sábado, 19 de junio de 2010

El huésped y el pescado al tercer día apestan




En mi familia tenemos dos principios: no molestar y no preguntar nunca al huésped cuándo se va a ir. No nos gusta dar la lata ni que nos la den. Como vivimos en Madrid hemos acogido siempre a todo familiar o amigo que venía por estudios, trabajo, operaciones quirúrgicas o gestiones. Ni que decir tiene que nunca les hemos devuelto la visita. Siempre decimos: qué alegría cuando vienen y qué alegría cuando se van.
Yo he tropezado tres veces por no saber ponerme un rato colorada y evitarme así los veinte morada. Vivo sola muy a gusto, no me gusta que la gente invada mi espacio. A veces se pasa mal, pero eso es el peaje que tienes que pagar por mantener tu libertad. Primero fue un primo lejano que venía a Madrid a hacer un curso; somos una familia muy unida y al principio no me importó dejarle el salón de mi casa de apenas 40 metros cuadrados. No cabíamos, todo eran ruidos y permanente olor a salchichas en la cocina-salón. Finalmente, se dio cuenta y se fue, supongo que enfadado. La segunda vez, con una casa más grande, acogí a un sobrino mío. Era su primer año en la universidad, apenas conocía gente y se pasaba el día encerrado paseando de la televisión al ordenador, pasando por la cocina para desvalijar la nevera. Lo hablamos y después de tres meses se marchó a una residencia, a volar solo y a coger pulgas, dicho sea de paso y con gran preocupación por mi parte. Ahora es muy bien recibido siempre que viene unos días. La tercera vez fue la peor porque yo no tenía ningún lazo afectivo con la persona que estuvo conviviendo conmigo cerca de un mes, el más largo de mi vida.
A J. Lo acogí porque me llamó desesperado después de romperse el pie en las fiestas de Alcorcón cuando trataba de saltar una valla como habían hecho sus amigos, él había pasado los cuarenta y sus amigos, más jóvenes, eran profesores de Educación Física. Recurrió a mí porque llevábamos una amistad de más de tres años donde habíamos hablado de todo lo divino y lo humano, incluido el "qué va ser de nosotros cuando seamos viejos". Recuerdo que hablamos de establecer un pacto entre los solteros solitarios para ayudarnos en los momentos de bajón. Además, debo confesarlo, cuando mis hormonas funcionaban como un reloj, me había sentido ligeramente atraída por él, por su forma estrafalaria de vestir, sus escasas habilidades sociales, sus penosos chistes verdes, sus correos delirantes. Todo terminó cuando fui a su casa, extraña mezcla de museo del terror gótico y mayo del 68. Su sensibilidad y la mía no tenían nada que ver. Quedábamos una vez cada seis meses para ponernos ciegos de cervezas, mientras yo asistía muda a sus extrañas conversaciones con los camareros. Después cada mochuelo a su olivo. Alguna vez comenté que me gustaría viajar con él (todavía busco un compañero de viaje en el sentido literal), pero no obtuve ninguna respuesta. Le estimaba y le quería como amigo y punto. Al principio bien, acoges un pájaro herido y le cuidas hasta que te conviertes en su madre solucionando todas sus necesidades que son muchas: hacerle la cama, prepararle el desayuno, la comida, la merienda, la cena, ayudarle a colgar la ropa, a bañarse, acompañarle al médico; y en su recadera: comprar sellos, tabaco, comida que le gustase, un alza para las zapatillas (para lo que tuve que recorrer todas las ortopedias del barrio). Los primeros días jugábamos al trivial o a las cartas. Al final yo venía cansadísima del trabajo y no aguantaba ver su roído chándal con agujeros y el olor a tabaco impregnado en toda la casa. Empecé a pasar más tiempo fuera. No hablaba por teléfono, no se lo conté a mis amigas porque acertadamente habrían pensado que a santo de qué metía un desconocido en casa. Lo peor fue prepararle la comida día tras día, no me gusta cocinar y, según él, se me daba fatal, así que terminé haciéndome la torpe. Fui generosa hasta que me harté, nunca oí una palabra amable, ni siquiera un gracias. La situación era insostenible, pero él se seguía dejando caer. ¿Qué culpa tengo yo de que no tenga ascensor en su casa?, ¿por qué no acude a sus amigos con los que se rompió el pie o a su familia?, ¿por qué tuvo que venirse a mi casa?, ¿por qué le dije que sí? Tenía que haberme buscado una excusa. No se da cuenta de que bastante tengo ya con cuidar de mi madre que está medio inválida. Encima me deja sin ordenador cuando tiene toda la mañana para utilizarlo. Ayer le dije que tenía que pensar en irse. Pues no me contesta que cómo puedo hacerle una cosa así. ¿Y él a mí? Estoy harta, no puedo más, necesito recuperar mi espacio y a mis amigos. Ya no hablo, me meto en mi habitación y me encierro. Vale, estuvo mal decirle que se fuera a un hostal. Tampoco quiere que vaya la asistenta que le he buscado a ayudarle en la suya. Los alumnos con las piernas escayoladas suben y bajan escaleras todos los días y él ahí inmóvil, fumando constantemente sin nada que hacer. Que no sé sus gustos y además no quiero compartir los míos. Que no tienen ninguna gracia los chistes que cuenta, que para chistes estoy yo con el muermo que me ha caído encima... Está bien me pongo en su lugar, no puedo apoyar la pierna, no tengo ascensor, pues hay servicios a domicilio, puedo tirar de amigos que vengan a verme y me traigan la comida. Además si viviese en un cuarto piso también me podría suicidar. ¿Pero qué estoy diciendo? Me voy a volver loca de atar. ¡Que se vaya!, total los cuarenta días de reposo no se los va a quitar nadie. Y cuando tenga que ir a rehabilitación al hospital, pues que le vayan a buscar en ambulancia. Se tiene que dar cuenta de que he cambiado. Encima me está haciendo culpable de la situación. Que no quiero que me canonicen. ¡Ya está bien! De hoy no pasa. Me da igual que se ponga a llorar. Ya lo dice el refrán: el huésped y el pescado al tercer día apestan.
Terminé echándole, se marchó con mi mochila y unos libros. No le he vuelto a ver.

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