domingo, 27 de enero de 2013

Nada se opone a la noche, Delphine de Vigan


Nada se opone a la noche es la historia de una familia como cualquier otra, aunque no lo parezca, lo que ocurre es que en ella  se dan con más profusión que en otras suicidios, accidentes, adopciones, embarazos adolescentes, alcoholismo, ataques psicóticos, incestos... Y estos se cuentan sin ningún tipo de pudor, probablemente porque están educados fuera de cualquier sentimiento religioso de culpa. La autora, Delphinede Vigan, trata de indagar en la vida de su madre para comprender su anunciado suicidio y así  encontrar su propia paz. La novela es desigual en el estilo y en cierto modo predecible;  sin embargo va directamente a nuestros sentimientos y a nuestra memoria. Se sigue con interés. 
La primera parte es la historia autobiográfica de los abuelos y su familia numerosa, la vida alocada y feliz de la infancia, aunque no exenta de tragedias. La segunda parte es la historia de Lucile, madre casi adolescente con un trastorno bipolar, y de la relación con sus hijas. Entrelazadas a estas historias aparece el problema de cómo conseguir que el relato fiel a la realidad,  para ello la autora utiliza distintos testimonios.

lunes, 21 de enero de 2013

El río que se secaba los jueves (y otros cuentos imposibles) de Víctor González



Un libro de cuentos (Anaya 2006)  para todas las edades y  para saborear a pequeños sorbos, lleno de humor gallego y de guiños a la literatura. Está magníficamente ilustrado. Pinchando en el enlace de su autor se pueden leer algunos. Destaco: El cuento de la lechera, Honolulú existe, la máquina de cuentos,  El prólogo más largo del mundo y los patos de Chelm que transcribo:
Este cuento no es mío sino de Samuel Tenenbaum, pero es tan bueno que lo pongo aquí igual.
«Los habitantes de Chelm conocen una manera infalible de distinguir un pato de una pata. Le tiran un trozo de pan. Si el pato corre en su busca, es pato; si es la pata la que corre a buscarlo, es pata.»

domingo, 20 de enero de 2013

Misteriosa reducción de la letra de los periódicos y de los asientos de los vagones del metro


Con los asientos del metro está pasando lo mismo que con la letra de los periódicos, ambos están reduciendo misteriosamente su tamaño. Un día, inexplicablemente, se van haciendo muy pequeños  y te preguntas por qué no los harán más grandes, total qué más les da. Parece una conjura para los mayores de cuarenta años. Primero pruebas a acercar y alejar el periódico, pero ni por esas. Has entrado en la espiral de la vista cansada sin que nadie te haya avisado. Compras con vergüenza unas lentes de una dioptría en un todo a cien y ya estás perdido, ya no podrás vivir sin ellas, el cuerpo de la letra ha recobrado su tamaño original y además con luz, no como en los libros electrónicos donde todo es gris (excepto los caros y de última generación). Pero la alegría, como el enamoramiento, dura poco. En seguida el fenómeno paranormal del oscurecimiento del papel y el empequeñecimiento de las letras hasta el tamaño de hormigas vuelve a ocurrir:  pasas en pocos meses de una dioptría a tres. ¡Dios mío, si esto sigue así tendré que ponerme dos lupas en los ojos! ¿Por qué los actores de Hollywood  no las utilizan? ¿Por qué me está pasando sólo a mí? Te gastas un dineral en gafas porque las pierdes en todas partes, las rompes porque te sientas encima de ellas, las patillas se caen con tanto tira y afloja, los cristales están siempre sucios y sirven de imán para cualquier tipo de comida. Sin darte cuenta pasas a estar colgada de unos anteojos, ahorcado por una cadena que te condena a vivir dependiente con la fecha de nacimiento escrita en la cara. Asustada, acudes al oftalmólogo que te recibe con tus mismas gafas de presbicia anidadas en la punta de la nariz y te dice que es irremediable, que solo se solucionará cuando tengas cataratas, la única noticia buena que te da es que de cuatro dioptrías no pasa. A tus alumnos se lo pones fácil, ya eres fácilmente parodiable. 
Pues ahora, con más de cincuenta (años, no dioptrías),  me está ocurriendo el mismo fenómeno con los asientos del metro: se están haciendo cada vez más pequeños. Otra confabulación inexplicable. Al principio pensaba que los estaban reduciendo para que cupiera más gente sentada o que me había tocado el transeúnte gordo. ¡Mira que culo tiene, invade mi sitio! ¡ Es que con los abrigos es muy difícil moverse! Empecé a utilizar los asientos externos para poder desenrollar sin dificultad mi periódico al mismo tiempo que el cordón de mis gafas, lo que tiene su intríngulis, mientras el viajero de al lado se removía y me clavaba su codo. ¡Qué impertinente, se cree que todo el asiento es para él! Hubo un día en que mi vecino se levantó después de rezongar ininteligiblemente. Hoy, por culpa de la publicidad, el espejo del probador de las rebajas me ha contestado a una pregunta que no le he hecho: estás poniéndote gorda como una foca, a tu lado, en el metro,  no se sienta nadie porque no cabe. 
¿En qué libro de texto te enseñaban que con la edad todos los cuerpos se expanden con gafas colgadas del cuello? Pues yo, para remediarlo,  no pienso volver a leer sentada en el metro y, menos aún, ponerme delante de un espejo acusador con voz de malvada madrastra.

