monotonía, tristeza y pérdida de respeto.  En la habitación del futuro de un motel absurdo comienza el finalAquí también pierden los dos, aunque aparentemente lo haga solo uno, el que quiere vivir tranquilamente sin desasosiego. Los actores, muy atractivos y  perfectamente caracterizados, bordan su papel, aunque su edad actual no encaje con ninguno de los dos segmentos temporales.  El ambiente gris, sin salida personal ni profesional, se pega a los personajes  como la pintura que lleva él adherida a su piel.
Al salir del cine tienes la sensación de que tú también has vivido algo parecido en algún momento de tu vida. A veces, has sido el chico y otras, la chica.

miércoles, 13 de marzo de 2013

Quesada Graciosa: fácil y sabrosa

En el instituto es la tarta que todos hacemos para quedar bien, es muy suave y fácil de hacer (recomendada para los inútiles como yo), gusta a todos. Nos la pasó Gracia Ramírez, profesora de Química. Es la primera receta que pongo en el blog:
Ingredientes:
  • tres quesitos
  • tres huevos
  • brik de nata líquida (200 o 250 gramos) 
  • yogur natural
  • una medida de yogur de harina 
  • Dos medidas de yogur de leche
  • dos o una y medida medidas de azúcar
Se mezcla todo muy bien con minipimer y se vierte en un recipiente plano untado de margarina y harina. Se introduce en el horno durante 20 o 30 minutos. Si se quiere más dulce, hay que sustituir el azúcar por leche condensada.

Gracias, Gracia, por la tarta, por los libros, por tu amistad.  No pude ir ni al tanatorio ni al funeral. Llámalo debilidad, cobardía, comodidad o falta de ganas. Tal vez te fallé. Pero sé, o  quiero creer, que me comprendes.

Adiós, tambucho


Veinticinco años después, por fin, hacía la reforma de su casa. Los recuerdos embalados. El alma por los suelos. Los apuntes en la papelera. La memoria en el olvido. Las fotos a buen recaudo. El suelo, mil veces pisado y fregado, había sido forrado con tarima flotante.  Las puertas de cartón piedra, llenas de rasguños, eran ahora de un blanco resplandeciente. Los sanitarios rotos de color sepia inmaculadamente sustituidos. Ya no había  grifos goteando por la cal, ni nidos de cable escalador por las paredes. La regleta del aire acondicionado había desaparecido a golpes de albañil y de talonario,  incluida la mordida para Hacienda. Pero de lo que más liberada se sentía era de soltar lastre, de deshacerse del tambucho, de la caja situada encima de la ventana del salón dentro de la cual se enrollaba la persiana. Bonita palabra que se convertía en la metáfora de estos años con abultados recuerdos, impregnados de polvo, descascarillados, estancados y retorcidos. Tenía la esperanza de que con la pérdida irreparable del tambucho desapareciera también el insistente dolor de muelas, que tenía instalado en la mandíbula hacia más de tres meses, sin que los antibióticos le hubiesen ganado la batalla a la infección que anidaba en lo más profundo de la raíz; pero no ha sido así, la muela deberá ser arrancada como el tambucho.