sábado, 19 de enero de 2013

Ángel Lucas, parecido razonable

A Ángel Lucas, con su torpe aliño indumentario, me lo encuentro cada cierto tiempo en el ascensor de Conde de Toreno. Trabaja en el Ministerio de Injusticia y antes fue alumno, delegado de clase y administrativo del Colegio Covadonga. Es un seguidor fiel que me recomienda libros y me hace acertados y divertidos comentarios. Algunos de sus escritos los he utilizado como ejemplo en el blog. Le he visto crecer, pero no he conseguido enterarme bien de todo su historial amoroso  por distintas zonas de Madrid. Ahora anda por la Fuente del Berro con una estela de hijos adoptivos. 
Ayer nos volvimos a encontrar y me di cuenta de que es clavadito a Vincent D ´Onofrio, actor de la serie Ley y Orden, una de mis favoritas.
Angeloxo, acuérdate de mandarme el libro que me prometiste.

domingo, 13 de enero de 2013

Ediciones Pregunta

David Francisco, mi querido ex alumno del IES Luis Buñuel, vino a enseñarme su primer hijo, un libro de relatos. Ha sido una niña, pequeña, sonrosada, guapa, producto de muchos meses de trabajo, que viene con un pan debajo del brazo: un proyecto de futuro. Los dos la mirábamos arrebolados.
 Las pérdidas rojas, escrito por Chusa Garcés, es el primer libro que edita en Ediciones Pregunta, empresa que lleva en común con su pareja, Reyes. Espero que se venda mucho y que sea el primogénito de una familia muy numerosa. Los escritores inéditos ya tienen una editorial que les publique. Pregunta.

Lecturas navideñas


Estas navidades he leído con emoción e interés Shefarad de Muñoz Molina,  el libro me había echado para atrás varias veces por su desagradable portada, pero su lectura ha sido como una intensa lluvia en tiempos de sequía. Absolución de Luis Landero ha hecho que los trayectos en metro sean una delicia, aunque el final me ha defraudado un poco. El protagonista del libro es un inolvidable ser solitario, apático y divertido, que huyendo de sí mismo, va  en busca de la felicidad para acabar huyendo de la felicidad en busca de sí mismo. Los dos libros me han servido para conocer más a los dos autores y, sobre todo, para quererlos. He aquí una muestra de la acertada visión del profesorado que tiene el autor (quién lo probó, lo sabe):
"Y luego estaban los profesores. Había que verlos. Unos parecían descorazonados, otros cansados o aburridos, otros lo confiaban todo a la severidad y a la eficacia, y otros fingían un dinamismo que quería ser sincero y contagioso pero que a Lino le recordaban a esos payasos de circo que, de pueblo en pueblo, se esfuerzan cada noche en divertir a la concurrencia porque no tienen otra opción, porque ese es su oficio y en él han de poner lo mejor de su talento, de su pasión, de sus a veces escasas energías. Parecían buhoneros yendo y viniendo con sus fardos de sabiduría a cuestas, subiendo y bajando por valles y collados, escaleras arriba a, escaleras abajo, a campo través por los pasillos. Y si eran dignos de admiración, también daba un poco de lástima el verlos allí, adultos y tan sabios como eran, y algunos eran viejos, mezclados siempre con los muchachos, condenados a convivir con la incansable, y cansina, y bullanguera juventud".
Misión Olvido de María Dueñas es, como su propio título indica, un libro para olvidar. El tema a priori parecía interesante (exiliados españoles en EE.UU),  pero el desarrollo de la trama, los personajes y  el estilo resultan  perfectamente olvidables. En esta novela tan desigual solo se salvan algunas historias secundarias.
La trayectoria de Muñoz Molina y Luis Landero es la dos magníficos escritores  de escritura magnética, siempre tienen algo interesante que contar con ironía y sentido del humor. María Dueñas, hasta ahora,  parece una mediocre escritora de estilo romo que una vez tuvo la suerte de contar una buena historia en forma de ameno folletín.